P041006a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20080414

Título: Sed y fe: dos palabras claves para acercarnos al manantial del amor de Jesucristo

Original en audio: 35 min. 34 seg.


Querido Padre Humberto, muchas gracias por esta invitación.

Queridos fieles de esta parroquia de “La Laguna”, no es la primera vez que soy invitado a este templo, no es la primera vez que siento la alegría de hablar, en el nombre de Jesucristo, anunciando la esperanza, el amor, la misericordia, que son abundantes por el nombre de nuestro Salvador.

He visto a lo largo de estos años, como se ha ido construyendo esta comunidad, lo más importante en cada parroquia es siempre ese tejido vivo, esa comunidad que la va haciendo el Espíritu, somos edificados en el amor.

A través de la Palabra, a través de los sacramentos, a través del ejemplo de los pastores que Dios nos ha dado, los varios párrocos que hemos conocido, nosotros vamos siendo construidos, edificados para formar el Cuerpo de Cristo, la Casa de Dios.

Mi primer pensamiento para ustedes es, siéntanse felices de su bautismo, siéntanse felices de su Iglesia, de nuestra Iglesia Católica, siéntanse felices de reunirse, como lo estamos haciendo ahora, en torno al altar.

Porque es un privilegio escuchar estas riquezas que vienen de la Sagrada Escritura, es un privilegio celebrar nuestra fe; y, sobre todo, es el privilegio de los privilegios, adorar a Cristo divinamente presente en este Santísimo Sacramento, y lo que parecería una locura de amor, poder comer ese Cuerpo, como seguramente un buen número de ustedes van a hacer al final.

Hay que apreciar eso que tenemos, hay que valorarlo, y hay que infundir en los niños y en los jóvenes estos mismos sentimientos de agradecimiento y de sano orgullo, si puedo hablar así, por ser lo que somos.

Es aquí frente a Jesús, es aquí alimentándonos de este Cuerpo y Sangre, es aquí donde nosotros mejor conocemos el amor de Dios, y es aquí donde recibimos el mandato de renovarlo todo en Cristo, para que nuestra familia tenga el perfume de Cristo, para que nuestro estudio tenga la luz de Cristo, para que nuestro trabajo tenga el ambiente de Cristo. Desde aquí, desde este altar y desde este lugar de predicación, este ambón, desde aquí brota la fuente de la vida.

¡Es tanto lo que nos da Dios en cada eucaristía! Dios no sabe darse a pedazos, Dios únicamente sabe entregarse por completo, y esto es tan cierto, que nuestra fe confiesa: aún en la más pequeña de las partículas consagradas en el pan, aún en esa más pequeña partícula, ahí está todo entero Jesucristo, su Cuerpo, su Sangre, su alma, su Divinidad.

Dios no sabe darse a pedazos, Dios se entrega entero, Dios se da todo; todo lo que tú puedas contemplar en el cielo ya está aquí en el altar, todo lo que tú puedas adorar en toda la eternidad ya está en el altar.

El que hizo sabios a los grandes Doctores de la Iglesia, es el mismo que hoy te visita en el Santísimo Sacramento; el que dio la pureza delicada y perfumada a las vírgenes ya está aquí en el Santísimo Sacramento; el que le dio el vigor, el fuego, el impulso a los misioneros ya está aquí en el Santísimo Sacramento, el mismo Señor, el mismo que es Emperador de los cielos, Rey del Universo, está aquí.

Es abundante entonces lo que nos ofrece nuestra Iglesia, es grande tener esta fe, es grande creer en este Jesús, por eso me gusta tanto esa canción que abría esta celebración eucarística: "¡Viva la fe! ¡Viva la esperanza! ¡Viva el amor!".

Son aclamaciones que nosotros hacemos desde el corazón, porque estamos convencidos de cuánto vale creer en Jesús, cuánto vale esperarlo todo de Él; y, sobre todo, cuánto vale amarlo, porque es, en la comunión del amor, donde desaparecen los secretos.

Jesús bien dijo a sus Apóstoles: “Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos” San Juan 15,15, y explicó esa frase con estas palabras: “Porque todo lo que he escuchado a mi Padre os lo he dado a conocer” San Juan 15,15.

Jesucristo llama amigos a aquellos con los cuales ya no tiene secretos, y eso es lo que Cristo quiere crear, lo que quiere construir en cada uno de nosotros.

Cuando Jesús llega a tu boca, la bendita Eucaristía llega a tu boca y tú comulgas el Cuerpo y la Sangre del Señor, ya no hay secretos, no hay beso que se compare a la comunión, no hay unión ni abrazo que se compare a la comunión, no hay palabra que describa lo que sucede cuando en un mismo amor, es la Sangre misma del Cordero la que empieza a invadir todo tu ser, empieza a penetrar todo lo que eres.

Y es el pensamiento de Cristo el que llega a tu mente, es un misterio de posesión, es un misterio de libertad, es un misterio de verdad, es un misterio de gracia, esa es nuestra Eucaristía.

¿Y por qué pondero todas estas cosas que seguramente ustedes ya conocen? Porque yo quiero saber si tú puedes decir con toda verdad lo que estábamos repitiendo en el salmo de hoy, corresponde al Salmo 42 de la Sagrada Escritura: “Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo” Salmo 42,3.

"Mi alma tiene sed de ti" Salmo 42,3. Acabo de describir, lo mejor que puedo, toda la abundancia que hay en este sacramento, toda la abundancia que brota de la Palabra, es como un manantial que el Señor te regala, es un manantial de amor, de prodigios.

A mí no me extraña en absoluto que sucedan milagros, lo raro sería que no sucedieran; no sería muy extraño que no sucedieran milagros allí donde esta el autor de nuestra fe y consumador de ella, como nos dice la Carta a los Hebreos; no sería muy extraño que dejaran de suceder milagros allí donde está Aquel que sostiene el universo con su palabra poderosa.

No sería muy extraño que dejaran de suceder milagros allí donde esta el mismo que caminó compasivo, incansable por la veredas de Galilea, de Samaría y de Judea, repartiendo a manos llenas su misericordia en forma de sanación, en forma de liberación.

Qué extraño sería que el mismo Cristo que antes se mostró tan compasivo, ahora estuviera renuente, ahora estuviera distante, ahora estuviera remiso a darnos lo único que Él sabe dar: su amor, y su poder, y su misericordia, y su compasión.

Por eso, aquellos de ustedes que han venido esta noche a esta iglesia esperando los milagros del Señor; pero sobre todo esperando al Señor de los milagros, permítanme que les diga, ustedes han venido al lugar adecuado, este es el lugar, este es el lugar al que hay que venir, es aquí junto al altar, es aquí junto a la Palabra, es aquí junto a nuestros pastores donde hemos de estar para recibir a este Jesús.

Y Donde está Jesús, están las obras de Jesús; donde está Jesús, está el perfume de Jesús; donde está Jesús, está la canción de Jesús, está la verdad de Jesús, está el poder de Jesús. Porque el Jesús que nosotros recibimos es un Jesús vivo, nosotros no comulgamos en un Cristo muerto, nosotros comulgamos con un Cristo vivo y vivificante.

Comulgamos en un Cristo que se ha levantado del poder del sepulcro, el sepulcro no pudo retenerlo, el sepulcro no pudo amarrarlo, el sepulcro no tuvo poder sobre Él; todo el odio que se agolpó contra su Cuerpo no fue más fuerte que la gracia y la gloria que se irradian desde ese Cuerpo para bien de todos nosotros.

El Cristo que nosotros comulgamos es un Cristo vivo, y ese Cristo no sabe hacer otra cosa sino revelar el amor, el poder y la verdad de Dios a cada uno de nosotros.

Pero yo te pregunto, eso es, dicho con pobres palabras, eso es lo que Dios tiene para ti, ¿ahora qué se necesita que tú tengas? Se necesitan dos cosas, ambas las puedo decir con monosílabos: la sed y la fe, esas dos cosas.

Puede estar aquí el mejor de los manantiales, si no tienes sed, no te aprovecha; podría estar aquí el mejor de los banquetes, si no tienes hambre, no será para ti; puede estar el mejor de los médicos, si no reconoces tu enfermedad, tú te lo pierdes.

Aquí esta el que es nuestra paz, pero si no reconoces que necesitas su reconciliación, si no reconoces que necesitas su abrazo, se pierde esa oferta y ese regalo por lo menos para ti.

¿Qué gran cosa es la sed, qué gran cosa! Es la sed la que nos pone en movimiento, es la sed la que nos hace peregrinos, y por eso dice con toda razón el Salmo: "Envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada” Salmo 43,3|Salmo 043,3.

Y habla así porque dice: “Mi alma tiene sed del Dios vivo” Salmo 42,3.

El que tiene sed se pone en movimiento, el que tiene sed vence la distancia, el que tiene sed le pierde el miedo al camino, el que tiene sed busca con ansia.

La tierra en la que fue escrito este salmo por primera vez es una tierra que a veces padece sequia, y podemos imaginar a este animalito, podemos imaginar a ese cervatillo o a esa cierva con la lengua reseca, y dicen los que conocen, que estos animales huelen el agua, ellos huelen por dónde va la corriente y se ponen en movimiento.

Todavía no escuchan el rumor del arroyo, pero ya su olfato les dice: "Hay agua", y se ponen en movimiento y vencen el bochorno, vencen al sol, vencen al polvo, vencen la distancia, hasta que empieza a escucharse la canción del arroyo, y luego se ven los cristales preciosos que van a saciar esa sed.

Pero todo empieza con la sed, todo empieza cuando uno dice: "Aquí no me quedo", todo empieza cuando uno dice: "Esto no es suficiente para mí", todo empieza cuando uno dice: “No me gusta la vida que llevo”, todo empieza cuando uno dice: “Tiene que haber una respuesta para mí, yo nací para algo mejor, mi vida no puede quedar aquí, este dolor no puede ser la última palabra, este desasosiego no puede ser lo último que exista en mi vida”.

Yo me pongo en movimiento, y tu te pusiste en movimiento, y por lo menos saliste de tu casa y llegaste aquí a la parroquia de la Laguna y dijiste: "Aquí vengo, ¿por qué? Porque tengo sed" ¡Bendita esa sed!

Cristo dijo: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia" San Mateo 5,6, bienaventurados porque esos están en movimiento, bienaventurados porque el que busca encuentra, bienaventurados porque al que llama se le abre.

Si tú te quedas en tu casa, allá te llega la televisión, allá llegan los que quieren sacar algo de ti, y a través de las pantallas del televisorn, mil mensajes compiten tratando de alcanzar algo de tu sueldo.

Que ahora tienes que ponerte estos zapatos, y ahora tienes que ponerte esta blusa, y ahora tienes que usar este automóvil y ahora tienes que vivir no se dónde, y ahora tienes que ponerte este perfume, y ahora tienes que peinarte así.

Y cada uno de ellos está buscando sacar algo de nosotros; cada una de las propagandas, de los comerciales en la televisión quiere sacar algo de nosotros, un poquito de nuestro dinero, un poquito de un dinero que tal vez ya es poquito, ahí llegan ellos porque quieren sacar algo de nosotros.

Por el contrario, cuando estamos ante Cristo, Cristo quiere llegar a ti, no porque quiere sacar algo de ti, sino porque quiere darte algo suyo. Por Dios, date cuenta que Cristo te está persiguiendo para regalarte de su amor y de su gracia.

Date cuenta que te está buscando hace mucho tiempo, sólo hace falta que se encuentren, no como dice el dicho: "El hambre y las ganas de comer", sino que se encuentren el hambre y el pan, la sed y el manantial.

Y ese es el encuentro que sucede aquí. Cuando uno va a comulgar, uno tiene que tener hambre de Dios; y cuando uno va a la Misa, uno tiene que tener hambre de la Palabra, y, por supuesto, hambre del sacramento.

Tener hambre de la Palabra es buscar el mejor lugar en la Iglesia, donde mejor se escuche y que nadie me distraiga y que yo pueda beberme esa Palabra que el Señor me regala hoy, para que hoy yo descubra cuánto me ama y para que hoy yo aprenda a ser fiel servidor suyo, en compañía de mis hermanos.

Tener sed de Dios es interesarse por Él, es prestar toda esa atención, es dar ese corazón. Dice otro salmo: “Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están nuestros ojos fijos en el Señor Dios nuestro” Salmo 123,2.

El esclavo fija los ojos en las manos de su señor, porque no sabe qué le van a dar, si castigo o recompensa; nosotros, en cambio, fijamos las manos en Nuestro Señor porque sabemos cuál es la abundancia que nos espera.

Así tenemos que obrar, como verdaderos siervos y servidores, con las manos puestas ahí, en Él, en el que tiene tanto para darnos, y tenemos que decirle: “Señor, tú que das tantas cosas, tú que regalas tanto, regálame también la sed, porque deseándote, podré comerte; porque anhelándote, podré recibirte; porque extrañándote, podré abrazarte”.

"Regálame la sed, quítame, Señor, sacúdeme esta tibieza, sacúdeme esta indiferencia; dame pasión por tu verdad, por tu belleza, por tu amor, por tu gracia. Dame, Señor, ese anhelo de ti para poder ser saciado por ti".

Esta es la oración del cristiano católico cuando llega al templo y de pronto se da cuenta que está distraído, que está frio, que está lejano; hay que pedir al Señor esa gracia, la gracia de la sed, la gracia del hambre, la gracia del anhelo. Y el Señor responde.

Las palabras del evangelio de hoy son tan elocuentes, son tan hermosas: “Yo soy la puerta; entren por mí y se salvarán, entren y salgan y encuentren pastos” San Juan 10,9. “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante” San Juan 10,10.

Y también: “Yo soy el buen pastor, el buen pastor expone su vida por las ovejas” San Juan 10,11.

"Estoy aquí dispuesto a dar mi vida por ti", ¡ese es el Dios abundante, ese es el Dios generoso en el que nosotros creemos! Y aquí recuerda uno las palabras de San Pablo: “Dios, que ni siquiera se reservó a su propio hijo, ¿cómo no nos dará con Él todas las demás cosas?” Carta a los Romanos 8,32. .

Dios, que nos dio al Señor de los milagros, ¿cómo no nos dará ahora los milagros del Señor? Hay que creer, esa es la otra palabra, hay que creer que eso es así, y que eso es así para mí, para ti.

Fíjate lo que hemos dicho: en primer lugar hemos hecho una descripción de la abundancia de amor y de gracia que hay en la Iglesia, y en particular en la Palabra y en la Eucaristía.

En segundo lugar, hemos hablado de la necesidad de la sed, hasta el punto que si tú no sientes esa sed, te invito a que la pidas, pídele a Dios: “Dame sed de ti, que yo sienta hambre de ti". Ese fue el segundo punto.

Pero ahora vamos con el tercer punto: la fe. La fe sin la cual nadie verá a Dios. La fe, que fue como la condición que de alguna manera Cristo puso, para que todos sus dones pudieran llegar a nosotros.

Él puede tener mucha abundancia y nosotros mucha necesidad, y uno mira esa abundancia y uno mira la necesidad que tiene, pero de pronto la puede mirar cuando uno es pobre y se asoma por la vitrina de un elegante restaurante y siente como le crujen las entrañas diciendo: “¡Si yo pudiera llenarme de todo eso!”

Pero hay una barrera, hay un vidrio, hay una pared, esa barrera se acaba, esa barrera cae a través de la fe. Cuando uno cree que el Señor cuando dijo: “Yo doy mi vida por las ovejas” San Juan 10,15, cuando uno cree eso, y cuando uno dice: "Eso es verdad".

Esto que está aquí, esto no es una fábula, este no es un entretenimiento, esta no es una ideología, esta es la Palabra viva y vivificante de Dios, que ha atravesado los siglos, que ha atravesado las culturas, que ha vencido imperios, que permanece y permanecerá para siempre, porque como dice la misma Palabra: “Cuando se recojan los cielos como se enrolla una tienda" Isaías 34,4, permanecerá esta Palabra todavía.

Y cayó el Imperio Romano, y caen los imperios, y caen las naciones, y el poder, como dice el libro de la Sabiduría, pasa de unos pueblos a otros, y la Palabra de Dios permanece.

Ahora toca el ejercicio de la fe. "Yo creo en esa Palabra, yo creo, Señor, que si tú me dices que tú expondrías y que tu expones tu vida por mi, yo creo que eso es verdad; yo creo que tú estás dispuesto a perder hasta tu Sangre por mí; yo creo que tú ya lo mostraste y eso es lo que yo veo en la Cruz.

Yo creo, Señor, que la Cruz es el testimonio fidedigno de un Dios que no puede engañarse y que no puede engañarme; yo creo que eso es verdad. "Y si crees en tu corazón que Jesús es el Señor y si confiesas con tus labios que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo" Carta a los Romanos 10,9.

Y vas a ser salvo, y vas a experimentar ese poder, y vas a descubrir que se puede creer en esa Palabra, y vas descubrir que se puede descansar en esa Palabra, y vas a descubrir que se puede uno dejar guiar por esa Palabra.

Y por supuesto, como esa Palabra yo la recibo dentro de una casa que se llama la Iglesia, yo no cometeré el pecado de negar a mi mamá, a mi madre la Iglesia para formar mi propia Iglesia, ese es un gran pecado que se llama cisma, palabra que viene del griego y que significa división.

Uno tiene que creer en el poder de la Palabra; pero la Palabra no vino volando, ¿cierto? La Palabra me la entregan los predicadores, los sacerdotes, en una sucesión que viene desde los Apóstoles, una sucesión que pasa por hombres imperfectos, que son los distintos ministros, obispos, y sacerdotes y diáconos; pero la Palabra me llega a mí a través de esa sucesión.

Estos textos no llegaron aquí flotando desde la luna, estos textos provienen de hombres creyentes que recibieron a su vez esta Palabra de otros que también la recibieron, de otros que también la recibieron de otros, y de otros y de otros.

Eso es lo que se llama la tradición, por eso no hay que oponer la Biblia y la tradición; la tradición no es un libro paralelo a la Biblia, la tradición es en primer lugar, aquello que nosotros los católicos reconocemos como fuente de verdad divina, porque no es otra cosa sino el acto mismo, el acto vivo de transmisión del mensaje generación tras generación.

El verbo latino “tradere” lo que quiere decir es eso, entrega. Cuando decimos que nosotros los católicos creemos en la Biblia y en la tradición, lo que estamos diciendo es: "Creemos que la Palabra de Dios no llegó volando ,sino que llega a través de una sucesión.

Y por consiguiente, la recta interpretación de estos textos, requiere que uno tenga el conocimiento de su casa y el ambiente de su casa, que se llama la Iglesia.

Por eso, hoy te invito a que tú recibas, o acrecientes, o avives la fe de la Iglesia, la fe que viene desde el tiempo de los Apóstoles, desde la mañana bendita en que una mujer pecadora, pero renovada por Cristo, trajo por primera vez la noticia: “El Señor ha resucitado, el Señor se ha levantado, está vivo" San juan 20,18.

Eso, esa noticia maravillosa luego se adueñó, se apoderó del corazón de los Apóstoles, fue confirmada en pentecostés y dio origen a este camino, a esta corriente de vida que se llama la Iglesia.

Mis hermanos, hoy vamos a renovar esa fe, hoy vamos a decirle a Dios que creemos en Él y que le creemos a Él, hoy vamos a decirle al Señor que hoy sabemos, pero yo voy a decir en primera persona: "Hoy creo, Señor, que tú viniste al mundo por los pecadores, y el primero soy yo" 1 Timoteo 1,15, así se expresa San Pablo en el capítulo primero de Primera Timoteo.

“Yo creo que tú viniste al mundo por los pecadores, yo creo que si únicamente quedara yo sobre esta tierra, tú igual vendrías y me buscarías, y me perdonarías, y derramarías tu Sangre por mí".

Yo creo, Señor, que tu amor no tiene fronteras; yo creo, Señor, que puedo confiar en ti por encima de todo; yo creo, Señor, que mi vida, puesta en tus manos, está en las mejores manos; yo creo, Señor, y te recibo como Pastor de mi existencia y me siento feliz de ser seguidor tuyo, de ser oveja de tu rebaño; bendito seas, Señor". Esa es, mis hermanos, la respuesta de la fe.

Resumen: manantial, sed y fe, ahí está todo. Manantial abundantísimo, el amor, la gracia de Cristo que no faltan y que no fallan.

Sed, que empieza con el reconocimiento de nuestras fragilidades y necesidades y que nos pone en movimiento.

Fe, para que una vez estemos cerca del Señor de la vida, nosotros podamos decir: "Aunque somos tan distintos, aunque tú eres tan grande y yo tan chico, aunque tú eres tan santo y yo tan sucio, aunque tu eres tan sabio y yo desconozco tantas cosas, todavía podemos darnos un abrazo, porque tú lo has querido".

Todavía tu carne santísima puede tocar mi carne pecadora, todavía tu mirada de luz puede devolverle la gracia a mis ojos, todavía tu palabra bendita puede entrar, puede taladrar mis oídos para que llegue a mi corazón la noticia.

Y yo creo, Señor, que tu amor puede vencer todo obstáculo, puede vencer toda barrera; y yo acepto, Señor, que tú eres el Pastor de mi existencia, que tú eres mi Salvador. Te recibo, te acojo y quiero vivir en tu presencia y caminar por tu senda". Ese el recorrido de la vida cristiana.

¿Y qué sucede cuando alguien hace eso? Suceden cosas maravillosas, la gente les llama milagros; suceden cosas bellísimas, sucede una alegría que uno no se puede explicar, suceden curaciones, suceden; y suceden liberaciones, suceden; y no hay que extrañarse de eso.

Hay que agradecérselo a Dios con humildad, y utilizar esas señales de su amor como testimonios que nos hagan más obedientes a su divina voluntad.

Pero sobre todo sucede otra cosa, que fue lo primero que mencioné y que está muy bien para terminar esta reflexión. Cuando todo este amor llega a nosotros somos edificados en Cristo, somos Iglesia de Dios, crecemos como comunidad, -Efesios,capítulo 4-, formamos ese Cuerpo que asegura el crecimiento de sí mismo en el amor, como dice San Pablo en ese pasaje de la Carta a los Efesios.

Nos vamos edificando y nos vamos ayudando, y tus carismas me enriquecen a mí y los dones que Dios me haya podido dar te sirven también a ti y aprendemos unos de otros, y nos ayudamos unos a otros, y empieza a realizarse un plan maravilloso.

Porque ninguno de nosotros tiene el plan completo, ninguno de nosotros es el dibujo completo, el dibujo completo se llama la Jerusalén del cielo, el dibujo completo se llama la Iglesia de Dios.

A medida que nos hemos ido edificando, cada uno de nosotros se convierte como en una sílaba de un poema, y al final, se puede leer en ese poema el canto de la gracia de Dios, y ese es el cielo y eso es lo que vamos a celebrar en el cielo.

Dice Santa Teresa de Jesús: "En el cielo hay un alegrarse de que todos se alegren". El cielo será como un estadio, imagínalo así, como un estadio maravilloso, donde cada uno puede ser testigo de toda la belleza que Dios ha hecho en todos los demás, y cada uno puede agradecer y puede bendecir a Dios por todo lo que ve en todos los demás.

Y a su vez, la gracia propia de lo que Dios hizo en uno, se convierte en motivo de regocijo para los otros. Es esa canción conjunta, es esa sinfonía de verdad y de belleza, a eso estamos llamados.

Vamos a dar un paso en nuestra fe en el día de hoy, vamos a decirle al Señor, en este momento empieza a decírselo en tu corazón, que tú quieres aumentar tu sed, y sobre todo tú quieres aumentar tu fe; que tú quieres recibirlo a Él, y quieres obedecerlo, y quieres orarle y adorarle, y servirle, y amarle.

Y que tú quieres ser transformado, y que tú quieres llevar una vida tal, que los milagros sean lo natural, que lo extraordinario llegue a ser ordinario, esa fue la vida de los santos.

Entre nosotros, en esta comunidad a la que pertenezco, los Dominicos, tenemos tantos testimonios tan bellos de santos que aprendieron a vivir la amistad con Cristo de un modo tan sublime y al mismo tiempo tan natural.

Cómo no recordar, por ejemplo, a un San Martín de Porres o un san Juan Macías, santos que sobresalieron en la virtud que consiste en bajar en la humildad, y con tanta naturalidad aprendieron a disfrutar la amistad con Cristo.

Por intercesión de esa pléyade de testigos, pidamos al Señor que nuestra fe se renueve en este momento, que nosotros aprendamos a vivir en la dulce amistad con Jesús, de manera que las obras de Él sean el pan nuestro de cada día, y podamos gozarnos de ver como Él está cerca de su pueblo.

No está lejos el Señor de aquellos que le invocan, Él está cerca siempre que le llamamos.

Bendigamos, mis hermanos, al Señor.