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Fecha: 20060508
Título: La pureza y la autoestima estan estrechamente relacionadas
Original en audio: 25 min. 36 seg.
La primera lectura de hoy se refiere a la diferencia entre lo puro y lo impuro. Una diferencia que es bastante importante porque sirvió como de catequesis, sirvió de formación, fue una extraordinaria pedagogía de Dios.
Aprender sobre lo puro y lo impuro, es aprender sobre lo que conviene para nuestra vida y, sobre todo, es aprender sobre la dignidad que tiene la vida humana. No se puede creer en la dignidad humana sin creer en la pureza.
Por eso pienso que necesitamos renovar un espíritu de pureza en nuestra sociedad para que las personas puedan valorarse a sí mismas y para que las personas puedan valorar lo que hacen.
La pureza tiene que ver con el cuerpo; tiene que ver con la comida; tiene que ver con la conversación; tiene que ver con los pensamientos; tiene que ver con la sexualidad; pero la pureza sobre todo tiene que ver con la santidad.
Con la ayuda del Espíritu Santo quiero compartirles algunos pensamientos sobre la pureza, y quiero que después descubramos cómo Dios llevó toda esa enseñanza, toda esa pedagogía de la pureza a su culminación con el misterio de la redención de Cristo, porque a través del sacrificio de Cristo, nosotros fuimos purificados, nosotros fuimos limpiados.
Partamos de lo más obvio, partamos de lo más sencillo. Cuando una persona se siente impura, se siente también indigna. ¿De dónde proviene esto? Bueno, proviene de lo siguiente, mira: ¿qué es oro puro? El oro puro es el oro que no tiene mezcla de otra cosa. Esa es la primera definición de pureza que nos interesa.
Lo puro es aquello que no tiene mezcla; aquello que es lo que es. El oro puro es digno de ser amado; en cambio el oro impuro, que se parece más a la escoria que otra cosa, difícilmente llama nuestra atención. La pureza indica el verdadero ser de las cosas, y los metales puros y otros minerales puros son deslumbrantes de belleza.
¿Sabían ustedes que la mina de un lápiz está hecha del mismo material que el diamante? Un lápiz que vale unos cuantos centavos contiene el mismo material que un diamante.
¿Cuál es la diferencia? Que el mismo elemento químico, el carbono, está organizado y no tiene ninguna otra mezcla en el diamante. El orden y la pureza hacen del diamante lo que es.
Si tú tomas un diamante y lo sometes a una altísima temperatura, el orden de la estructura cristalina del diamante se pierde, se mezcla también con otras cosas, por ejemplo, se mezcla de otros modos con el oxígeno del aire, y has arruinado tu diamante. Ya no sirve para nada. Conclusión: no calientes demasiado los diamantes.
La pureza tiene que ver con esas dos cosas: tiene que ver con el orden y con no tener mezcla de otra cosa. En el corazón humano, nosotros tenemos nuestro propio diamante, que es lo más precioso que tenemos en la vida humana.
Supuestamente, uno le da valor a muchas cosas: uno le da valor al dinero, uno le da valor al conocimiento, uno le da valor a las cosas materiales que tiene; pero en el fondo, en el fondo, el gran diamante de la vida humana es el amor.
Y esto se demuestra cuando descubrimos que incluso gente muy poderosa, lo da todo o lo pierde todo por amor. A mí cómo me conmovió aprender que Napoleón, uno de los hombres más poderosos de la historia reciente del mundo, cuando se estaba muriendo él no recordaba sus imperios, ni sus ejércitos, ni sus riquezas.
Él no recordaba ni evocaba los grandes salones, ni los grandes banquetes, ni miles de hombres a sus órdenes. Él no recordaba ninguno de esos hombres, sino sólo el nombre de una mujer que le había dado amor. Napoleón, muriéndose, a la persona a la que llamaba era a Josephine, Josefina, su amante o amiga, o lo que hayan sido.
Y para mí esto es impresionante, porque Napoleón que tuvo tanto poder, que tuvo tanto dinero, un portento, un genio mendigando ese poquito de amor. La perla preciosa, el diamante de la vida humana es el amor.
Pero lo mismo que el diamante, el amor necesita orden y necesita pureza. Y el amor humano necesita orden y necesita pureza. Y dijimos que la pureza es que no se mezcle con otras cosas. Tener orden y tener pureza en el amor es tener un diamante en el alma. Es tener el brillo, la luz del cielo en los ojos, en la sonrisa, en el corazón.
El pueblo de Israel aprendió de la santidad de Dios. Es muy interesante el origen del concepto de santidad. Los que han estudiado las religiones dicen que al concepto de lo sagrado o de lo santo se llega por una sensación de distancia de algo que es grandioso, algo que es sobrecogedor y al mismo tiempo cercano.
Uno llega a tener la experiencia de que Dios es santo como Moisés tuvo la experiencia de la santidad de Dios, cuando aquel pasaje de la zarza ardiente. Es algo maravilloso, es algo sobrecogedor, es algo impresionante y a la vez es cercano.
La santidad nos habla de algo que es sublime, algo que es muy grande; pero lo interesante está en que nuestro amor nos conecta con ese Dios de amor, el Dios que es amor, el Dios que nos ha creado por amor y el Dios que nos ordena amar. Entonces, uno descubre el amor de Dios y uno se descubre llamado también para el amor.
En el Antiguo Testamento hay varias ocasiones en que Dios llama a su pueblo a la santidad, por ejemplo, en el Levítico les dice: “Ustedes van a ser santos, porque yo soy santo” Levítico 19,2; Levítico 20,26,
Y aparece otra idea: “Yo los he separado de los otros pueblos para que sean míos” Levítico 20,26, y cuando iban a entrar a la tierra de Palestina les advirtió varias veces: “Ustedes no repitan las costumbres de esa gente. Ustedes son distintos. Ustedes son de otra clase, no se mezclen con ellos. Ustedes son diferentes” [[:Categoría:]].
Todo ese lenguaje que en un tiempo abarcaba la comida, y abarcaba los vestidos, y abarcaba toda la vida de ellos, sirvió como una pedagogía para que ellos llegaran a entender: “Somos distintos, nosotros somos de otra raza, nosotros hemos nacido del querer de Dios".
De ese modo, Dios inculcaba, Dios sembraba profundamente en el pueblo de Dios la idea de la pureza y la idea de amar de una manera pura, porque la pureza tiene que ver con el amor.
Esa no era la costumbre, o esa no era la situación general en el mundo antiguo. Es muy interesante verificar que en casi todo el mundo antiguo, la homosexualidad se miraba como una cosa normal. Era lo común. Se practicaba.
Estas ciudades paganas Sodoma y Gomorra eran ciudades donde se practicaba desenfrenadamente la homosexualidad. En particular la homosexualidad masculina.
Si nosotros recorremos la historia del pueblo de Dios, vemos que era un pueblo excepcionalmente puro realmente.
Les voy a contar algo que, no sé, es un poco fuerte y sé que esto se está transmitiendo por la radio, pero se debe saber: Han sido en general tan sanas las prácticas y el orden que ha tenido la vida sexual en el pueblo judío, que genéticamente las mujeres de esa raza son especialmente débiles a las enfermedades sexuales.
Porque ustedes saben que cuando el organismo no tiene que defenderse, baja las defensas. En el judaísmo ha habido durante generaciones y generaciones una vida sexual, en general tan sana, que las mujeres judías son especialmente débiles frente a las enfermedades sexuales.
Porque el entorno en el que ellas han estado, la vida que ellas han tenido, generación tras generación, ha sido más sana, ha sido distinta que la vida de los demás pueblos.
Entonces, los romanos tenían su cantidad de prostitutos y prostitutas. Prostitución sagrada ha habido en todos los pueblos. Homosexualismo en cantidades. Paganismo y homosexualismo han ido juntos siempre. Paganismo y prostitución sagrada han ido juntos siempre. Paganismo y sacerdotisas han estado juntos siempre.
Frente a todo eso, Dios repitiéndole a su pueblo: “Ustedes son distintos. Ustedes son otra cosa. Ustedes no tienen que repetir eso". Es impresionante la diferencia que logró tener el pueblo de Dios frente a esos otros pueblos. No sólo en términos de la sexualidad, sino en muchas otras cosas. Por ejemplo, con la comida.
¿Y a dónde conduce toda esa reflexión? Pues tenemos que irla aplicando a nuestra vida. Por lo pronto, ¿qué ha pasado con tu diamante?
Lo que a mí más me duele, cuando tengo que confesar a algunas personas jóvenes, mujeres jóvenes, es cómo su autoestima se va al piso radicalmente desde que empiezan a vivir la promiscuidad, desde que empiezan a acostarse con todos los enamorados, desde que enamorarse y acostarse se vuelven un requisito, la autoestima de la mujer se va al piso, con toda razón.
¿Cómo se puede llamar amor a una relación que dura unas cuantas semanas o meses? ¿Cómo se puede creer en una palabra que se dice: “Te amo y me entrego a ti, y dentro de tres meses me voy a entregar a otro, y dentro de seis meses me voy a entregar a otro"? ¿Cómo se puede creer que eso es amor?
Entonces, especialmente la mujer, pero también el hombre, si es sensato y oye su conciencia, se le va la autoestima al piso, se siente destruido, se siente sucio, se siente sin valor.
Hoy te repito lo que la Biblia dice al pueblo de Dios: “Tú eres de otra raza”. Hoy repito a todos, pero particularmente, a las mujeres, porque la moral de la sociedad depende más de las mujeres que de los hombres.
Hoy repito a todos, pero especialmente a las mujeres: tu valor, y el valor de tu familia, y la autoridad que tengas sobre tus hijos, tu propia autoestima, el valor de tus palabras, todo está relacionado, y todo depende de la calidad de pureza que haya en tu vida”.
Por eso todos tenemos que trabajar en la pureza, todos, tenemos que trabajar. Tenemos que pedir a Dios que nos recuerde de qué raza somos, porque no va haber avance espiritual, no va haber.
La persona sin autoestima, la persona humillada por sus propias impurezas, la persona confundida porque sabe que está mintiendo existencialmente, está mintiendo vitalmente, es una persona que no tiene fuerza en la palabra.
¿Cómo vamos a convertir el mundo si no tenemos fuerza en la palabra? ¿Y cómo vamos a tener fuerza en la palabra si sentimos desgastada por dentro nuestra energía, y nos sentimos humillados y doblegados por nuestras propias pasiones?
Por eso el mensaje de hoy es muy fuerte. El mensaje de hoy es que hay que trabajar por la pureza en todo, y especialmente por la pureza en la mujer, pero en todos, porque es que el problema está que el hombre le el hace chantaje a la mujer, y de eso hemos hablado en varias predicaciones.
La mujer anhela ser amada y el chantaje que le hace el hombre es: “Yo si te amo, pero yo te doy la moneda del amor, y tú me das la moneda del sexo”. Es un chantaje asqueroso, y cuando la mujer ya cae alguna vez en ese chantaje, ya después sigue cayendo, y cayendo, y cayendo,y su autoestima se va al piso.
Y claro que Dios puede obrar, y Dios hace sanación, todo eso es cierto, pero las vidas quedan despedazadas; las familias quedan rotas; las parejas se derrumban; los abortos se multiplican; el nivel general de la sociedad decae.
No nos llamemos a engaño, hermanos: paganismo y libertinaje van juntos; paganismo y sacerdotisas van juntos; paganismo y prostitución van juntos; paganismo y homosexualismo van juntos. Punto.
Eso es lo que nos muestra la Palabra de Dios, eso es lo que nos muestra la experiencia. Y la solución para eso ¿qué es? ¿Vamos a salir a pelear con los homosexuales que nos encontremos por la calle? ¿Vamos a humillarlos? ¿Vamos a destruirlos? No, no, no, de ninguna manera.
Todas estas personas merecen el respeto que ellas mismas no se han dado. Tenemos que tratar al homosexual y a la homosexual, a la lesbiana, tenemos que tratarla con el respeto infinito de hijo y de hija de Dios que tal vez esa persona no se ha dado.
Sabe Dios por qué, porque además no somos nadie para juzgar cuál es el origen de la situación que la persona está viviendo. Muchas veces ha sido por abuso, muchas veces ha sido por falta de figura paterna, o lo que sea.
Tenemos que tratar con infinito respeto a las personas que no se respetan a sí mismas. Tenemos que tratar con caridad, con amor, con delicadeza. El ejemplo nos lo da Nuestro Señor Jesucristo, especialmente en el pasaje ese de la mujer adultera.
Una mujer que estaba siendo humillada por todo su pueblo y que ella misma no podía, sino sentirse sucia. ¿Pero, cómo la trató Jesús? Con su infinita delicadeza, con perfecto e inmaculado respeto, con ternura, pureza, santidad, amor, misericordia.
Ese tiene que ser nuestro trato con todas las personas, especialmente con las personas que están cerca del paganismo; es decir: los que son actores o víctimas de prostitución, los que son actores o víctimas de homosexualismo, los que son actores o víctimas de otro tipo de faltas relacionadas con la pureza.
Tenemos que llenarnos de las entrañas de Jesucristo para saber tratar a estas personas. Nadie, por favor, a nombre de la fe vaya a maltratar a otra persona porque es homosexual, nadie. Todo lo contrario, si descubres que algo así está sucediendo, redobla tu oración, tu caridad, teniendo perfectamente claro que esa práctica no es de Dios, que eso no lo quiere Dios.
Si nosotros multiplicamos el amor, si nosotros acrecentamos el amor por la pureza, y si aprendemos a tratar con ese respeto los casos que se nos vayan presentando, estoy seguro que Dios va a restablecer la solidez de la familia la solidez de la pareja, y va a devolver su brillo, su esplendor al diamante del corazón humano.
Pero nos falta contar cuál fue el desenlace hermoso que tuvo esta historia. ¿A dónde llevó Dios el tema este de la pureza? Pues es muy grande lo que Dios hizo con su pueblo.
Les repito, y no estoy exagerando, y los que hayan estudiado historia, por favor, verifiquen mis palabras, revisen ustedes las culturas del mundo antiguo; encontrarán que la única que trata en serio la pureza del cuerpo y de la sexualidad es el pueblo de Dios. Todos los demás, dedicados al libertinaje y a la práctica homosexual, y a la prostitución, y a de todo.
Con esa claridad, sin embargo encontramos en la primera lectura de hoy algo más hermoso, todavía más hermoso. Lo que nos recuerda la primera lectura de hoy es que esa pureza no se puede quedar en el aspecto externo.
No es únicamente que no se caiga en falta con la otra persona; no es únicamente que uno exteriormente parezca bueno, sea recto, sea justo, sea puro. Lo esencial y lo fundamental, lo que limpia el corazón como nadie puede limpiarlo, es la Efusión de este Espíritu.
Entonces nosotros, en nuestra lucha por la verdadera pureza, no estamos solos. Esto no es únicamente un esfuerzo de nuestra mente o de nuestros sentidos. Es fundamentalmente el Espíritu de Dios el que necesitamos, porque la verdadera pureza no es solamente abstenerse de pecado, sino poder dar con abundancia el agua de la caridad.
En la lucha por la pureza, yo he encontrado que se necesitan las dos cosas: hay que luchar contra el pecado, pero hay que ofrecer amor. Parece una contradicción, pero no es así.
Hablemos, por ejemplo, de los jóvenes. El joven que busque sinceramente el don de la pureza, tendrá obviamente que vigilarse, tendrá que cuidar su salud, tendrá que vigilar sus sentidos, tendrá que evitar aquellas cosas que le hagan daño. Pero necesita amor. Necesita dar y recibir amor. Y no hay contradicción en eso.
Dios, al llamarnos a la pureza, no nos llama a frenar el amor, sino a encontrarle su verdadero cauce. Y nosotros le hacemos mucho daño a la pureza cuando presentamos estos temas como si fueran aburridos.
Muy al contrario, encontrarse con la verdadera pureza es encontrarse con la libertad de amar que tuvo Jesucristo. Encontrarse con la verdadera pureza es encontrarse con la expresión del amor del Espíritu obrando en nosotros.
Personalmente, he llegado a esta conclusión: cuando me encuentro a una persona que aparentemente es muy pura en este aspecto sexual, pero la veo amargada, la veo juzgando a los demás, la veo dura, yo no veo ahí un espejo de Dios, yo no veo ahí un testimonio del amor de Dios.
Muchas veces lo que hay ahí es un espíritu reprimido, asustado y orgulloso. Y eso no es verdadera pureza. La verdadera pureza no es simplemente reprimirse por una ley o costumbre social, por una educación que se recibió, ni mucho menos por orgullo, ni mucho menos por creerse mejor que nadie.
La verdadera pureza es: "No voy a ensuciar el diamante de mi corazón, porque tengo muchos a quienes ofrecer la luz de ese diamante. La verdadera pureza es un llamado a amar; y si hoy predicamos aquí la pureza, según el Nuevo Testamento, predicamos la pureza que viene del Espíritu Santo con abundancia de amor, con abundancia de alegría.
Si vas a cultivar y a predicar la pureza, llénate de gozo, llénate de alegría, que se te conozca por qué eres capaz de amar, de acoger, de sonreír, de gastarte por los demás. Lo demás, lo demás es puro orgullo, lo demás es puro miedo, y lo demás es puro deseo de juzgar a los otros.
Así completamos la enseñanza de hoy, a partir de esa primera lectura. Dios llama a su pueblo a la pureza y a la santidad. La pureza está relacionada con la autoestima, y si se pierde la una se pierde la otra.
Hay que recuperar esa pureza y luchar por ella, pero no estamos solos. Necesitamos el Don del Espíritu Santo para que nuestra vida sea mucho más que sólo abstenernos de pecado. Nuestra vida no es sólo una lucha contra el pecado, es principalmente la alegría de comunicar el bien que hemos recibido y que está todo contenido en la efusión del Espíritu de Dios.
Sigamos esta celebración. Está cada vez más cerca Pentecostés. Ustedes van a tener una serie de actividades muy bellas en torno a Pentecostés. Van a tener oraciones, y vigilias, y grupos, y congresos, y cursos. Aprovechen este Pentecostés. Gócense Pentecostés.
Y al suplicar el poder del Espíritu Santo, acuérdense de esta enseñanza sobre la pureza, para que en verdad nuestros cuerpos sean templos del Espíritu, y para que nosotros conquistemos almas para la pureza de la única manera que se puede: con ternura, con misericordia, con alegría, con respeto.
Si sabemos unir esas cuatro palabras: ternura, misericordia, alegría y respeto, ahí tenemos un buen espejo de lo que es la pureza como don del Espíritu Santo.
Sigamos esta celebración que es un pasito más en la preparación para el gran Pentecostés que tendrá que llegar a nuestras vidas.
Amén.