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Fecha: 20020422
Título: En las senales, el Espiritu escribe; y en los corazones, El permite leer
Original en audio: 6 min. 29 seg.
Una de las características, indudablemente, del libro de los Hechos de los Apóstoles es la presencia cercana, muy viva y vivificante del Espíritu Santo.
Casi se podría decir que el título del libro es “Los Hechos de Espíritu Santo” porque no hay un apóstol que sea protagonista de todo el libro, pero sí hay un protagonista en todas las páginas, y es la acción del Espíritu Santo.
Y por eso, para saber de la obra del Espíritu, tenemos ese recurso maravilloso, ese libro que es como un regalo de la Pascua que nos ha dejado Jesús.
Los tesoros de la Pascua de Jesús los podemos recibir en ese momento, en esa época casi idílica en que nace la Iglesia, con el poder, con la juventud, con el fuego, con el vigor, con los carismas del Espíritu.
Hoy, por ejemplo, esa primera lectura nos ayuda a descubrir una realidad muy hermosa del Espíritu y es que va gobernando, –por eso se le llama “Señor” en el Credo-, es Señor y dador de vida, el Espíritu gobierna tanto los sentimientos como los corazones.
Hay una presencia del Espíritu en los acontecimientos, una acción misteriosa, un poco velada, un poco misteriosa pero real del Espíritu en los acontecimientos, y Pedro tiene que dar aquí un paso que luego lo tendrá que dar toda la comunidad cristiana.
Porque todos aquellos pequeños cristianos han sido amamantados y han sido criados a los pechos de la religión judía, y no era cosa de poca monta abrirse de ese círculo a una realidad tan distinta, tan contradictoria, tan desafiante como era la gentilidad, porque era el mundo pagano.
Por eso, en ese paso concreto el Espíritu hace su obra de muchas maneras y una manera es lo que hemos escuchado hoy. Le da a Pedro una convicción interior y le da las señales exteriores.
En las señales, el Espíritu escribe, y en los corazones, Él permite leer. Y así, el mismo Espíritu nos hace lectores de lo que Él escribe y nosotros, como Pedro, podemos reconocer en la Escritura el Espíritu, una presencia de Dios que quizá está oculta, que quizá es inexistente para otras personas.
Por lo menos eso es lo que nos sugiere San Pablo. San Pablo cuando dice que el hombre espiritual todo lo juzga, o cuando dice también que para el hombre carnal, el hombre que vive en el plano natural, todas estas cosas son necedad; el hombre carnal se queda con los hechos, con los muertos y los heridos, se queda con la plata, los placeres, lo que está inmediatamente al alcance de su apetito.
Eso es lo único que cuenta para él y lo demás son fabulas, lo demás son engaños, lo demás son mentiras. De manera que el Espíritu trae una inteligencia nueva y trae una acción nueva.
Lo interesante es que la acción nueva que trae el Espíritu es: queramos o no queramos, porque ya se ha decretado la renovación de las cosas, como dijo Pablo allá en Atenas; ya la renovación de las cosas es irreversible con la Pascua de Cristo, no es que esté en discusión la victoria de Dios sobre el mundo.
Con el poder de la Sangre del Señor ya está clara la victoria, eso ya está decretado y es irreversible; pero esa acción exterior que es para todos, no todos la leen, no todos la suplican, no todos la agradecen, no todos la disfrutan.
Necesitamos la acción interior para hacer la lectura exterior que trae el Espíritu, y eso fue lo que hizo Pedro, y eso es lo que hace toda la Iglesia cuando escucha el testimonio de Pedro, y eso es lo que permite que toda la Iglesia, como dice la lectura, al final haya quedado en gozo y en paz".
Ya la renovación de todas las cosas y el juicio, el llamado a juicio de todo el Universo a los pies de la Cruz del Señor, eso ya está decretado y es irreversible.
Desde las pretensiones de Satanás hasta la grandeza y la altura a la que se puede llegar por la santidad, todo tendrá que comparecer ante la Cruz del Señor, y el Espíritu va conduciendo irremisiblemente la historia hacia ese tribunal.
Pero necesitamos la luz del Espíritu para reconocer ese paso, para colaborar con la voluntad en Él, para agradecerlo y para sentir, como aquella Iglesia, gozo y paz.