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Fecha: 20060505

Título: La Palabra de Dios y la Eucaristia: alimentos verdaderos

Original en audio: 23 min. 51 seg.


Hermanos Queridos:

Vamos a alimentarnos con el pan de la Palabra de Dios y después nos alimentaremos con el pan de su Cuerpo y de su Sangre en el altar.

Esa es la Santa Misa, es un banquete que tiene como dos mesas, tiene la mesa de la Palabra y tiene la mesa de la Eucaristía, con una característica muy importante, y es que la primera nos lleva hacia la segunda, cuanto más aprovechemos la mesa de la Palabra, cuanto mejor comprendamos y asimilemos la Palabra del Señor, más y mejor vamos a recibir la gracia, la fuerza, la vida que nos trae Jesús con el don de su Cuerpo y de su Sangre.

Esas dos mesas están así relacionadas y muchas veces podemos perder algo de la riqueza, de la vida que Jesús nos trae en la Eucaristía, en la Hostia consagrada, si perdemos de la Palabra. No olvidemos lo que decía San Agustín. Preguntaba San Agustín: "¿Tolerarías que se perdiera una partícula de la Hostia? Desde luego la respuesta es "no", él decía: “De la misma manera no has de tolerar, no puedes tolerar que se pierda una partícula de la divina Palabra”.

Tomamos cada aspecto de la Palabra y en esta hermosa casa de predicación, en esta preciosa casa de predicación que nos ha hecho tanto bien a todos, aquí se expone con frecuencia y con abundancia el regalo de la Palabra de Dios, el don de la Palabra de Dios.

Lo que tenemos que hacer con la Palabra de Dios es lo que hacemos cuando vamos a comer, especialmente si es una comida sustanciosa: necesitamos partir en pedacitos, esos pedacitos pequeños, apropiados a nuestra boca, son los que sirven para que nos vayamos alimentando.

Lo mismo hacemos nosotros cuando escuchamos la Palabra de Dios: tomamos unos trocitos, tomamos unos pedacitos, esos pedacitos pueden ser por ejemplo un versículo que hemos encontrado, o puede ser una palabra, un determinado término que encontramos y que llama nuestra atención, esa comparación yo creo que es muy útil y yo les invito a todos a que no la olviden.

La Misa es el banquete de las dos mesas, mesa de la Palabra y mesa de la Eucaristía, y recibimos la mesa de la Palabra lo mismo que nosotros comemos: partiendo en pedacitos. El trabajo del sacerdote, del diácono o del obispo cuando predica en la Misa, es un poco lo que hace un mesero, es más o menos lo que hace el mesero: ofrece las viandas, pero es tu trabajo tomar esos alimentos y llevarlos a tu boca, y más que a tu boca, a tu corazón.

Yo voy a hacer ahora como el trabajo de un mesero: voy a tomar una partecita de esta Palabra que hemos oído, este evangelio de hoy, y voy a tratar de partirlo en pedazos apropiados; pero es tu decisión y es tu hambre lo más importante aquí, al fin y al cabo, Jesús nos está hablando de sí mismo como un alimento, como un pan; y si Jesús se presenta como pan, es bueno que nos preguntemos qué hambre tenemos nosotros.

Bienaventurados aquel que tenga hambre de Jesucristo, bienaventurado aquel que sienta necesidad de Jesucristo, bienaventurado aquel que tenga sed de Jesucristo, ganas de descansar en Cristo, deseo de ser tocado, sanado y bendecido por Cristo.

Bienaventurado el que tenga apetito de Cristo, bienaventurado por tres razones: porque hacia Cristo sólo nos mueve el Padre Celestial, según explicó el mismo Cristo: “Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” San Juan 14,6. En segundo lugar, porque el hambre de Cristo es un don del Espíritu Santo, sentir hambre de Jesús es tener en nosotros la presencia del Espíritu, que como dice San Pablo, “gime, tiene gemidos inefables” Carta a los Romanos 8,26, pidiendo, reclamando el alimento.

Nada más estaba entrando aquí a la mansión cuando vi una escena muy tierna, muy bonita: una madre le daba de mamar a su bebé, y es tan hermoso el bebé, con esa hambre y con esa sed y con esa avidez, cómo dirige la boquita al pecho de la mamá sacando el alimento, es una escena llena de ternura.

Así tenemos que llegar a Jesús: como queriendo tomar, como queriendo beber toda esa riqueza que Él tiene; es el Espíritu Santo el que nos da esos gemidos inefables.

La expresión que utiliza San Pablo en la Carta a los Romanos cuando dice “gemidos inefables” Carta a los Romanos 8,26, es la misma expresión para hablar de el balbuceo de los niños. Los niños, cuando están en la edad de mamar, no suelen tener lenguaje, apenas dirán "mamá o pequeñas palabritas, pero con su media lengua, con lo poco que hablan, buscan con anhelo esa carne, ese seno, buscan ese pecho para alimentarse, para recibir la vida.

¡Ah, benditos nosotros si el Espíritu Santo nos trae ese apetito, ese deseo de Jesús, esa hambre de Jesús! Y bienaventurados no sólo por el Padre y por el Espíritu Santo, sino bienaventurados por el mismo Cristo, porque Él dijo: “Si uno viene a mi yo no lo echaré fuera” San Juan 6,37

Bienaventurado tú si tienes hambre de Jesucristo, porque el Padre te está moviendo, porque el Espíritu te está dando hambre y porque Jesús mismo te habrá de recibir, te habrá de atender y te habrá de responder; pero claro, la pregunta es: ¿sientes esa hambre de Jesucristo? ¿Sientes que te falta Jesús? ¿Sientes que Él es tu alimento y quieres ser tocado por Él?

Hace un momento, cuando estábamos bendiciendo al Señor, yo me acordaba de una predicación, uno levanta las manos para bendecir a Dios; pero uno levanta las manos también para que Dios lo levante a uno. ¿Qué hacen los niños cuando quieren que el papito o la mamita los levanten? Los niños alzan las manos, sacuden las manos, así somos nosotros, bendecimos a Dios y agitamos nuestros brazos para decirle al Señor: “Levántame, me hace falta tu vida; levántame, me hace falta tu luz; levántame, me hace falta tu ternura, tu perdón, tu salud”.

Señor, me haces falta tú, esa es la oración, ese es el apetito, ese es el impulso que trae el Espíritu Santo a nuestra vida.

Con ese contexto de hambre y de alimento, y con ese contexto de Palabra y de sacramento, podemos acercarnos a la lectura del día de hoy. Discutían algunos judíos: “¿Cómo este hombre va a darnos a comer su carne?” San Juan 6,52, ellos no ven sino el obstáculo; Jesús ha dicho que Él es el pan y que hay que comerlo, y ellos de inmediato lo que ven es un obstáculo: "¿Quién va a comer carne humana? ¿Qué es eso? ¿A quién se le ocurre?"

Ellos no ven sino el obstáculo, esa es la diferencia que a veces hay entre la razón y el amor. La razón ve muy bien los obstáculos, pero el amor ve bien las soluciones; es el amor el que inventa las soluciones, es el amor el que abre puertas donde no las hay, y si nosotros recorremos la vida de Cristo, la vida de Cristo fue toda como una sucesión de maravillas realizadas por el amor.

Toda la vida de Cristo podría recibir el mismo reproche que hoy pronuncian los judíos: "¿Cómo va a suceder esto? ¿Cómo va a suceder que Dios se va a hacer hombre? ¿Cómo va a suceder que una Virgen concibe? ¿Cómo va a suceder que va a haber un matrimonio, y el es un hombre completo y ella es una mujer completa, y permanecen vírgenes? ¿Cómo va a suceder que el Rey del universo anda ahí como un muchachito del pueblo, como hijo que no se sabe si es hijo o es empleado del carpintero al que todos conocen, al tal José ese?"

"¿Cómo va a ser que el Hijo de Dios, teniendo una misión tan importante, anda treinta años escondido ahí, humilde, apenas trabajando y ganando un sueldo? ¿Dios ganando un sueldo? ¿Dios trabajando? ¿Qué es esa locura? ¿Cómo va a suceder eso?"

La razón no sabe otro estribillo, la razón humana no encuentra otro estribillo sino decir: "¿Cómo va a ser eso? ¿Y cómo va a ser eso que un ciego de nacimiento empiece a ver? ¿Y cómo va a ser que un paralítico se levante? ¿ó como va a ser que un muerto resucite? ¿Qué historias son esas? ¿Y cómo va a ser que este hombre nos va a dar a comer su carne? La razón humana no encuentra sino imposibles; pero la respuesta para todos esos imposibles es la misma.

¿Por qué esta Dios en esta tierra? ¿Por qué ha venido aquí? ¿Y por qué ese Dios quiso nacer de mujer? ¿Y por qué ese Dios quiso ser un desplazado, un emigrante en Egipto? ¿Y por qué ese Dios vivió así oculto y en pobreza en Nazaret? ¿Y por qué ese Dios se abaja y vive acompañado de pobres y pecadores, hasta el extremo que lo confundían con un comilón y con un borracho? ¿Por qué todo eso? ¿Y por que está en la Cruz? ¿Y por qué y por qué?

La respuesta a todos esos “por qué” es una sola: si quieres saber por qué todo eso, la Palabra te responde, Juan 3,16: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida en su nombre” San Juan 3,16. La gran respuesta a todas las preguntas es el amor, el amor que encuentra caminos, el amor que hace imposibles, el amor que trae la sonrisa y hace florecer la vida.

El Dios en el que nosotros creemos es el amor que hace imposibles, hermanos, es el amor que abre caminos donde no los hay, es el amor que hace florecer al desierto y saca agua de la roca.

El amor en que nosotros creemos y el Dios amoroso en el que nosotros creemos es un Dios que sonríe cada vez que decimos: “¡Imposible! ¿Cómo así que Dios me va a perdonar los pecados? Que va a tomar a un sacerdote, -como aquí mi querido hermano, el Padre Pastor-, cómo va a tomar a un sacerdote como este pecador que les está hablando, cómo va a tomar Dios a un pecador, a un sacerdote y darle el poder de perdonar pecados? ¿Cómo va a ser eso?"

Así dicen incluso algunos cristianos que no son católicos: "¿Y como va a ser eso?" Y nosotros les respondemos lo mismo: Hermano, si tú crees que Dios levantó a Cristo entre los muertos, ¿no es esa una maravilla mayor? Y si tú crees que Cristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu, y si tú crees que Cristo es verdadero Dios, ¿no es esa una maravilla mayor?

Y si tú crees que ese Dios desnudado y humillado y escarnecido en la Cruz es el Salvador del mundo y en Él tenemos redención, si tú crees todo eso, ya deberías estar acostumbrado a creer que el Dios nuestro es el Dios que no se detiene ante la palabra "imposible".

Casi todas las oraciones de la Iglesia, casi todas las oraciones del comienzo de la Misa empiezan con estas o parecidas palabras, “Dios todo poderoso y eterno que...”, pero a veces uno de mucho oír las cosas ya no les presta atención.

¿Sabes qué quiere decir "Dios todo poderoso"? Quiere decir: Dios, para el que nada es imposible, Dios, que sonríes cuando nuestra razón dice: "Eso no puede ser", Dios, que te burlas de los cerrojos y las tumbas selladas, Dios, que vences los abismos, Dios, que superas las expectativas, Dios, que abres caminos donde no los hay, eso es lo que estamos diciendo, esa palabrita “pantokratôr” en griego, “omnipotens” en latín, todo poderoso en español, esa palabrita lo que quiere decir es, que la palabra imposible no es un obstáculo para Dios.

Y esta misma casa, esta casa de predicación que se llama La Mansión, y que es un regalo para Santa Cruz y para Bolivia, y que para mí ha sido un regalo tan grande en mi ministerio, esta casa ha sido testigo de eso, que la palabra "imposible" no existe para Dios, porque ustedes y yo hemos visto maravillas realizadas aquí, maravillas que nos obligan a preguntarnos: "¿Y eso cómo pudo ser?" Y la respuesta de Dios sigue siendo la misma: "Porque tanto los amo, porque tanto los amo, porque tanto los amo pasan todas esas maravillas".

Pero Jesús va mas allá, utiliza una palabra que es importante que no la dejemos pasar: “Mi carne es comida verdadera y mi Sangre es bebida verdadera” San Juan 6,55.

¿Por qué dice que su carne es comida verdadera? ¿Es que hay comidas falsas? ¿Por qué dice que su Sangre es bebida verdadera? ¿Cuáles son las falsas bebidas? ¿Por qué utiliza esa palabra, "la comida de verdad"? Dicen los estudiosos de la Biblia, que cuando tú dices “comida verdadera” puede significar dos cosas: puede ser comida verdadera por oposición a una comida falsa, esa es una manera, pero parece que ese no es el principal sentido aquí, el principal sentido es, imagínate una persona que ha pasado por una situación económica muy mala, pero muy, muy mala, y le ha tocado subsistir comiendo, como decimos, cualquier cosa, lo que le regalan por ahí.

Una persona que se ha visto realmente en el fondo, que se ha visto en el límite y no ha tenido prácticamente ni que comer, cualquier cosa que le regalan, con eso le toca que resignarse.

Pero un día su vida, su suerte cambia. Resulta que él era el único heredero de un cierto señor, que era tío de él, pero él no lo sabía, que era un tío rico, y el tío rico se murió y le dejó una tremenda herencia, y este hombre que vivía como mendigo, de pronto descubre la gran noticia: "Tengo unos cuantos miles de dólares, parece que acabó mi tiempo de mendigo".

Entonces él lo primero que hace es arreglarse y asearse y de pronto ir a un buen restaurante para comer una comida de verdad, eso no quiere decir que lo que él estaba tomando antes, por ahí tal cual sopa que le regalaban, que esa no fuera comida, pero él ahora encuentra una comida de verdad.

Eso es lo que Jesús nos está diciendo aquí: que si tú quieres encontrar el alimento que alimenta, el alimento de verdad, ve hacia Cristo, dirígete hacia Cristo.

Comida verdadera parece que significa aquí la comida por antonomasia, la comida que verdaderamente satisface la definición de comida, la comida que sacia como ningún otra comida puede saciar, la comida que marca una norma, que marca el estándar, que marca la referencia, que se vuelve la referencia de toda otra comida.

Jesús es la comida de verdad, ¿qué significa eso? Significa que cuando Jesús te alimenta tú quedas verdaderamente alimentado, quedas alimentado en verdad y en realidad.

Acude a Cristo y aliméntate de Cristo, busca en Cristo el alimento para tu inteligencia y encuentra en Él eso que busca tu inteligencia, esa luz. Busca a Cristo y aliméntate en Cristo de amor, encuentra en Él el amor de verdad; busca en Cristo y encuentra en Cristo el descanso, y encuentra en Cristo el verdadero descanso; busca en Cristo y encuentra en Cristo tu camino, descubrirás que Él es el verdadero camino y la verdad y la vida.

Encontrar a Jesús es encontrar el alimento de verdad, el verdadero alimento, lo que sirve de referencia para todo otro alimento, y en comparación con ése, tú seguramente vas a sentir: Todo lo demás que yo estaba comiendo, como dijo San Pablo, ahora considero que era como "basura”" Carta a los Filipenses 3,8.

Si volvemos a la historia de nuestro mendigo aquel, una vez que ese hombre se ha sentado en su restaurante y de pronto se ha comido un buen pato, se ha comido su buen almuerzo, su buena cena, "¡ah, esta es comida de verdad!" En comparación con esa comida que se ha podido dar, ¿qué siente él de todos esos poquitos de comida que le daban antes?: "¡Eso era como mentira! ¿Yo qué era lo que estaba comiendo antes? Ahora sí llegó la comida de verdad".

Eso es lo que tú vas a encontrar en Cristo; siente el sabor de Cristo en tu boca, y dirás: "¿Y yo que era lo que estaba comiendo antes?" Siente la alegría de Cristo en tu mente, y dirás: "¿A qué era lo que yo llamaba alegría antes?" Siente el amor de Cristo en tu corazón y dirás: "Hola, ¿y yo por qué yo dependía tanto de eso que yo llamaba amores?" Encuéntrate con el verdadero, encuéntrate con Él y vive en Él, y descubrirás que en Él está la verdad.

Sigamos esta celebración. Demos gracias a Cristo que es el verdadero alimento, demos gracias a Él que es la verdad en nuestras vidas, y recibamos de Él lo que sólo Él puede darnos. La gloria y el honor a su nombre.

Amén.