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Fecha: 20110510
Título: Necesitamos la fuerza del Espiritu para no avergonzarnos de nuestra fe en Jesucristo
Original en audio: 4 min. 28 seg.
En las lecturas de ayer aparecía ya este personaje, Esteban, el primero entre los mártires de nuestra Iglesia. Qué bueno, frente a la figura de Esteban, recordar lo que significa martirio.
Esta palabra viene de un término griego que quiere decir "dar testimonio". El mártir es el testigo, y la palabra testigo tiene dos dimensiones. Podemos decir que testigo en voz pasiva es aquel que está en la escena. Por ejemplo, cuando se busca quiénes son los testigos de un accidente, quiere decir las personas que estuvieron ahí, las personas que, de primera mano, recibieron la impresión, seguramente terrible en el caso de un accidente, de lo que sucedió.
Pero luego hay también otro significado: testigo, en voz activa, es aquel que abre su boca, es aquel que ofrece una palabra y que cuenta precisamente aquello que conoce y que conoce bien porque lo ha testificado, porque ha sido testigo.
Entonces, en el caso de Esteban, podemos decir que el Espíritu le da esa certeza interior, el Espíritu le da la verdad de Jesús, y en este sentido hay que ser discípulos; pero luego el mismo Espíritu es el que hace que Esteban, con un valor colosal, con un valor inmenso, aber su boca delante de las autoridades judías, sabiendo lo que se le podía venir encima, y abre su boca para denunciar el pecado de ellos y para anunciar, con toda fuerza y con todo amor, el mensaje de Jesucristo. Y esto se llama ser misionero.
Fíjate entonces cómo el mensaje de la misión continental que nos han dado nuestros obispos reunidos en Aparecida, ese mensaje tiene toda su actualidad. El Espíritu nos hace discípulos, es decir, nos hace testigos en voz pasiva, testigos que recibimos la verdad de Cristo.
Por ejemplo, la verdad de los sacramentos, la verdad de las Escrituras, la verdad sobre la Iglesia; es el Espíritu el que nos puede enseñar cuál es el sentido más propio de la Escritura; es el Espíritu el que de hecho ha guiado a la Iglesia en la predicación de la Palabra; es el Espíritu también el quien nos da la verdad de los sacramentos; el Espíritu es el que imprime en nuestros corazones la certeza de que Jesús está presente en la Eucaristía.
El Espíritu nos da la certeza de la obra que se realiza en una ordenación sacerdotal, a pesar de tantas fragilidades que tenemos los sacerdotes; el Espíritu es el que nos permite leer el recorrido de la historia de la Iglesia, y entre algunas mediocridades y algunos pecados espantosos, reconocer verdaderamente la presencia del Resucitado que avanza victorioso por los siglos, pasando de una centuria a la siguiente. Los imperios de este mundo, las ideologías y filosofías vanas van y van cayendo, Cristo avanza con su mensaje victorioso de un siglo al siguiente.
Y el Espíritu es el que también nos va a dar la fuerza para nosotros no avergonzarnos del Señor. San Pablo decía: "Yo no me avergüenzo de la Cruz de Cristo" Carta a los Romanos 1,16.
Qué importante que nosotros superemos esa vergüenza, esa especie de complejo que muchas veces tenemos los católicos como escondiendo nuestra fe, escondiéndonos si vamos a Misa, escondiéndonos si vamos a rezar, escondiéndonos si amamos la persona del Papa, o si amamos a la Santísima Virgen. ¡Hay que dejar de esconderse ya! Necesitamos fuerza del Espíritu para reconocer la verdad de Cristo dentro de nosotros y para dar testimonio de esa verdad.