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Fecha:19990416
Título: Meditemos las lecturas de la Misa
Original en audio: 24 min. 34 seg.
Me parece, mis queridos hermanos, que una buena táctica o tónica para aprovechar la Palabra de Dios que se nos ofrece en la Santa Misa, es saber por qué se nos leen las lecturas que se nos leen.
Cuando yo era niño tenía la idea de que las lecturas eran como lo que saliera en la Biblia en ese momento, era algo casi caprichoso; tenía esa idea, y como uno asiste a la Santa Misa normalmente cada domingo, y entre un domingo y otro hay tanto espacio, uno como que no le va siguiendo el hilo a las lecturas.
Y además, como hay lecturas que son tan conocidas, como la que hemos acabado de escuchar, la de la multiplicación de los panes, resultaba muy sencillo para uno decir: “¡Ay, otra vez salió la multiplicación de los panes!” “¡Otra vez salió la resurrección de Lázaro!” “¡Otra vez salió la parábola del sembrador!” “¡Otra vez las bienaventuranzas!”, con todo lo cual uno tenía el grave peligro de quedarse sin el alimento que Dios ofrece en su Palabra.
Si además de eso la predicación en la Iglesia adolece, como a veces adolece de deficiencias, de pobreza y si además uno está distraído, y si además tiene afán, y si además lo mío no funciona en la Iglesia, pues realmente el contenido de la Palabra de Dios que llega a los corazones y que llega a las vidas es muy pobre, supremamente pobre.
Pero gracias a Dios el tiempo ha transcurrido, y no en vano, en la vida mía por bondad suya, y hoy puedo decir que escucho la Palabra de Dios con oídos diferentes, y de ese descubrimiento y de esa alegría quiero participarles para que también ustedes y los amigos, parientes y enemigos de ustedes se gocen aprovechando más y más, cada vez más y mejor la Palabra de Dios.
Realmente, estas lecturas que se nos ofrecen en la Santa Misa son el fruto de una larga experiencia.
Podemos decir que estas lecturas, es decir, la selección de estos trozos de la Escritura, proviene de siglos y siglos, proviene de un camino muy largo que la Iglesia ha recorrido y por eso, si nosotros sabemos por qué se nos están leyendo las lecturas que se nos leen, uno lo pueda aprovechar también mejor.
Por ejemplo, qué tiene que ver la multiplicación de los panes en el tiempo que estamos viviendo, esta es la segunda semana de Pascua.
A ver, nos vamos ubicando, el acontecimiento central de nuestra fe es que Cristo murió y resucitó, eso se llama la Pascua de Jesucristo, esa es la primera, la más importante, la fundamental de las solemnidades de nuestra fe cristiana.
No es sólo la primera en importancia, sino es la primera en la historia, es la primera que se celebró históricamente, la celebración de la Pascua.
Los cristianos celebraron la Pascua desde los comienzos del cristianismo, en la fecha por el tiempo en que celebraban los judíos su propia Pascua, ¿y por qué así? Porque los Evangelios dicen que Jesucristo celebró su Pascua en el tiempo en que los judíos celebraban su Pascua.
Y esa fue la primera fiesta que hubo, pero resulta que ese acontecimiento tan grande hay que prepararlo; la preparación se llama Cuaresma, por la memoria de los cuarenta días de Cristo en el desierto, y ese acontecimiento tan grande hay que celebrarlo en toda su magnitud, y en todo su desenlace, y con lo máximo de sus implicaciones.
Pero ese tiempo que viene después de la Pascua es el llamado “Tiempo Pascual”, entonces ya vamos entendiendo.
Hay una celebración central en el año, la más importante de todas, “La Vigilia Pascual”, pero esa Vigilia Pascual, que es el centro del corazón de nuestra fe, viene precedido por una preparación que se llama Cuaresma y viene seguido por otras semanas que se llaman el tiempo pascual; ahora estamos en el tiempo pascual.
Entonces ya descubrimos de dónde salieron la Cuaresma y la Pascua.
Pero resulta que el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo también es inmensamente importante, porque el Cordero que fue ofrecido sobre la Cruz, fue preparado en las entrañas de María; el nacimiento de Jesucristo es la presencia de la carne que va a ser ofrecida en el sacrificio, y por eso, más o menos a partir del siglo IV se empezó a celebrar la Navidad.
Pero la Navidad también hay que prepararla, porque si de pronto un día uno despierta y dice: “¡Ah, la Navidad!” No, no se vive no se aprovecha.
La preparación de la Navidad se llama Adviento, y lo que sigue después de la celebración de la natividad, del nacimiento del Señor es lo que se le llama el tiempo de Navidad.
¿A qué conclusión llegamos? Que en la Iglesia hay cuatro tiempos importantes: dos giran en torno al nacimiento de Cristo y dos giran en torno a la resurrección de Cristo; los dos que tienen que ver con el nacimiento son: Adviento y Navidad.
Y los dos que tienen que ver con la muerte y la resurrección de Cristo son: la Cuaresma y la Pascua, esos son los llamados tiempos litúrgicos fuertes, el resto de las semanas del año es lo que se le llama el “Tiempo Durante el Año” que a veces se llama el “Tiempo Ordinario”.
Durante el Tiempo Ordinario nos encontramos con Jesucristo, siguiendo la lectura de los Evangelios. Técnicamente hablando, uno no debería dedicar las homilías a explicar liturgia, las homilías no deberían ser para eso, pero a mí me parece que tratándose de comprender la Palabra, quizá no esté tan mal que se haga.
Y además, me parece que para muchos de nosotros las oportunidades de oír esto son, sobre todo, las celebraciones Eucarísticas, esa es la realidad del pueblo cristiano.
Y además yo pienso que cuando estaba más joven, porque me considero joven todavía, hubiera querido que algún padrecito me hubiera explicado estas cosas en Misa, o como hubiera sido. Etonces, por eso, tratando de obrar en consecuencia, yo las comparto con ustedes.
Estamos en el Tiempo Pascual, ¿cuándo empezó el Tiempo Pascual? En la gran vigilia, la celebración central de nuestra fe, ¿cuándo termina? Termina en Pentecostés, dura más o menos unos cincuenta días, desde la Vigilia Pascual hasta Pentecostés.
Y ahí se van contando las semanas; la Vigilia Pascual termina, obviamente, en un domingo, el día de la resurrección del Señor. Ese es el domingo primero de Pascua, el domingo siguiente es el domingo segundo de Pascua y así sucesivamente hasta llegar a la fiesta de la Ascensión del Señor y la fiesta de Pentecostés.
La Iglesia cuenta las semanas o los días de la semana empezando por el domingo, de manera que si este domingo pasado fue el segundo domingo de Pascua, quiere decir que el lunes es el lunes segundo de la semana de Pascua y el martes es el segundo de la semana de Pascua y así llegamos al nombre que tiene este día.
Cada día para la Iglesia tiene un nombre litúrgico, este día se llama viernes de la segunda semana de Pascua, en términos de calendario se llama 16 de abril de 1999, en términos de la liturgia se llama viernes de la segunda semana de Pascua.
¿Y cómo se determina? ¿Cuál es la fecha de la Pascua? ¿Eso de dónde sale? Pues sale de las cuentas judías, y las cuentas judías para la Pascua ¿cuáles son? Pues mire, la Pascua cae en el primer plenilunio después del equinoccio de primavera, es el sábado no posterior al primer plenilunio después del equinoccio de primavera.
Es muy sencillo, como el equinoccio de primavera cae hacia el 21 de marzo, el primer sábado de luna llena que caiga después del 21 de marzo es Pascua, ese criterio le puede servir a ustedes.
Si por ejemplo, está usted en un crucero y luego naufraga, llega por allá en una isla donde no sabe en dónde se encuentra, entonces usted hace cuentas y le toca hacer un calendario necesariamente; cuando llegue el primer sábado de plenilunio, después del equinoccio de primavera, entonces usted sabe: "Estoy en Pascua".
Pero esas cuentas no son fáciles de hacer, porque sacar las cuentas de los plenilunios y todas esas cosas pues no es fácil, por eso hay tablitas y por eso, por ejemplo, en la Liturgia de las Horas, al principio del libro, están unas tablitas en donde dice cuáles son las fechas de la Pascua para los distintos años.
Ahora preguntémonos: ¿qué lee la iglesia en Pascua? Estamos meditando en el misterio de la resurrección del Señor, ¿qué vamos a leer tratándose de la resurrección del Señor?
Los relatos de las apariciones de Cristo resucitado ocuparon toda la primera semana de Pascua, la primera semana de Pascua se llama la Octava de Pascua, es una Octava como las octavas de la música, me gusta mucha esa comparación, es una semana completa en donde meditamos sobre todos los acontecimientos de la resurrección del Señor.
Ahora, ¿qué vino a resultar? Pues como aquí tenemos este leccionario -leccionario viene de lectio que en latín significa lectura-; el leccionario significa lectura.
Yo hago esta catequesis porque quiero que usted sienta que las cosas de la Iglesia son comprensibles, es que no tiene misterios ocultos y escondidos; bueno, sí tiene misterios pero esos misterios no son porque se oculten, sino porque son insondables.
No les pase a ustedes como una señora que quería rezar el rosario pero sin tanto misterio. Entonces, mire usted, puede notar que en este leccionario dice: "Segunda Semana de Pascua", entonces son las lecturas para la segunda semana de Pascua.
¿Y con qué evangelio empezamos? Es decir, el lunes de la segunda semana de Pascua, ¿con qué empezó? Con una historia de Nicodemo, seguramente nos hemos encontrado en esta semana con las lecturas y se han encontrado varias veces con Nicodemo.
La historia de Nicodemo está en capitulo III del evangelio de Juan y la historia de Nicodemos empezó del lunes y hasta el jueves, hasta llegar al versículo 36 del evangelio de Juan capítulo III.
¿Por qué leímos Nicodemo? ¿Qué tiene que ver con la resurrección? Pues resulta que Jesús le dijo a Nicodemo una frase que describe la relación entre la resurrección de Cristo y nuestra vida cristiana: “Te lo aseguro, que el que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios” San Juan 3,3.
Entonces, ese dialogo entre Cristo y Nicodemo muestra la relación entre la resurrección de Cristo y lo que nos pasa a nosotros, nuestra aplicación de la resurrección de Cristo a nosotros es como un nacer de nuevo.
Esas lecturas de la historia de Nicodemo llegaron hasta el jueves y hoy estamos en viernes y en el Evangelio viene un salto, estábamos en el capitulo III, ahora pasamos al capitulo VI del Evangelio de Juan, y empieza la multiplicación e los panes.
Les adelanto lo que va a suceder. Mañana sábado seguiremos leyendo el capítulo VI del evangelio de Juan, cuando Cristo camina sobre el agua y se encuentra con los discípulos.
¿Y en la tercera semana de Pascua qué vamos a escuchar? Sigue el capitulo VI de San Juan, y así podemos seguir. El resumen es que hemos leído el capitulo III de San Juan y vamos a abordar el capítulo VI del mismo evangelio, o sea que no se trata aquí del sólo milagro de la multiplicación de los panes.
Este milagro es el comienzo del capitulo VI del evangelio de San Juan y lo que a la Iglesia le interesa es que nosotros, durante prácticamente una semana larga, estemos meditando en el capitulo VI de San Juan.
¿Y por qué? Bueno, ya sabemos que no se trata solamente de contemos un milagro a la gente, como quien dice mañana un paralítico, después una parábola, luego un ciego; las lecturas de la Misa no funcionan así, tienen un orden, insisto, y si usted percibe ese orden, entonces usted le saca mucho más provecho.
No es lo mismo contar la multiplicación de los panes, por contar una cosa bonita que Jesucristo hizo, no es simplemente contar simplemente algo que Cristo hizo. Es el comienzo de una meditación que ocupa todo el capitulo VI de San Juan.
Eso es en cuanto a los evangelios, ¿y las primeras lecturas de dónde salen? De los Hechos de los Apóstoles, eso lo entendemos mejor. La primera lectura durante casi todo el tiempo pascual está tomada de los Hechos de los Apóstoles.
Porque los Hechos de los Apóstoles son la historia de lo que pasó precisamente después de la resurrección de Cristo, desde la efusión poderosa del Espíritu Santo, cómo todos estos Apóstoles tienen la gracia, el poder de dar testimonio de Cristo resucitado con gran valor, incluso en medio de las persecuciones.
Esa primera lectura la entendemos mejor, pero ¿por qué se nos leen estos evangelios? ¿Qué es lo que quiere la Iglesia contarnos con eso? No se trata solamente de contarnos milagros: hoy multiplica los panes, mañana camina sobre el agua, pasado mañana hace un exorcismo. No es un evento de milagros solamente, es algo mucho más profundo lo que hay aquí.
Resulta que hay una expresión que nosotros vamos a encontrarnos en este capítulo sexto del evangelio de Juan, claro los que van a valorar esto son los que asisten más frecuentemente a la Santa Misa. Mire, la próxima semana -ojalá vaya a la Santa Misa el próximo viernes-, porque hoy apenas estamos iniciando la lectura de este capítulo.
Usted póngase en este contexto, la Iglesia no quiere solamente que yo sepa que Cristo multiplica panes, la Iglesia quiere que yo medite en todo el capítulo sexto del Evangelio de Juan, ¿por qué?
Porque el viernes de la semana entrante usted va a escuchar esta frase que es como el centro y el motivo de por qué vamos a leer todo ese capítulo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” San Juan 6,51.
Lo de la multiplicación de los panes es apenas la introducción de una cosa maravillosa, de una enseñanza preciosa de Jesucristo “Él es el Pan que da la Vida” San Juan 6,35; Cristo empezó a multiplicar panes no solamente por saciar el hambre a toda esa muchedumbre, sino para mostrar una abundancia de vida que arranca en Él, que tiene su comienzo en Él.
Cristo a través de este milagro de la multiplicación de los panes se muestra ante todo ese pueblo y ante nuestros ojos, como un manantial de vida y si nosotros nos unimos a ese manantial de vida, entonces nosotros vamos a ser resucitados en el último día.
De modo que ¿por qué escuchamos el diálogo con Nicodemo? Para oír que hay que nacer de nuevo del agua y del Espíritu y que el nacimiento del agua y del Espíritu fundamentalmente por el bautismo, por la confirmación, por la experiencia personal del amor de Dios.
El nacimiento del agua y del Espíritu es el primer impacto que tiene la resurrección de Cristo en nuestra vida; yo renuevo esa efusión del Espíritu y renuevo ese baño purificador del bautismo a través de la oración, de la súplica, también de la confesión, desde luego, que es algo así como un bautismo prolongado.
Entonces, ¿por qué oímos a Nicodemo? No por oír una historieta de cómo conversaba Cristo con un anciano, oímos a Nicodemo sobre todo para oír esa frase: “Hay que nacer del agua y del espíritu” San Juan 3,5, y esa es la resurrección de Cristo aplicada a nosotros.
Y ahora nos vamos a embarcar diez o doce días en el Capítulo sexto de San Juan para oír, para percibir, para saborear que Jesús es manantial de vida y que en ese Cristo en el que está la vida nosotros tenemos victoria sobre la muerte, porque Él nos va a resucitar en el último día.
Cuando uno descubre esto, uno descubre también que es saludable repasar todas estas lecturas, tal vez no todos podrán asistir a la Santa Misa, pero si tú lees en tu casa el Capitulo tercero de Juan para degustar la enseñanza de Cristo a Nicodemo y lees en tu casa el capitulo sexto de Juan, entonces vas a descubrir preciosa y maravillosamente cuál es el bien de la resurrección en tu vida.
En resumen, ¿qué es lo que nos están aportando estos evangelios? Nos están ayudando a descubrir qué hace la resurrección en nosotros, es un nuevo nacimiento, es un alimento, es una vida, es un triunfo sobre la muerte.
Y después de que acabemos el capítulo sexto de Juan, ¿qué vamos a leer? Pues vamos a seguir leyendo muchas cosas. Durante la Pascua se lee sobre todo a San Juan. El lunes de la cuarta semana de Pascua vamos a empezar con el capítulo décimo del evangelio de San Juan.
Pero no me adelanto tanto a los acontecimientos, yo le dejo a usted que asista a la Santa Misa, y le dejo sobre todo una inquietud: sea usted oyente inteligente de las lecturas de la Palabra de Dios, sea usted oyente inteligente; y siempre que vaya a la Santa Misa, sobre todo si tiene que asistir poco, si no puede asistir con frecuencia, vaya sabiendo qué es lo que va a escuchar y vaya sabiendo por qué lo escucha.
En resumen, sintonice usted su corazón con el corazón de la Iglesia y sienta cómo poco a poco, día a día, fiesta tras fiesta y celebración tras celebración, su corazón se alimenta con las dulzuras de Jesucristo.
Estoy seguro que usted descubrirá que se le acaba el tedio por la Misa. Yo de niño, pecador que soy, llegué a sentir tedio por la Santa Misa, me avergüenza, pero así me pasó, yo no entendía nada, ni hacía mucho por entender, no era ningún inocente, pero a medida que Dios me ha ayudado, la comunidad me ha ayudado, yo veo que esto hay que decirle a la gente.
Usted no vaya simplemente a oír unas historietas, “a ver, qué pasó y mañana quién sabe con qué nos van a salir”. no; la Iglesia es Madre y es Maestra y nos va conduciendo, nos va paseando por los misterios de Jesucristo para que nos hagan todo su bien, para que transforme nuestras vidas.