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Fecha: 19970410
Título: En Cristo esta la plenitud de la vida humana
Original en audio: 4 min. 11 seg.
Este ya es el jueves de la segunda semana de Pascua. Hemos celebrado y estamos celebrando la Resurrección del Señor, que es el acontecimiento central de nuestra fe.
Para que Cristo resucitara, para que se pueda hablar de Resurrección es porque se habla de muerte, y esto es lo que celebramos precisamente en la Semana mayor o en la Semana Santa.
La muerte de Cristo significa que Cristo no tenía seguro de vida, seguro especial; no tenía ninguna coraza, no tenía ningún escudo. Con esto quiero decir que a Cristo le pasó lo que le pasa al ser humano, más aún, que en Cristo está la plenitud, el resumen de la vida humana.
Cualquier dolor que nosotros hayamos tenido, de alguna forma está presente en el dolor y en el despojo y en la soledad de Cristo en la Cruz; y por eso, la Resurrección de Cristo quiere decir que hay una esperanza real para nuestros dolores, porque si nuestros dolores no son distintos de Él, su victoria tampoco es ajena a la nuestra.
Y si nosotros creemos que realmente en su muerte están como reunidos todos los fracasos, los dolores de la vida humana, pues, por esa misma razón, con mayor fuerza creemos que en su Resurrección está la esperanza, la sanación y la victoria sobre todos esos dolores, sobre todas esas soledades, sobre todos esos fracasos.
A veces uno cree que cuando se va a hablar de religión o cuando se va a hablar de Dios vamos a dejar de hablar de lo que nos pasa a nosotros, pero no es así. Para nosotros los cristianos, pensar en Dios, hablar de Dios, hablar de Jesucristo en quien Dios se ha manifestado, no es huir de nuestros problemas, sino ver a Alguien que vivió hasta el fondo la tragedia a que puede llegar un ser humano, pero que en el fondo de esa tragedia es levantado por el poder y el amor de Dios.
Y porque esta noticia es tan grande no podemos callarnos. Por eso los Apóstoles decían en la primera lectura: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Dios resucitó a Jesucristo" Hechos de los Apóstoles 5,29-30, y esa noticia significa que nuestros fracasos o dolores, que nuestras enfermedades y la misma muerte, pueden ser y tienen que ser vistos de otra manera, y es gracias a la Resurrección de Cristo.
En esta Eucaristía, cada uno piense qué le daría a ese Jesús; si logras encontrar algo que tengas en común con el Crucificado, ya encontraste algo que tienes en común con el Resucitado; si logras tender un puente, y hemos hablado de puentes, entre su dolor y el tuyo, entre lo que le sucede a Él y tú, encontrarás en el Alimento eucarístico el puente entre su victoria, su vida, su gozo, su luz, eso que tal vez tú también estás aguardando, eso que estás necesitando.
El ser humano no se redime a sí mismo; Cristo, puesto en la Cruz, llega a experimentar el abandono más grande, y por eso exclama con el salmista: "¡Dios mío! ¿Por qué me ha abandonado?" San Marcos 15,34.
Pero si le dice eso a Dios, así le diga que lo ha abandonado, significa que su confianza sigue puesta en Él.
Salgamos del sueño de pensar que nosotros nos redimimos a nosotros mismos; no estamos solos; está con nosotros como caudillo y vencedor el Señor Jesucristo, y en Él queremos encontrar ese puente, que es al mismo tiempo lenguaje de nuestro dolor y lenguaje de su victoria y de su vida.