O346002a

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Fecha: 20001202

Título: Ven, Senor Jesus

Original en audio: 16 min. 17 seg.


Como en una bellísima carrera de relevos, nosotros los cristianos recibimos la antorcha de la fe y la transmitimos a otras generaciones. Cada uno de nosotros seguramente puede decir algo parecido a lo que dijo Pablo allá en el capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios: "Yo transmití lo que a mi vez recibí pasando la antorcha de la fe a otros" (véase ).

Gracias a Dios hubo quién nos evangelizara. Tuvimos noticia de Jesucristo, estamos enamorados de su nombre y utilizamos nuestra voz, nuestro tiempo, nuestros ojos y nuestro corazón para que Cristo sea también conocido por otros, y así la antorcha de la fe va pasando de unas a otras generaciones.

Algo parecido sucede con esa otra antorcha hermosísima, la del amor. Hemos recibido amor, amor perfecto de parte de Dios, pero también amores significativos, hermosos, que en últimas tienen su fuente en Dios. Por ejemplo, seguramente de nuestras familias, de nuestros amigos, de hermanos de comunidad, de sacerdotes, gente que nos ha aconsejado; hemos recibido amor.

Es muy grande poder decir esto. Hemos recibido amor; ahora sé que existe el amor; el amor me ha visitado y por eso, lo mismo que en el caso de la fe, nosotros, movidos por un impulso de amor, abrimos nuestro corazón a otros hermanos y queremos que también ellos experimenten amor y sobre todo que se encuentren con Cristo que es la fuente del amor; que puedan verdaderamente abrevar su sed en ese torrente tan limpio, tan fresco del amor de Cristo.

Hemos recibido la antorcha del amor y la transmitimos a otros. Sin duda, cuando nos estemos muriendo, uno de los pensamientos más consoladores, tal vez el más bello de todos, va a ser: "Dios me ama", y después de ése el siguiente: "amé". Amé significa: "hice lo que tenía que hacer".

Si hay algo que no se me puede haber pasado la vida sin hacer es amar. La gran noticia, la gran esperanza, la gran confianza, el regazo donde podremos recostar nuestra cabeza cuando estemos agonizando es: "amé"; todo lo demás será cuestionable.

Un gran amigo mío es médico, trabaja en programas internacionales para favorecer la erradicación de enfermedades endémicas, una labor muy útil. Este hombre trabaja para que la gente tenga salud física, pero aunque en sí misma es una obra tan buena, la salud debe servir para darle la gloria a Dios, o la salud puede servir para tener un cuerpo suficientemente vigoroso para pecar y para ofender a Dios.

Ninguna obra adquiere su verdadera belleza si no está impregnada, empapada, revestida, adornada y enmarcada por el amor; sólo el amor le da sentido a las obras. Haber tenido muchos conocimientos, haber tenido mucho dinero, haber tenido muchas influencias, nada de eso es verdadero consuelo para el que está agonizando.

Quienes hemos tenido ocasión de acercarnos a la persona que se está muriendo -¡cómo me impresiona esto!- nos queda una sensación profunda. La persona, en la mayor parte de los casos, en las últimas semanas, días, incluso horas, tiene que transformar a menudo su escala de valores porque todo lo que había luchado en ese momento ya no tiene sentido.

Cuántas personas dedicadas a las influencias sociales, a la moda, a la prestancia pública,al poder; nada de eso tiene sentido cuando se llega a esa puerta última de la salida de la vida. En ese momento, el único pensamiento que le trae paz a ese corazón es: "Dios te ama", y después de ese pensamiento, el segundo: "amé", recordar que se pudo dar amor, recordar que se entregó amor.

Yo les pido, en el nombre de Jesucristo, sean generosas en transmitir la antorcha del amor, generosas; no dejen pasar a una persona sin amarla; no dejen pasar a un desconocido a un amigo o a un enemigo sin amarlo; es lo único que traerá paz, es lo único que traerá luz, es el único regazo suave a la hora de la muerte.

La muerte es el momento de ver cuál es la antorcha que estoy entregando a los demás. Hemos hablado de dos antorchas: la de la fe y la del amor. Pero hoy, la lectura del Apocalipsis y también la lectura del evangelio en otra tonalidad, nos ayuda, o mejor, nos invita a pensar en esa tercera antorcha, la antorcha de la esperanza, esa respuesta que hemos dicho en el Salmo: "¡marana tha!" (véase Salmo 94); esa expresión que significa lo que también hemos dicho: "ven, señor Jesús"; esa es la antorcha de la esperanza.

Desde el siglo I, desde las persecuciones de Diocleciano, tiempo probable para la redacción del Apocalipsis, desde esos tiempos, con lágrimas en los ojos, los cristianos le han dicho a Jesús: "ven, ven"; y ellos se apagaron, pero su antorcha de esperanza, su súplica por el retorno de Cristo no se ha apagado; ellos la entregaron a otros que siguieron rogando.

Cómo olvidar en este momento a los orígenes de la vida consagrada femenina. Lo primero no fueron los monasterios, lo primero no fueron las congregaciones o las comunidades misioneras dedicadas a la misericordia; lo primero fueron aquellos corazones de mujeres inexplicablemente enamoradas de Cristo, absurdamente prendadas del Señor Jesús.

Estas mujeres, a través de una consagración, primero privada y después pública por manos del obispo, la consagración virginal, se dedicaron como himno de sus vidas a tomar estas palabras que nosotros hemos repetido: "¡marana tha!"; fueron ellas las que sacrificaron muchas veces las noches de los siglos II, III y IV, mujeres que conociendo las delicias del hogar y la hermosura del amor humano, se sintieron tan cuidadas por Jesucristo, y sintieron que mientras El no llegara, mientras ese abrazo no estuviera, mientras no sientan palpitar ese corazón de El y le vieran reinar en todas partes nada estaría completo.

Y por eso, renunciando serenamente a los goces de este mundo, a las delicias de ser pareja y de ser madres para esta tierra, escogieron ese camino del cual de alguna manera son herederas todas ustedes. Ese camino, esa soledad, de tantas mujeres en medio de la noche, con suspiros de amor, iluminadas por el Espíritu Santo, en profunda soledad o en la santa compañía de otras vírgenes repitieron estas palabras: "ven, Señor Jesús"; pero también ellas se apagaron dejando encendida sin embargo esa antorcha y pasándola a los nacientes monasterios tanto de hombres como de mujeres.

Esta forma de vida consagrada, estas vírgenes consagradas siguen en la Iglesia y en cierto modo están resurgiendo en nuestros días. En todo caso, su antorcha está viva, esa antorcha de esperanza.

Y no fue otro el que movió un día a un joven talentoso, un hombre brillante, de una elocuencia singular: Bernardo de Claraval. El y un grupo muy grande de sus parientes y amigos un día tocaron a las puertas del Císter y allá en el interior de la abadía, a través de los himnos, por medio de los cantos, dejando como olvidado el mundo, dirigen su mirada hacia el cielo para repetir también ellos lo que habían dicho las vírgenes, lo que habían dicho los mártires.

Estos santos monjes tomaron como estribillo, como canción de su alma "¡marana tha!" (véase Salmo 94), "ven, Señor Jesús", y soñaron en sus momentos de mayor amor que así vestidos con sus túnicas, con sus hábitos o sus cogullas y cantando estaban cumpliendo lo que dijo el evangelio de hoy" "siempre despiertos pidiendo fuerza para estar en pie ante el Hijo del hombre cuando regrese" (véase San Lucas 21,36). Y así en pie, taladrando la noche con sus cánticos, rompiendo las tinieblas con su esperanza estaban diciendo también ellos: "ven, Señor Jesús" y se miraban los unos a los otros y en sus ojos y en sus sonrisas se decían: "así va a ser el cielo, porque en el cielo ni ellos tomarán esposa ni ellas se casarán porque serán como los Ángeles".

Y esos monjes en Oriente y en Occidente quisieron ser más hermanos de los Ängeles que parientes de las bestias y familiarizarse con las instancias del cielo mientras esperaban que el cielo se hiciera presente, repetían: "¡marana tha!", "¡ven, Señor Jesús!".

Así podemos recorrer la historia, así podemos ver el testimonio de los ermitaños y de todos aquellos que perdieron tantas cosas. Cómo no recordar aquí a esa santa mujer, una mujer casada, Isabel de Hungría que "despilfarra" sus bienes; que todo lo regala a los pobres y que quiere perderlo todo. Decía en su lecho de muerte Santa Isabel de Hungría cuando le preguntaron qué había que hacer con sus bienes: "hace mucho tiempo que todo lo mío pertenece sólo a los pobres, guarden para mí sólo esta túnica con la que deseo ser sepultada".

Lo entregó todo y lo perdió todo porque tenía un tesoro en los cielos y porque estaba esperando, también ella, cuando desfallecían sus fuerzas, el retorno de Jesucristo; y también ella en su lecho de agonía decía: "¡ven, Señor Jesús!". Esa expresión, ese cántico que es el anhelo grande de la Iglesia. "¡ven, Señor Jesús!"

La novia que es la Iglesia, movida por el amor que es el Espíritu no sabe decir otra cosa, porque no conoce otras bodas ni espera otro matrimonio que la unión con Jesucristo.

Que Dios bendiga a todos los que inspirados por ese mismo Espíritu saben dejar de lado tantas cosas de esta tierra. Que Dios bendiga particularmente a las santas vírgenes, religiosas, consagradas de todas las latitudes, de todos los tiempos, porque cada virgen consagrada, cada religiosa que vive en santidad su vocación es como una imagen viva, es una palabra que bendice a este mundo, mientras repite: "nada me llena, nada me sacia, nada me basta; sólo Dios, sólo Dios Basta, sólo Dios, sólo Dios puede llenar mi corazón".

Indudablemente, cada una de estas santas mujeres, cada religiosa que vive en santidad su vocación y en amor está representando a la Iglesia entera y está convirtiéndose como en un eco de ese cántico que atraviesa los siglos y que seguiremos repítiendo, porque también nosotros seguramente llegaremos al final de nuestra vida; también nosotros tendremos que entregarle la antorcha a otros y a otras y tendremos que enseñarles el cántico.

Hay que enseñar no sólo la fe, hay que transmitir no sólo el amor, hay que incendiar este mundo de esperanza; hay que incendiar de esperanza los corazones de las aspirantes, de las postulantes, de las novicias, de las junioras; hay que incendiar de amor los corazones de todas las almas consagradas y hay que quemarlas; hay que convertirlas en hogueras de esperanza para que también ellas, con la mirada fija en el Cristo que ha de venir, entreguen todo, hasta la última gota de su sangre, hasta el último esfuerzo de su corazón para que quede claro quién es el Rey de los siglos, quién es el único que puede darle esa canción a la Iglesia que pereregrina en este mundo y que aguarda el abrazo y el beso final: las Bodas del Cordero.

Es decir, sean santas para Cristo.