O346001a
Fecha: 19981128
Título: El arbol de la vida.
Original en audio: 27 min. 35 seg.
Yo no sé qué será, si es el perfume del incienso, si es la belleza de los cantos, yo no sé qué será, si es la danza de la lluvia, o es el haber encontrado tantos amigos en un sólo día.
El hecho es que mi corazón se siente jubiloso en esta celebración eucarística. Me siento feliz, me siento sumamente feliz, me parece grandioso que existan sacerdotes.
Es que no hemos meditado en lo que significa esto. Que Dios toma a un ser humano, sabiendo lo que somos los seres humanos, conociéndonos hasta el fondo del alma; que Dios tome a un ser humano, a un hombre frágil, y le mire con amor y con misericordia, lo sane y lo levante, lo instruya y luego le haga partícipe de su amor, de su misericordia y de su propia potestad, ¿para qué? Para que dirija la Palabra, para que cuide a los hermanos, y lo que parece un absurdo y una locura de amor, para que tenga también poder sobre el propio Cuerpo de Jesucristo confeccionando el sacramento de la Eucaristía.
No podía Dios manifestar de una manera más completa su amor. Bendita vocación la nuestra, indignos somos indudablemente, pero eso no debe ser obstáculo, no debe ser motivo de que nos entristezcamos, sino motivo de que nos alegremos en Él, porque nosotros por nosotros mismos nada somos, pobres pecadores.
Estoy aquí reunido con mis hermanos en el sacerdocio; está el diácono, están nuestros acólitos, están los hermanos que caminan hacia la consagración a Dios, están las hermanas que jubilosas le prestan sus voces al Espíritu Santo; y más allá alcanzo a ver aquellas amigas que hacen de todo su cuerpo una poesía de danza, una poesía ante nuestros ojos para que se enamoren de otro género de belleza.
Yo quiero felicitar con todo mi amor a las jóvenes que dándole un sí rotundo a Dios, hacen de su cuerpo un lenguaje del Espíritu Santo, ¡qué belleza! Muchas veces al mirar los periódicos las revistas, la televisión sentimos como pesar de ver que el cuerpo de la mujer se utiliza solamente para lenguaje de pecado. Pues no.
Estas danzarinas y tantas otras viviendo ante todo, porque lo más importante es con la vida, viviendo rectamente ante Dios y expresando su jubilosa alabanza, hacen que todo el pueblo, que somos nosotros, tenga un medio de expresarle a Dios la belleza que Él está creando.
¡Cómo es bella la Santa Misa! Esta imagen hermosamente adornada de Nuestra Señora la Virgen María tiene también su lugar aquí, porque nos está recordando que la Misa no sólo nos reúne a nosotros, todos los bautizados, mira qué belleza: solteros, casados, atribulados, felices, enfermos, alentados, niños, ancianos, sacerdotes, laicos y religiosos; la Eucaristía no sólo nos reúne a todos nosotros como pueblo de Dios.
Si nosotros tuviéramos los ojos de Dios, si pudieras, Señor, abrir así nuestros ojos, descubriríamos que a cada Eucaristía asiste la Santísima Virgen María, Ella está ahí, siempre ahí, siempre cerca de Jesús, bendiciendo a Jesús, alabando a Jesús; está Ella y están todos los santos y estan los Ángeles.
Por eso, cuando llega el momento del prefacio en la Santa Misa, nosotros los sacerdotes tenemos de la Iglesia el encargo de decir: "Y por eso, Señor, te alabamos con tus Ángeles, con tus santos". Y no es que en ese momento solamente estén presentes los Ángeles.
Si nosotros pudiéramos ver los Santos Ángeles cuando el sacerdote levanta la Hostia consagrada, como haremos ahora, bendito sea Dios, veríamos centenartes de miles de millones de Ángeles arrobados en adoración, arrobados en éxtasis, adorando con todas sus fuerzas al Hijo de Dios.¡Qué bella, qué linda es la Misa! ¡Qué hermosa es!
Pertenezco a una comunidad religiosa, los Frailes Dominicos, que tiene como nombre oficial de la Iglesia: Orden de Predicadores.
Quiero contarles, amigos, que en nuestras leyes de los Frailes Predicadores, comunidad a la que yo pertenezco, tiene un nombre muy semejante a los predicadores de Cristo y María que son, por bondad de Dios, los impulsores de este hermoso evento, tenemos un librito de Constituciones, digamos así como la legislación básica, las leyes básicas de nuestro modo de vida y ahí hay una expresión que a mí me ha parecido tan hermosa y que quiero compartir con ustedes.
Ahí se dice: "que el fraile predicador -lo que yo soy en este momento por misericordia de Dios- debe, con su predicación, con su palabra, hacer que la fe nazca, se robustezca, se alimente y se exprese en los sacramentos de la fe". ¡Qué belleza!
Ese es el papel de todo sacerdote y particularmente, pues, en este caso les estoy hablando de esta comunidad, "hacer que la fe nazca, se robustezca y luego se alimente y se exprese en los sacramentos de la fe". Esas eran las primeras enseñanzas que quería compartir con ustedes en este momento: la alegría, el gozo de celebrar la Santa Misa, de vivirla, de gozarla, por qué no, gocémonos la Santa Misa. Es una belleza.
Segundo punto: vamos a dirigir nuestra atención a las lecturas de este día.
Cuando me invitaron a esta predicación, cosa que agradezco mucho, yo les pedía expresamente, les dije: "Aunque vamos a celebrar el sábado por la noche, y aunque los sábados por la noche se acostumbra ya celebrar de domingo, yo les pedí, por favor, vamos a celebrar la Misa del sábado, no la del domingo, porque esta Misa de hoy, la que estamos celebrando, es muy especial".
Y ese es el segundo mensaje que quiero compartir con ustedes, ¿por qué será? Porque resulta, mira cómo es lindo Dios que nos permite reunirnos en un día especial, en este día está culminando lo que se llama el tiempo litúrgico.
Nosotros nos hemos dado cuenta de que cada día se celebra la Navidad, se celebra la Pascua, se celebra Pentecostés; el año litúrgico es el recorrido que la Iglesia Católica hace por todo el calendario, por todo el año, como mostrándonos las riquezas de los misterios de Jesucristo.
Algo parecido a lo que sucede, por ejemplo, con una escultura lindísima como esa Virgen. Cuando tú te encuentras con una escultura bellísima, tú no la alcanzas a apreciar, no la alcanzas a alabar suficientemente mirándola sólo por un ángulo; tú la miras por aquí, luego miras por acá, luego miras por aquí, le encuentras todos los ángulos. Y no sólo las esculturas.
Si uno mira por ejemplo, los enamorados, esos se miran y se embelesan, y los ojitos, la naricita, la boquita, el pelito, todo les parece tierno y bello; y se miran de muchas maneras como queriendo grabar en la memoria cada ángulo. Eso es lo que hace la Iglesia.
La Iglesia es una novia enamorada que contempla a Jesucristo, que se goza en Jesucristo y que mira a Jesucristo por todos los ángulos.
Entonces lo mira por aquí y lo ve como ese Niño pequeñito que ya casi está cerca, ahora es la Navidad, uno mira a Jesús en la Navidad y uno siente, si tiene corazón humano, si no se lo han reemplazado por un corazón de pollo, uno mira a ese Niño en ese pesebre, aterido de frío, rodeado sólo del casto amor de María y José, y uno siente que el alma se le derrite por dentro, y a uno le provoca comerse a besos a ese Niño, y uno dice: "¿Por qué tanto amor? ¿Qué es esa belleza? ¿Qué es este Niño? ¿Qué es este Tesoro?"
Pero luego pasa el tiempo, viene el año litúrgico y en otro momento contemplamos a Jesús solo, solo en el desierto, orando, combatiendo con Satanás, venciéndole, y descubrimos en Jesucristo nuestra victoria.
Sigue viendo en tu corazón ese Niño tierno que provoca comerse, sigue viendo ese Niño delicado, pero ahora le encontramos con la inocencia del niño y con la fortaleza del joven. Y luego, a lo largo del año, vamos descubriendo a Jesús y le miramos algunas veces ante multitudes repartiendo los dones de Dios, multiplicando las sanaciones, expulsando los demonios.
Otras veces le encontramos atribulado, le encontramos oprimido, le encontramos rodeado de sus enemigos; otras veces le encontramos en dulce diálogo con sus discípulos; otras veces con su voz robusta enviando a sus Apóstoles: "Id, id y predicad" (véase San Marcos 16,15).
Este Jesús es tan grande que no cabe en un sólo día, que no cabe en una sola hora, que necesita por lo menos un año para darle una vueltecita completa, y esa vueltecita completa es la que estamos terminando hoy; es decir, este es el sábado de la semana número treinta y cuatro del Tiempo Ordinario.
Me haría muy largo en explicar del Tiempo Ordinario, pero para eso ustedes tienen predicadores aquí, díganles: "Explíqueme la liturgia", "quiero saber de Jesús", "hábleme de Cristo"; pregúntenles, acósenlos, ellos tienen muchas cosas qué enseñar, yo no puedo darlo todo en este momento, ni más faltaba.
El hecho es que este sábado de la semana treinta y cuatro del Timpo Ordinario es el final del año litúrgico, es decir, hoy le hemos dado otra vuelta al misterio de Cristo, y mañana será el primer domingo de Adviento. Empieza el Adviento, un tiempo preciosopra aprender a esperar y para anhelar el retorno de Jesucristo.
Esa es la segunda enseñanza que quería compartir con ustedes para que nos enamoremos no sólo de la Santa Misa, sino también de la liturgia de la Iglesia.
Cómo es de linda la Iglesia. A veces uno cuando no conoce, yo creo que uno es aveces como muy altanero, ¿no? Y entonces uno dice: "¡Ah, es que en la Misa siempre repitiendo lo mismo! A veces es porque al sacerdote le hace falta como un poquito más de fuerza, como un poquito más de luz, pero otras veces es que nosotros vamos como muy distraidos a la Misa.
No, de ahora en adelante vamos a tener nuestra mirada muy despierta y nuestros oídos muy abiertos, porque ya sabemos que tenemos todo un año para darle una vuelta al misterio de Jesucristo.
Y por eso, como mañana es el primer domingo de Adviento, primer domingo de Adviento de 1999, ojo lo que estoy diciendo, ya el año litúrgico que empieza es 1999.
Usted está exactamente en la oportunidad maravillosa de empezar este nuevo año litúrgico con el ánimo convencido y generoso de que este año lo va a vivir a plenitud y va a darle toda la vuelta a ese misterio de Jesucristo, para que Jesús quede profundamente grabado en el alma enamorada que Dios creó para usted, este es nuestro propósito: vivir el año litúrgico; vamos a vivirlo a fondo.
¿Y de qué nos han hablado las lecturas de hoy? La primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis, nos habla de un río de agua viva. Ya en este día me he acordadao una cantidad de veces de la mujer samaritana, por muchas razones. Tú te acuerdas, la samaritana que iba al pozo a a sacar agua y Jesús le dice que él tiene otra agua, y explica Jesús: "El que bebe esta agua del pozo -ese pozo de Jacob, a la salida de Siquem- el que bebe de esta agua vuelve a tener sed" (véase San Juan 4,12 ).
Y dice Jesús: "Pero el que beba del agua que yo le de jamás tendrá sed" (véase San juan 4,14). ¡Qué es esta belleza! Esa agua que llega a nosotros llena de vida, llena de su frescor, llena de su gracia, y hace en nosotros un surtidor, y dice Jesús que ese surtidor "salta hasta la vida eterna" (véase San Juan 4,14).
Esa es el agua viva que el libro del Apocalipsis nos ha invitado a contemplar, y no sólo en un surtidorcito, sino en todo un torrente. Estamos invitados por la Palabra de Dios a caminar, a avanzar, a seguir hasta llegar a ese torrente, el torrente de agua que viva.
Pero ahí no paran las maravillas. Se nos habló también de que había árboles de vida. Tú que amas la Palabra de Dios, seguramente te habrás acordado que en el primer Libro de la Biblia, es decir, en el Génesis, se nos habló del árbol de la vida y en el último libro que es el Apocalipsis, la lectura que escuchamos hoy, se nos vuelve a hablar de árbol de la vida.
Ahora mira esto que te quiero compartir: el pecado de nuestros primeros padres es descrito en el Génesis de esta manera: existía un árbol que era el árbol de la ciencia del bien y del mal, y existía otro árbol que era el árbol de la vida. Nuestros primeros padres, a los que les damos el nombre tradicional de Adán y Eva, comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal.
Los estudiosos de la Sagrada Escritura interpretaron este acto ¿cómo qué? Este acto quiere decir que ellos pretendieron con altanería y soberbia, marginándose, separándose de Dios, determinar por sí mismos qué era lo bueno y qué era lo malo.
Y cuando el ser humano pretende resolver por sí mismo, sin atender a qué creatura, qué es lo bueno y qué es lo malo, en ese momento obra en contra de sí mismo, obra en contra de sus hermanos y obra en contra de Dios. Por eso el pecado de nuestros primeros padres les separó de Dios.
Usualmente nosotros creemos que lo que sigue en la Biblia fue algo así como que Dios se puso bravo; como cuando un niño organiza un juego y lo otros niños no le juegan al derecho y dice: "Entonces suspendamos este juego". Algunas veces creemos que Dios obró también así, como quien dice: Dios los tenía dentro del paraíso, pero como no se portaron bien, entonces Dios se puso bravo y dijo: "Váyanse de aquí y no juguemos más a esto".
Eso no es cierto, eso es una mala interpretación. Y en este día en que la Palabra de Dios nos habla otra vez del árbol de la vida, yo quiero compartir con ustedes una interpretación distinta para que no pensemos mal de Dios.
A ver, Dios dijo que quería sacarlos, los sacó del paraíso y no quiso que volvieran a ese paraíso, incluso puso querubines con espadas de fuego para que no retornaran al paraíso, ¿sería porque Dios estaba bravo simplemente? No, amigos, Dios no necesita desquitarse de nadie. El que todo lo puede, no tiene necesidad de desquitarse de nadie porque de nadie recibe nada que no tenga. No fue este el espíritu con el que Dios obró, esa no fue la intención, eso no fue lo que Él quiso.
Tú te acuerdas que Dios antes de sacarlos del paraíso los vistió, les puso unas pieles, nos cuenta el libro del Génesis. Dios no estaba bravo con ellos. El primero de los actos de misericordia, que seguido de miles de otros, haría un camino maravilloso que tiene su culminación en Jesucristo. Voy a tratar de explicarlo, ¡porque es tan profundo y tan grande!
Cuando Dios les dice que los saca del paraíso hace esta reflexión: "No sea que coman del árbol de la vida" (véase Génesis 3,22 ), y dice uno: ¿Y por qué Dios no quiso que comieran del árbol de la vida? Muy sencillo, porque el corazón humano estaba herido, estaba enfermo, estaba podrido, y cuando el corazón está enfermo, más vida, más años significa más desgracias.
De manera que cuando Dios no quiso que comieran del árbol de la vida es porque prolongar la vida, si no hay santidad, es prolongar desgracias. Ese no era el camino para salvarse.
Era necesario mostrarle a ese ser humano, golpear en la cabeza a la serpiente; era necesario limitar la soberbia del hombre, y por eso Dios quiso, oígame lo que le estoy diciendo, que hubiera muerte; Dios quiso la muerte como remedio para nuestra soberbia, como humillación de nuestra altanería, como una manera, la última y más extrema, pero también la más eficaz de recordarnos a todos que dependemos de El, que somos criaturas.
O sea que cuando Dios alejó a nuestros primeros padres del paraíso no estaba haciendo una bravuconada, no estaba desquitándose de ellos, lo que estaba haciendo Dios era librándolos de una cosa que hubiera sido peor que la muerte misma, porque una vida sin Dios, años y años, es un infierno.
De manera que Dios no quería que tuvieran infierno y por eso trajo la muerte como remedio para que el ser humano se humillara en su altanería y pidiera poco a poco volverse humillado hacia Dios. Qué plan tan maravillosos, qué ternura de Dios que supo incluso de nuestra propia desgracia, empezar a construir el camino hacia la gracia.
Pero hoy las cosas han cambiado. En esta lectura maravillosa de este día, mira lo que se nos ha dicho: "El Ángel del Señor me mostró el río de agua viva luciente como el cristal. A mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados, crecía un árbol de la vida" (véase Apocalipsis 22,1-2).
Volvió el árbol de la vida, ¿por qué? Porque los que van a llegar, los que lleguen a esa Jerusalén, los que puedan contemplar ese torrente como cristal, los que puedan ver esa ciudad de oro puro, los que lleguen y vean los ojos de Cristo, los que gocen e la amistad y la compañía de todos los santos, esos estarán para siempre reconciliados con El.
Y para ellos la vida, la vida infinita, la vida inacabable, la vida eterna es la prolongación de la Misa, ¿te das cuenta? Lo que hubiera sido una desgracia en el Génesis ahora es una gracia en el Apocalipsis. Y esta es una promesa lindísima, Dios te está invitando a que te animes, a que te prepares.
Decía San Agustín, el gran Obispo, Predicador, doctor de la Iglesia, que es necesario aprender a pedir para aprender a desear. Y dice Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo, en el cielo va a estar más cerca de Dios, ¿quién? ¿El que tenga más títulos? ¿El que tenga más estudios? ¿el que sea sacerdote? Nada de eso importa allá. Estará más cerqiuita de Dios, gozará más de Él, le contemplará más alta y profundamente, ¿quién? El que tenga más amor y el amor crece con el deseo de encontrarse con el Amado.
Por eso estas lecturas benditas como la de hoy del Apocalipsis, nos invitan a que nosotros crezcamos en el deseo de llegar allá, en el deseo de contemplar ese torrente y ver esos árboles que dan fruto y alimentarnos de esa vida que no acaba, y contemplar esa Jerusalén reluciente como una perla, y llegar, llegar a ese día y ver con nuestros propios ojos a los Ángeles y a los santos, y por encima de todos, el Rostro maravilloso de Papá Dios.
Eso es lo que nos espera, mis hermanos, para eso fuimos creados y por eso Jesús, nuestro bendito Salvador nos advierte en la lectura del evangelio: "¡Ay, tened cuidado, no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida" (véase San Lucas 21,34-35). Hay, sabiendo que estás preparado, que estás hecho para esas maravillas de amor, hay una casa para ti, hermano, hay un lugar para ti en los cielos.
¿Qué te dice Jesús? El evangelio de Juan nos lo cuenta: "Me voy a prepararos un lugar" (véase San Juan 14,2). Jesús te está preparando la pieza, Jesús te está preparando la habitación en los cielos, Jesús tiene para ti una morada eterna en el cielo, no se la dejes preparada, es para ti, no te embotes en el vicio, la bebida y los agobios de la vida; hay una morada para ti en los cielos.
Vamos a recibirle esta invitación a Jesucristo: "No se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida" (véase San Lucas 21,34-35), "estad siempre despiertos" (véase San Lucas 36), dice Jesús; "siempre despiertos" (véase San Lucas 21,36), ¿y por qué nos dice esto? ¿Acaso para producirnos miedo? No. Él dijo que venía con manso y humilde corazón hasta nosotros.
Jesús no nos habla así para producirnos miedo, sino para producirnos amor; Jesús habla así para que nosotros sepamos que lo que está preparado es tan grande, es tan bello, es como el que tiene una fiesta maravillosa, un banquete espléndido y le dice a sus amigos: "No se lo pierdan, por favor, lo preparé con amor; por favor, no se lo pierdan".
Y yo les digo a ustedes, mis hermanos, esta noche: no se pierdan, no se vayan a perder el fantástico Banquete en el Reino de los cielos, no se lo pierdan, hermanos, no se lo pierdan; para eso fuimos creados, para eso nos hizo Dios.
A Él honor y alabanza por los siglos.
¡Gloria a Dios!