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Fecha: 19961129
Título: Dios tiene el dominio sobre el demonio
Original en audio: 14 min. 34 seg.
En la lectura que hemos escuchado del Apocalipsis se enuncia un número de verdades importantes de nuestra fe cristiana. En primer lugar, aquello que se dice del dominio que Dios tiene sobre la antigua Serpiente, el Diablo, Satanás.
Los pueblos vecinos a Israel miraban a los demonios con poderes semejantes a los de los dioses. Bien y mal eran comparables, y los pueblos del Extremo Oriente tenían el mismo pensamiento.
Por ejemplo, esa ruedita con una parte blanca y una parte negra que tiene así como una curva, la rueda del ying y el yang, que es propia de filosofías orientales, parece indicar eso, que siempre hay espacio para el bien y siempre hay espacio para el mal.
Esa misma rueda sirve para explicar muchas cosas, por ejemplo que siempre hay de lo masculino y de lo femenino, siempre hay algo que surge y algo que se apaga. Eso indica que para esos pensadores o filósofos u hombres religiosos, bien y mal son comparables; y en el terreno de lo que existe, el bien y el mal siempre se encuentran, están como mezclados.
Esa no es la fe judía, esa tampoco es la fe cristiana. No importa cuán poderoso pueda parecer el mal, a una orden de Dios, un Ángel, del cual ni si quiera es necesario decir el nombre, ata al demonio y lo recluye en el abismo.
El demonio puede ser fanfarrón, presuntuoso; puede ser ruidoso, pero le toca ser obediente, le toca obedecer, será lo que más detesta seguramente, pero le toca obedecer.
Y esto es propio de la fe en un único Creador. Es un único Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el que por su Palabra creó todas las cosas, y por eso ese único Dios tiene potestad inmediata, completa, total, en cada una de sus criaturas.
Sin embargo a cada una la guía, la conduce, la dirige, de acuerdo con el ser que el mismo le ha dado.
Esta enseñanza es importante para no espantarnos estérilmente frente al avance del mal, porque esos espantos y esos escándalos son como principios de alabanza al demonio.
El mismo libro del Apocalipsis lo cuenta, cómo cuando hacía sus fechorías esta serpiente, junto con sus secuaces en la tierra, cuando hacía sus fechorías, la gente decía: "¿Pero quién puede hacer obras como las que hace la serpiente, como las que hace el demonio?"
De manera que escandalizarnos por el mal, sea el mal que hay en el mundo, el mal que hay en nuestro corazón, el mal que hay en nuestra familia o en nuestra comunidad es estéril y es incluso peligroso porque fácilmente se convierte en un principio de alabanza al poder de las tinieblas.
Más bien, debemos admirarnos de que en una sociedad herida y en un corazón frágil y en una comunidad hecha de personas pecadoras, Dios traiga semillas de bien y vaya sacando poco a poco la historia de la conversión.
Por otro lado, es misterioso el asunto de los mil años. Cuando se iba cumpliendo el primer milenio, después del Nacimiento de Cristo, hubo gente que aterrorizada pensaba que estaba en pie, que estaba a las puertas el cumplimiento de todo esto que se cuenta en el Apocalipsis.
Y ahora como estamos próximos al inicio del tercer milenio, pues también hay personas que les va entrando, por decirlo así, ese nuevo milenarismo y se van llenando como de un cierto pánico.
Esa cifra “mil” Apocalipsis 20,3 que aparece aquí causa un poco de desconcierto. No hay acuerdo entre los exégetas sobre la manera de interpretar este texto de los mil años.
Parece que lo que podemos afirmar como seguro es esto: que aunque el Reino de Dios en su plenitud sólo podrá ser instaurado cuando se haya realizado el juicio del que se nos habla precisamente en el texto de hoy, y cuando Cristo haya puesto a todos sus enemigos por escabel de sus pies y el último enemigo vencido, la muerte, haya sido recluido en el lago de fuego, aunque sólo eso puede llamarse realmente Reino de Dios, parece cierto que ese Reino de Dios tiene una cierta anticipación.
Porque si se miran, ese periodo de mil años con el diablo encadenado, son como una etapa en la que el Reino de Dios alcanza a asomarse, alcanza como a aparecerse, alcanza como a despuntar.
Esto quiere decir que nosotros tendremos como una especie de sacramento del Reino de Dios, como una primicia del reinado de Dios, porque durante ese tiempo el mal, de alguna manera frenado o detenido, no podrá hacer, no podrá desplegar su poder tenebroso.
Sin embargo fíjate lo que se nos dice. Dice aquí que "la serpiente fue arrojada al abismo para que no pueda extraviar a las naciones" Apocalipsis 20,3, pero esto no significa que haya desaparecido por completo la maldad durante ese tiempo.
Cuando Santo Tomás se pregunta por las causas del mal, habla no solo del demonio como causa del mal. El demonio es una causa externa del mal en la medida en que intenta seducir. Pero hay causas internas en los corazones acostumbrados al pecado.
De manera que parece que sería un error interpretar ese período de mil años como una etapa, así la cifra “mil” Apocalipsis 20,3 se llame simbólica, como una etapa en la que no hay pecado, como una etapa en la que hay completa paz y acogida a la Palabra de Dios. Esto parece excesivo.
El dato de la Escritura como que es mucho más discreto. Lo que quiere decir es que el demonio como tal no podrá desplegar todo su poder en algún momento de la historia, y que durante ese tiempo tendremos como un sacramento de lo que es el Reino de Dios.
El mal no desaparecerá porque el ser humano como tal, con sus inclinaciones, concupiscencias, iras, envidias, y no todas vienen directamente del demonio, el ser humano como tal también es causa de mal. Pero tendremos como una imagen de lo que ese el Reino de Dios.
Precisamente por esta consideración de que el demonio no es la única causa del mal, sino que en el corazón humano también hay inclinaciones perversas y egoístas que vienen del deleite que tiene en las obras malas que realiza; por ejemplo, la persona que se deleita en la gula o en la lujuria, no necesariamente tiene que tener a un demonio que le esté instigando a eso.
Hay una cierta dulzura, hay un cierto placer en ese género de pecados y ese género de placer es capaz de encadenar al corazón humano. Si esto lo tenemos claro, pues viene a resultar que ese tiempo de mil años no es necesariamente un tiempo sin pecado, pero sí es un tiempo donde hay una cierta coacción sobre el demonio, que no puede ejercer la obra que quisiera.
Por esta consideración, digo, hay teólogos que han pensado en que probablemente ese tiempo de mil años y esa situación del demonio encadenado no es algo que va a suceder por allá, no sabemos en qué momento, sino quizá es algo que se refiere a lo que ya está sucediendo.
A ver, nosotros estamos tan acostumbrados a hablar mal del tiempo en que vivimos y a decir que las cosas están terribles, terribles y terribles; estamos tan acostumbrados a denigrar de nuestro tiempo que probablemente nos extrañe esta comparación, pero quizá no sea tan de extrañarse.
Quizá en la Iglesia por ejemplo, es una de las interpretaciones, quizá en la Iglesia como tal, a pesar de todas sus heridas y de toda su humanidad, quizá en la Iglesia es donde se llegue a cumplir este texto.
No tenemos completa certeza, la cosa se convierte en un poco discutida y discutible, pero creo que con estas palabras alguna claridad quizá logramos sobre lo que nos está diciendo el Libro Santo.
"Vi un trono grande y blanco" Apocalipsis 20,11 y se nos presenta la enseñanza fundamental: cada uno es juzgado por sus obras. Lo importante de ese juicio es que es ante todo el juicio de sus cabecillas. Cada persona es juzgada por sus obras, pero los cabecillas, las cabezas intelectuales de la maldad, es decir, muerte y abismo, son juzgadas también.
Bueno, uno podría preguntarse por qué no aparece ahí ningún juicio del demonio. La muerte es juzgada y el abismo también. Ya cumplieron con su oficio, también tuvieron que hacerle caso a Dios.
Cumplido su oficio son juzgadas, y muerte y abismo van al lago de fuego que es la segunda muerte. Es decir, aquello que tenía poder sobre el corazón humano y que con su vértigo les llevaba a alejarse de Dios o a desconfiar de Él, también es juzgado.
El demonio no es juzgado porque ya lo fue, en el capítulo tercero del libro del Génesis, la serpiente ya fue juzgada.
La única, que yo recuerde, la única maldición salida de Dios para una criatura y puesta expresamente y no como condicional en toda la Sagrada Escritura, está en el capítulo 3 del Génesis, cuando Dios dice directamente a esa criatura: "Maldita seas" Génesis 3,14 y la obliga a perder frente a la estirpe de la mujer, la obliga a ser vencida.
Ya está juzgada, y de esa palabra no tiene que retractarse ni se ha retractado Dios. Por eso no aparece juicio alguno sobre el demonio ahí.
Aparecen sí juzgadas la muerte y el abismo. Concluido el juicio que era ante todo juicio de las raíces y principios del mal, puede hacer su plena aparición ya no como en sacramento, ya no como en primicias sino en plenitud, la vida y la voluntad de Dios en la ciudad santa de la Nueva Jerusalén.
Son acontecimientos grandiosos, acontecimientos magníficos. Cuando uno los cuenta así, casi siente que estuviera narrando una gran película: "y entonces sucederá..., y luego vendrá..."
Lo maravilloso y profundo es que no es una película, no es una historieta, aunque necesariamente tenemos que utilizar un lenguaje de símbolos, lo que aquí se nos cuenta es tan real como lo que ya sucedió: que Cristo verdaderamente murió y que verdaderamente resucitó para nuestra salvación.