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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19961128

Título: ¿Cual es el amor que circula por las calles de nuestro corazon?

Original en audio: 7 min. 43 seg.


El texto que hemos escuchado del Apocalipsis, en cierto sentido, es esa hora que llega para los gentiles.

Por eso las lecturas que nos ofrece la Iglesia en este día, nos presentan como dos grandes catástrofes, el hundimiento de dos grandes orgullos: todo el orgullo judío, que se hunde en esa Jerusalén sitiada y pisoteada; y todo el orgullo de todos los pueblos, que se hunde en esa Babilonia convertida en morada de demonios y pájaros inmundos.

Se trata, entonces, del hundimiento de lo que San Agustín llamaba la Civittas Terrena, la Ciudad Terrena. Porque, como recordamos seguramente, en su obra "La Ciudad de Dios", Agustín dice que hay dos amores y cada amor edifica lo suyo.

El amor a la creaturas, de espaldas a Dios, edificó una ciudad para este mundo; y esa ciudad, llena de orgullo y vacía de fe, termina hundiéndose, ya se llame Jerusalén o Babilonia.

Pero hay otro amor que es el amor del Creador más allá de las creaturas, y ese amor va edificando otra ciudad, la Ciudad de Dios. Esta ciudad que se corresponde con la Jerusalén Celeste, tiene su misterio y humilde comienzo en el corazón de los creyentes; por ahora no la vemos aparecer.

Cristo nos advierte que no debemos decir: "Está aquí" o "está allá" San Lucas 17,23; no podemos dar la dirección, no podemos situarla en un mapa y decir: "Aquí está la Ciudad de Dios".

Y sin embargo, como dice la Sagrada Escritura, esa es la ciudad de sólidos cimientos, esa es la ciudad que no necesita santuario, esa es la ciudad que no requiere lámpara, esa es la ciudad, morada de Dios, que, bella como una perla, hermosa como una novia, está preparada por el mismo Dios para vivir y para ser morada de vivientes por los siglos.

Las lecturas, entonces, nos invitan por una parte a ser humildes intercesores en favor de la humanidad. Porque es verdad que las brujerías y supersticiones, es verdad que las idolatrías y los engaños se propagan, y es verdad que multitudes de hermanos nuestros se embriagan con mentiras. Y así, ebrios de iniquidades, se apartan de Dios y llegan a insultar su Nombre.

Por eso estas lecturas nos invitan a ser humildes y solidarios y amorosos intercesores de una humanidad que sigue echándole pisos a Babilonia, sin caer en la cuenta de que su cimiento es frágil y está ya agrietado, porque no tiene piedra angular, porque no tiene en qué apoyarse, porque peor aun que Babel, se precipita no sólo para la dispersión, sino para la ruina completa de las gentes.

En otro sentido, estas lecturas, siguiendo la interpretación de Agustín, nos invitan a revisar el propio corazón: "¿Cuál es el amor y cuál es la edificación que hay en mí? ¿Qué es lo que yo estoy construyendo? ¿Qué es lo que se levanta en mí? ¿Y qué quedará de cuanto yo digo, pienso, hago?"

Cada uno piense qué está edificando, cada uno piense si es el amor de Dios el que le da sólidos cimientos a su existencia. Porque toda vida, toda palabra, todo pensamiento será pasado por el fuego. Y es necesario que con los ojos atentos y despiertos, con el corazón vigilante y despabilado, esperemos esa última y decisiva visita de Dios.

Hay que saber qué es lo que se está haciendo, qué es lo que buscamos en nuestros amigos, qué es lo que buscamos en nuestros proyectos, qué es lo que buscamos cuando nos quejamos o reímos, en qué se cansan nuestras manos, de qué se fatiga nuestra voz.

Es grave dormirse algún día con el cansancio de haber trabajado en vano. Uno tiene que preguntarse, especialmente cuando llega el cansancio, en qué ha agotado sus fuerzas.

Hay que revisar, entonces, como en un continuo examen de conciencia, cuál es el amor que circula por las calles el corazón. Porque también el corazón es como una pequeña ciudad, en la que puede estar o no estar, en la que puede reinar o no, Dios nuestro Padre y su Hijo Jesucristo.

Pidamos y supliquemos de Dios el verdadero y sólido cimiento. Aquello que pueda pasar por el amor de la Cruz, aquello que pueda ser alimentado por el amor de la Eucaristía, aquello que pueda ser iluminado por el amor de la Palabra, es lo único que permanecerá; lo demás, junto con esta Jerusalén sitiada y junto con esa Babilonia que se hunde, se perderá por los siglos.