O342004a
Fecha: 20021126
Título: Solo permanece lo que este apoyado en el poder, en el amor y en el nombre de Jesucristo
Original en audio: 11 min. 50 seg.
Hagamos una reflexión sobre el tempo de Jerusalén. Era el gran orgullo de los judíos en el tiempo de Jesús y las expresiones que utilizan los discípulos del Señor, hablando de la calidad de la piedra y de los adornos, son una expresión de ese orgullo.
Pero el orgullo parece que no le gusta mucho a Dios, sobre todo cuando las obras han sido hechas por motivos que pueden ser oscuros y torcidos.
¿Cuál es la historia de ese templo? La cosa empezó allá en tiempos del rey David. El rey David tuvo la iniciativa de hacer un templo y se iba disponer a hacerlo, pero Dios le habló por medio del profeta Natán y le dijo: "No eres tú, sino va a ser tu hijo el que haga ese templo".
Y le dio esta razón: "Tú has derramado mucha sangre", porque David fue un combatiente y había derramado mucha sangre, y el templo es el lugar donde se derrama sangre, pero sangre de ofrenda, sangre de sacrificio, no sangre de codicia ni de búsqueda de victorias humanas.
El templo lo hizo entonces Salomón. Ese fue el primer templo. Pero ese templo lo arrasaron los caldeos cuando invadieron a Judá, y se acabó.
Entonces Dios anunció que venía otro templo. Eso aparece en el profeta Ezequiel. Habló de cómo iba a ser ese nuevo templo, y la gente tenía ese recuerdo, que había habido un gran Templo, que lo habían destruido, y que Dios anunciaba un nuevo templo.
Pero ese templo nuevo que Dios anunciaba era el templo que iba a estar libre de idolatrías. Porque Ezequiel, que además de profeta era sacerdote, le dolía en el alma ver que en los corredores internos del Templo de Jerusalén, los sacerdotes mismos ofrecían incienso y presentaban ofrendas a los ídolos, los mismos sacerdotes.
Entonces Ezequiel suspiraba por un nuevo templo, un templo que fuera echura de Dios y que fuera según la mente de Dios y que fuera santo. Y así estaban las cosas. Entonces vino la época de Jesús. Sabemos que cuando nació Jesús estaba reinando un Herodes, ese se llamó Herodes el Grande.
Herodes el Grande era un rey que no dependía de David. Él estaba ahí por componendas políticas y él sabía que su origen era falso, él sabía que su reinado no era auténtico, entonces él quiso ganarse a la gente dándole gusto.
Entonces él tomó el gran sueño de la gente de aquella época, que era el nuevo templo, tomó ese gran sueño, y gastando muchísimo dinero en un tiempo de mucha pobreza, dinero que muchas veces le había sacado a los mismos pobres, empezó la construcción del gran templo de Jerusalén.
Y ese gran templo duraron haciéndolo cuarenta y seis años, nos dice el Evangelista Juan. O sea que una obra que empezó Herodes el Grande y que luego siguió su hijo también llamado Herodes.
Fueron cuarenta y seis años de manipular los sueños del pueblo y fueron cuarenta y seis años de utilizar la Palabra de Dios, sobre todo la palabra de Ezequiel, para buscarle una justificación a un reinado que era falso, porque Herodes no era verdadero rey, ni Dios lo había elegido como rey.
Entonces, como muchas veces la gente se deja engañar, cuando la gente miraba ese templo decía: "¡Ay, qué obra tan grande! ¡Qué obra tan bonita!" Pero Jesús tiene una mirada más penetrante, lo que Jesús veía era: "Esto esta hecho con dinero robado a los pobres, esto está hecho manipulando los sueños de los humildes, y esto está hecho torciendo la Palabra de Dios. ¡Ese era el templo!
El templo, para Jesús, era el gran monumento a las mentiras humanas cuando quieren suplantar la voluntad de Dios. El templo era un monumento a la traición contra Dios. Ese no es el templo que Dios anunció.
Por eso Jesús, como sabemos muy bien, tuvo un momento en el que ardiendo de ira, arrojó a los que vivían de ese negocio, porque ese era un negocio el templo, los sacó de ahí. Fue como un acto de purificación, un acto de mostrar patentemente todo ese tejido de mentiras que era el templo de Jerusalén.
Desde luego, esas actitudes de Jesús le costaron la vida. Porque sus principales enemigos estuvieron entre aquellos que vivían de esa mentira, entre aquellos que vivían de manipular ese sueño, y entre aquellos que vivían de utilizar las ofrendas o el dinero que se le había sacado a los pobres.
¿Qué nos queda a nosotros de esta historia? Hay una frase que me gusta recordar, una frase que dijeron muchas veces las Hermanas de la Presentación, en el año en que Juan Pablo II realizó la beatificación de la fundadora de ellas: la Madre Marie Poussepin.
Ese año las hermanas tomaron como un lema: "Las obras de los santos duran, lo que está hecho según la mente de Dios permanece". Lo que no está hecho según el querer de Dios, así lo adornemos, así utilicemos los mejores materiales, no dura, se cae, se acaba.
Abraham Lincoln decía: "Se puede engañar a una parte del pueblo todo el tiempo, se puede engañar a todo el pueblo durante un tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo".
La verdad termina por aparecer y eso es lo que Jesús ya ve. Jesús ve que esa mentira se va a acabar. Que Dios, obrando de ese modo misterioso que sabe hacer, lo que no quita la libertad humana; que Dios tenía que llevar a su tribunal esa mentira, tenía que pronunciar sentencia, y por eso, aún ese acto tan sencillo de poner una piedra sobre otra piedra, tenía que quitarse.
Frente a Dios ninguna mentira resiste. "No quedará piedra sobre piedra" San Lucas 21,6. Ninguna mentira resiste. Porque esas mentiras fueron amontonadas como piedras, y esas piedras fueron amontonadas como mentiras. Eso no resiste.
Esta es una semana para eso, para meditar en la vida que uno está llevando y para preguntarse de lo que uno está haciendo qué resiste.
Porque los seres humanos, así como hicimos ese templo de Jerusalén, somos capaces de amontonar muchas mentiras en nuestra vida. Uno va sumando unas mentiras con otras y se va llegando a cosas muy terribles.
Un testimonio que leía nuestro hermano de comunidad, el Padre Correa, hablando de un estudioso de la Biblia, un sacerdote muy respetable y muy respetado, escribía artículos para las revistas de máximo prestigio en la Iglesia Católica, pero en él el corazón hacía mucho rato estaba frío. Él Había perdido hace mucho tiempo la fe en el Dios vivo. Él vivía para su prestigio.
Y conoció este sacerdote a un grupo de estos, que se llaman los Neocatecumenales, que no tenían tal vez ni la centésima parte de los estudios que él tenía, y los oyó predicar, oyó como hablaban de la Biblia y supo que ellos tenían un Dios vivo.
Y este hombre, que llevaba tal vez como el templo de Jerusalén, cuarenta y seis años de amontonar prestigios, títulos, honores y cosas, se dio cuenta que su vida era una mentira, que lo suyo era un engaño y que tenía, con todos esos años y todos esos doctorados, tenía que convertirse a Jesucristo, convertirse a Jesucristo. Lo que no esté fundado en Dios, se acabará por más que parezca sólido.
En un tiempo en que los judíos no tenían ni tierra, ni honor, ni dinero, su único orgullo era ese Templo, y para ellos ese Templo era como la imagen de lo sólido, lo firme. No está fundado en Dios, se cae.
¿En qué cosas creemos nosotros? ¿Cuáles son nuestras rocas sólidas? Porque uno vive de muchas apariencias y uno sabe tejer unas mentiras con otras, y uno conoce matrimonios que llevan cuarenta años, cuarenta y seis años, como este matrimonio, como este templo; cuarenta y seis años y eran mentira, cuarenta y seis años de mentira, y ya dijimos el caso del sacerdote.
Y hay gobiernos que duran y duran y son mentira, y hay teorías sobre el afecto humano que se dicen y se dicen y se repiten y vuelven y se dicen y son mentira, pero Dios acabará con todas las mentiras.
Dios no dejará piedra sobre piedra y sólo lo que sea verdadero, sólo lo que esté apoyado en su Nombre, lo que esté apoyado en su amor, lo que esté apoyado en su poder, eso va a permanecer. Lo demás, lo demás se acabará.