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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20001125

Título: Mirar el cielo de un modo nuevo

Original en audio: 10 min. 46 seg.


Me parece que uno de los interrogantes de nuestro tiempo se puede sintetizar en la palabra sobrenatural, palabra que le dio título a aquella celebérrima obra del Padre De Lubac. Y palabra que sigue siendo interrogante, reto, puerta de escape, miedo, esperanza, muchas cosas.

Porque parece que lo sobrenatural, lejos de estar ajeno a nosotros, ni siquiera por encima de nosotros, lo llevamos como una herida o como un cimiento en lo profundo de nuestro corazón de seres humanos.

Precisamente la postura del Cardenal De Lubac hizo historia, podemos decir, en la teología del siglo XX, como comentábamos hace poco con el Padre Correa.

Efectivamente, la pregunta que estaba en discusión en aquella época era si es posible encontrar una plenitud humana, una felicidad humana, o como nosotros diríamos, una realización humana, si en principio es posible encontrar esa plenitud, al margen, no en contra, sino al margen de la revelación cristiana y particularmente de la revelación de la gracia y del Espíritu.

Y el Padre De Lubac sintió con un ardor profético, que había que responder con un vigoroso "no". Toda plenitud del ser humano supone una integración en la amistad personal, íntima que nos viene dada por la gracia.

Los que sostenían la posición contraria, en parte algunos tomistas criados en la nueva escolástica, querían destacar, por así decirlo, la autonomía de las condiciones naturales del ser humano.

Las facultades humanas tienen sus objetos propios en la creación, que también a su manera es infinita y por eso, impures naturalibus, es posible encontrar una felicidad humana.

Esta discusión, que así planteado parece recluída en los claustros de la teología, tiene una relación muy íntima con las lecturas de este final del año litúrgico, y una relación muy profunda con la búsqueda casi exasperada de algo espiritual, de algo sobrenatural, búsqueda en la que andan nuestros contemporáneos.

Yo creo que precisamente esta palabra, “sobrenatural”, reúne de modo impresionante problemas teológicos, problemas pastorales y el ambiente litúrgico y bíblico de este final del año litúrgico.

Porque efectivamente, lo que se muestra en estas lecturas apocalípticas es cómo las realidades que podríamos llamar celestiales, imprimen, dan un rostro particular, decisivo y definitivo a la vida de las personas.

El caso más dramático entre seres humanos, o relativo de los seres humanos, porque hay muchas intervenciones de Ángeles, está precisamente en la lectura de hoy.

Estos dos olivos, estos dos testigos son dos seres humanos modelados, podríamos decir, en el crisol, en la horma del cielo. ¿Quiénes son? La tradición ha dado distintas respuestas, algunos hablan de Pedro y Pablo; hay muchas respuestas, otros dicen que simplemente se alude a algunos.

Hay una interpretación muy bella que dice que estos dos olivos son como los dos modos del ser del cristiano en este mundo; es decir, según el sacramento del Orden o según el sacerdocio bautismal, algo así como la santidad del laico y del clérigo.

Pero aquí nos interesa sobre todo, no lo que les pueda diferenciar, porque el texto no los diferencia, sino más bien lo que les une, y lo que les une es que su vida está hecha, está modelada según la referencia de los cielos.

Es decir, su esperanza de cielo, su irreductible esperanza de cielo se convierte en un modo de vivir en la tierra, modo que alcanza la radicalidad del martirio, que produce el desconcierto entre las naciones y que finalmente encuentra la aprobación y el abrazo de Dios.

Que nos quede, pues, de esa primera lectura, esa enseñanza. La realidad de cielo, la llamada de cielo se convierte en un camino, en un modo de estar en la tierra, un camino que que finalmente es lenguaje inteligible, quizá rechazado, pero inteligible para los demás.

Y efectivamente, la santidad cristiana a lo largo de los siglos ha sido eso. Domingo, Tomás, Jacinto, Martín de Porres, Rosa de Lima, Catalina de Siena, han sido gente que obró como Moisés, según el Pentateuco.

Moisés hizo el santuario de la tierra mirando el santuario del cielo, así estos santos hicieron su corazón según el modelo del cielo, no para huir de la tierra, sino para encontrar un camino, que finalmente fue el camino que preparó la llegada del Hijo de Dios y su Pascua salvadora.

En el evangelio aparece, en otro registro, en otra tesitura, aparece una idea semejante. Los saduceos, la clase religiosa y política más establecida, la más amarrada a esta tierra, siente que el cielo es una amenaza.

Como es sabido de todos seguramente, los saduceos negaban espíritus, Ángeles, alma, resurrección, todo lo que tuviera que ver con levantarse un milímetro de las realidades de esta tierra, porque ellos habían logrado un equilibrio difícil, pero sumamente conveniente para ellos, con la clase dominante.

Eran los aliados de los herodianos, eran el engranaje fundamental que permitía al Imperio Romano permanecer en Palestina sin arrasarlo todo. Y de hecho, la historia mostró que cuando ese engranaje falló, pues los romanos entraron y despedazaron el Templo y lo que quedaba de aquella cultura judía.

Los saduceos eran conscientes de ese papel de puente que tenían, eran verdaderamente los pontífices, pero no por su vocación sacerdotal, porque ya no eran puentes hacia Dios, sino que eran puentes entre la realidad política de Palestina y el Imperio opresor.

Y desde esa realidad de puentes, sentían que cualquier predicación de cielo era una amenaza; de ellos surgió ese coro asustado el día de la Pasión de Cristo: “No tenemos más rey que el César” San Juan 19,15; "no nos podemos levantar de esta realidad terrena".

Desde esa perspectiva, le plantean esta burla que hemos escuchado en el evangelio: "¿Qué cielo puede haber ahí? ¿Cómo va a ser esa mujer casada con tantos hombres?" San Lucas 20,28-33.

Cristo toma el chiste, Cristo toma la burla y les presenta una realidad que los deja en silencio, que los deja sin respuesta, se trata de una participación en lo que Él mismo es: “Son como hijos de Dios” San Lucas 20,36; y en esta afirmación está retratándose Él mismo.

El llamado más profundo del ser humano está en Jesucristo, y el pontificado real, el que debían realizar estos sumos sacerdotes no es otro sino el que realiza el verdadero Sumo Sacerdote que es Cristo.

Y así, desde una realidad, llamémosla sobrenatural, desde una realidad celestial, Jesucristo quebranta toda la mentira de los saduceos; desde ese momento serán enemigos irreconciliables que no encontrarán otra salida sino eliminar a Jesucristo, cosa que finalmente hicieron.

¿Qué queda para nosotros de este recorrido teológico y bíblico? Yo creo que queda un llamado muy profundo de nuestro corazón, de nuestro pueblo sencillo, de la Palabra de Dios y de nuestra tradición dominicana, una llamada profunda a mirar de modo nuevo, sosegado, serio, amoroso el cielo.

El cielo como vocación irreductible, como vocación inquebrantable del corazón humano, el cielo como lo único que puede poner en orden las cosas de esta tierra.

Berdaget decía: “No es posible modificar las relaciones sociales mirando sólo a los otros hombres; necesitamos un modelo más alto, una inspiración más firme, una fuerza más grande”.

Y por eso, propugnó por una especie de anarquismo sumamente extraño, que lo recogió este movimiento de los "Catary Workers" en los Estados Unidos. Un movimiento de transformación social, desde la búsqueda de la santidad y desde la intimidad con Dios.

Yo creo que algo de eso tiene que ver con nuestro carisma y con nuestra presencia de predicadores, con nuestra presencia profética en este tiempo.-