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Fecha: 19961122
Título: El contraste que tiene la Palabra de Dios
Original en audio: 9 min. 41 seg.
Queridos Hermanos:
Las lecturas que la Iglesia nos ofrece hoy, la primera del Apocalipsis y la segunda del evangelio según San Lucas, nos presentan ese contraste entre dulzura y amargura, entre mansedumbre y violencia, entre sonrisa y disgusto, ese contraste, esa tensión que tiene el mensaje del Evangelio y que tiene en realidad la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios es dulce, y hemos repetido con el salmista: "Qué dulce al paladar tu promesa, Señor" Salmo 118,103, y sin embargo, a este vidente del Apocalipsis se le dice: "Cómete esta palabra dulce, pero todavía tienes que profetizar contra pueblos, contra razas, contra lenguas" Apocalipsis 10,10-11.
Es una palabra dulce, pero que trae como su amargura, luego es una dulzura que tiene su dulzor; es una palabra de profunda mansedumbre, pero de increíble fuerza; es una palabra de incalculable poder, pero de intensa humildad.
Algunas veces nosotros quisiéramos quedarnos sólo con la parte dulce del Evangelio, quedarnos con un Jesús bien tierno, cacheticolorado, largos cabellos, "sonrisa Pepsodent", mirada amable. A veces quisiéramos que ése fuera todo Jesús para nosotros y verle es así, y es mucho más dulce y es mucho más amoroso y mucho más tierno de lo que cabe en cualquier palabra humana.
Pero no es solamente así; hay veces que tiene que obrar con vigor para purificar un corazón, así como obró con vigor para purificar el templo, y tuvo que sacar casi a empellones a los vendedores y hacerles ver que a Dios no se le trata de cualquier manera.
Cuando uno ve a Jesús con esta fuerza, pronto puede preguntar: "¿Y dónde quedó la ternura? ¿Y dónde quedó la mansedumbre? ¿Y dónde quedó la humildad?" En realidad, la mansedumbre, la humildad y la ternura están siempre ahí, y eso se entenderá con un ejemplo.
Pensemos, por ejemplo, en una madre con su pequeño bebé. Ella es todo ternura, todo cariñitos y juegos con su pequeño bebé. Resulta que el bebé se pone a jugar en la sala de la casa y va a meter el dedo en un enchufe que tiene unos cables pelados.
La mamá, a tres metros de distancia, ve que el bebé está a punto de meter la manito en el enchufe que no tiene la pata sino que tiene unos cables pelados, ¿creen ustedes que esa mamá, viendo a su hijo en ese peligro, va a decir: "Cómo es de tierno mi bebé cuando juega con los cables, tan lindo que se ve mi muchachito electrocutado"?
La mamá grita y brinca y salta todo en un instante, todo en menos de un décimo de segundo, y si tiene que quebrar tres porcelanas y dos jarrones, lo hace; y si tiene que arrancar de un empujón al bebé de ese peligro, así lo hace.
¿Y qué tal que el bebé le dijera a la mamá: "¿Mamá, pero que pasó con los cariñitos y los besitos y las ternuras que tuviste conmigo?" La mamá diría: "Yo sigo teniendo esa ternura contigo, pero tengo que obrar con fuerza para separarte de lo que te hace daño".
La fuerza de Dios, la violencia que parece tener Cristo en este evangelio, no es una violencia contra esos vendedores, sino contra esas ventas.
Cuando Dios parece obrar como si estuviera bravo con nosotros, cuando dios parece obrar como con fuerza, desprendiéndonos de aquello que no nos sirve o no nos conviene, no es que se haya puesto bravo, ni que se esté desquitando de algo, Dios no tiene que desquitarse de nada; Él, que todo lo posee, todo el conocimiento, todo el universo, toda la alegría, toda la luz, toda la paciencia, Él qué va a desquitarse de nada de lo nuestro.
Si obra a veces con vigor, con fuerza en nuestra vida, purificándonos y separándonos de los que no nos conviene, es precisamente porque es tierno, porque es dulce.
El caso contrario también se da, es decir, también hay personas que sólo quisieran un Jesús drástico, un Dios drástico: "¿Cómo se les ocurre secuestrar o robar a un bebés? Dios debería ser drástico: ¡acabar con esa gente!" Y hay gente que está tan convencida de que Dios tiene tiene que ser drástico, que como no lo sienten suficientemente drástico, entonces le prestan sus armas a Dios, y entonces dicen:"Vamos a limpiar esta sociedad".
Y ahí viene la terrible,la temible ideología de la limpieza social: "Vamos a matar indigentes", o "vamos a matar homosexuales", "vamos a acabar con rateros o con depravados", o con lo que sea, "vamos a limpiar esta sociedad".
A veces queremos un Dios drástico, y llevados de nuestra drasticidad y de nuestro miedo, pretendemos que Dios tome esas mismas actitudes; pero se nos olvida que muchas veces, esa acción drástica que nosotros quisiéramos para Dios, no es sino el reflejo de nuestra cobardía, el reflejo de nuestro miedo y de nuestra incredulidad.
Es que tal vez creemos que Él no tendrá suficiente poder en sus manos, que la cosa se le está saliendo de las manos, y por eso le pedimos que sea drástico.
Como se ve, las lecturas de hoy nos invitan a que no nos quedemos con el Jesús tan dulce, tan amable, tan sonriente, que no nos ayuda en realidad a librarnos de nuestros vicios y males; pero tampoco nos quedemos en el Dios tan drástico, que en últimas sólo sirve como gurdaespaldas o de escolta a nuestra cobardía o a nuestra incredulidad.
Ni una ni otra cosa. Él es el veraz, es poderoso, pero es sabio también; es misericordioso, pero es omnipotente también. Y así, mirando todo lo que Él es y todo lo que ha hecho por nosotros, aprenderemos al mismo tiempo a respetarle y a amarle, las dos cosas son necesarias.
Pero entre las dos, tendrá siempre el primer lugar que le amemos, porque en ese amor está la fuente de todo lo que Él hace por nosotros, incluso de aquello que nos hace temerle.
Sigamos nuestra celebración, y con amor y con temor, porque hay que tener temor de Dios y amor de Dios, y con amor y con temor acerquémonos al Santo Sacramento, y al recibir a Cristo, recibámoslo como Rey victorioso, para que en nuestra vida, en nuestro cuerpo, en nuestra historia, Él haga todo lo que vea que hay que hacer, quite lo que vea que hay que quitar.
Pésimo paciente sería el que le diera muchas instrucciones a su médico, él sabrá lo que tiene que quitarnos, él sabrá lo que tiene que darnos. Su pensamiento, su designio sobre nosotros es sólo amor.