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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20001122

Título: El extasis que lleva a la verdad interior

Original en audio: 11 min. 41 seg.


El libro de la Biblia en el que aparece con mayor frecuencia la palabra éxtasis, tal vez es este Libro del Apocalipsis que estamos leyendo y meditando al final del Año Litúrgico.

Un éxtasis, como lo indica su raíz griega, es una salida, es salir de sí mismo. A este vidente del Apocalipsis, Dios le concedió muchas veces esa gracia, por decirlo de algún modo, la gracia de levantarse de su situación presente y mirar un conjunto más amplio. O lo podemos decir de otra manera, percibir un horizonte, un nuevo horizonte.

En este sentido, todos necesitamos de ese género de éxtasis. Necesitamos levantarnos del momento presente y percibir en un nuevo horizonte, cómo muchas cosas de las que parecen despreciables, son en realidad importantes, así como muchas de las que parecen importantes, son poca cosa ante los ojos de Dios. Un éxtasis es una participación en la mirada de Dios.

Cuentan las crónicas, por ejemplo, de aquellos niños en las visiones de Fátima. Los niños tuvieron varios éxtasis. Algunos de esos éxtasis eran para mirar sobre la historia del mundo, y otros, -o por lo menos uno de ellos-, fue para que pudieran mirar hacia adentro.

Es algo como lo que sugiere la imagen que aparece en el Apocalipsis hoy, cuando se habla de esos extraños seres, "uno en forma de león, otro en forma de novillo, otro en forma de hombre y otro en forma de águila, que tenían ojos por fuera y por dentro" Apocalipsis 4,7-8.

Es una sobreabundancia de luz. Esa multitud de ojos no es para que hagamos una representación en nuestra imaginación de qué tipo de monstruo sería eso. Esa multiplicación de ojos es una multiplicación de luz. Es como un éxtasis permanente. El Cielo es como un éxtasis permanente.

Quiero destacar el éxtasis que lleva a la verdad interior. Esos seres que alegóricamente han sido vistos por la tradición católica como imagen de los Evangelistas, -Marcos sería el león, Mateo sería el torete, el novillo; Lucas, el hombre, y Juan, el águila-, esos seres tienen ojos por dentro.

Hay un éxtasis interior que les lleva como a reconocer la profundidad de la presencia de Dios también dentro de ellos.

Necesitamos ese éxtasis. San Bernardo de Claraval decía que toda la conversión y todo el camino de la santificación, especialmente para los consagrados, reside solamente en dos cosas: el reconocimiento de la propia necesidad, incluso miseria, y el reconocimiento de la infinita, de la inagotable y hermosa misericordia de Dios.

¡Ojos por fuera, para extasiarse ante la misericordia de Dios! ¡Ojos por dentro, para extrañarse, para confundirse de la miseria propia, y luego, para admirarse de la obra de la gracia en nosotros!

Cuando el Papa hizo su homilía al cumplir los ochenta años, dijo: "Me siento obligado, hay algo que me mueve por dentro a alabar a Dios. Es una obligación de mi corazón". En ese momento, el Papa, sobrecogido, con voz emocionada, le decía a esos seis mil o más sacerdotes que estaban concelebrando con él: "¡Me siento conmovido! ¡Hay una obra inmensa de la gracia!" ¡Ojos por dentro! ¡Ojos por fuera!

Los niños de Fátima tuvieron un éxtasis en esa visión interior, y eso fue definitivo. Como algunos no conocen detalles de esa historia, les voy a contar esto. Resulta que precisamente el Papa Juan Pablo beatificó a los dos niños que ya han muerto, que murieron a tempranísima edad.

Los dos niños que murieron a tempranísima edad ya fueron beatificados, Francisco y Jacinta. Mucha gente se preguntaba: "Pero, ¿qué hace el Papa beatificando unos niños?" Sucede que la experiencia ésta del éxtasis interior fue fundamental.

Mucha gente no sabe las torturas que padecieron esos niños. El gobierno que había en el lugar, el gobierno que tenía jurisdicción ahí donde acontecieron las apariciones, era un gobierno masón, un gobierno liberal, librepensador ateo. El alcalde, -no sé si es el nombre preciso del encargado; vamos a llamarlo así, el alcalde-, era un hombre rabiosamente cínico con las cosas de la Iglesia.

Y él creyó encontrar en esos chiquillos el plato fuerte para saciar su burla de la Iglesia. Los mandó encarcelar. Encarcelados los tres niños, entonces empezó a amenazarlos. Les dijo que ellos estaban locos, que cuál Virgen, que cuál aparición y que cuál Dios.

Como no lograba mayor cosa, porque los niños seguían diciendo que la Virgen sí se les había aparecido y que sí se trataba de un mensaje al que había que hacerle caso, entonces este alcalde, pasando del cinismo al sadismo, les dijo mirándoles a los ojos: "Si ustedes mañana no me han revelado el secreto de la Virgen, en esos calderos que ven ahí, voy a poner a calentar aceite y los voy a cocinar a ustedes".

Los niños rompieron en llanto de miedo ante esa tortura espantosa que se les venía encima. ¡Ocho, nueve, diez años de edad! Llorando y rezando en esa noche, llegaron a una conclusión: "Si nos tienen que hervir en aceite, que nos hiervan, pero no podemos traicionar lo que dijo la Señora, la Señora Virgen María".

¿De dónde surge esta virtud sobrenatural? ¿De dónde surge esta fuerza que pienso, cualquiera de nosotros reconoce como únicamente de origen divino? Surge de que ellos acababan de tener esa experiencia, ese éxtasis interior, y habían visto,-dicen ellos-, "cómo dentro de nosotros mismos, cómo a través de nosotros, pudimos ver quiénes éramos ante Dios". O sea que un éxtasis de ésos sí le cambia a uno la vida.

Nosotros, que somos tan mediocres, yo creo, -lo digo empezando por lo que puedo ver de mí sin éxtasis-, ¡cuánto necesitamos de estas experiencias espirituales! ¡Cuánto necesitamos de eso que nuestra Santa de Siena, Catalina, llamaba el verdadero conocimiento de sí mismo!

Es entrar verdaderamente en nosotros y hacerle caso a San León Magno, que le predicaba allá a la gente en San Juan de Letrán, al pueblo de Dios, y le decía: "¡Reconoce tu dignidad! Date cuenta de quién eres, en qué te has convertido desde que Cristo murió por ti".

Mas, estas palabras aporrean los oídos y no logran su efecto. Se necesita una gracia particular como la del Apocalipsis. Se necesita una gracia especial.

Teresa de Jesús, ya casi para concluir cuarenta años, recibió esa gracia especial. Ella lo cuenta en su autobiografía. Estaba por allá en alguno de los cuartos del monasterio, en alguno de esos depósitos, y se encontró con una antigua imagen que representaba a Cristo flagelado, a Cristo azotado.

¡Cuántas veces esta monja, -una monja mediocre, se describe ella-, cuántas veces esta monja había visto esa imagen! Como nos pasa a nosotros. ¡Cuántas veces vemos el altar la Hostia Consagrada, el Crucifijo, la iglesia, las profesiones y las ordenaciones! ¡Cuántas cosas ven nuestros ojos sin llegar a conmoverse!

Pero, ese día Dios la estaba esperando, Dios tenía una cita de amor con ella ahí, en ese rincón de ese depósito de la Sacristía. Y Teresa, que estaba como desprogramada, se encuentra con esa imagen al vivo de las Carnes rotas de Cristo, de su Sangre derramada, y dice de un modo tan descriptivo: "Sin que pudiera contenerme, una tras otra brotaban las lágrimas y empecé a darme cuenta de qué mal había agradecido yo tanto amor".

Ella pudo conmoverse por dentro, y de ahí en adelante se resolvió: "Mi vida no puede ser sino amor al Amor, no puede ser sino adoración a Jesucristo, no puede ser sino búsqueda de Él".

Utilizando su lenguaje, digamos: "¡Dejé de mano!", soltó, se deshizo, se liberó de muchas cosas y buscó, con todo su ardor de cristiana y de mujer, el amor de Jesucristo. Ahí emprendió vuelo, vuelo contemplativo, vuelo teológico, vuelo de santidad.

Yo le pido al Espíritu Santo que nos dé esa gracia a nosotros, que nos regale el verdadero conocimiento de nosotros mismos. Pienso que nuestra Provincia, ahora que vamos para este Consejo, este Consejo intermedio, -mañana ya nos toca estar por allá-, necesita muchas cosas, pero sobre todo, necesita unos dos o tres frailes que les pase esto.

Con unos dos o tres frailes que descubran a través de ese género de éxtasis, cuánto ama Dios esta bendita patria, esta hermosa Provincia, con dos o tres frailes que reciban esa gracia particular y que se enciendan a predicar como mandó Domingo, todos nosotros vamos a quedar admirados y vamos a decir como en el Evangelio: "Profeta ha venido entre nosotros" San Lucas 7,16.

Y seguramente, entonces, el carisma de la predicación va a renovarse con un esplendor que le hace falta y le hace bien a la Iglesia.