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El Evangelio de hoy se encuentra al comienzo del capítulo dieciocho de San Lucas. Es una invitación a la oración, una invitación a orar con perseverancia, una invitación a no desanimarnos. Y quisiera ofrecer, precisamente, una breve reflexión sobre esa consigna de Cristo: oren sin desanimarse (cf. Lc 18,1); es decir, quisiera que habláramos, un poco, sobre qué significa el desánimo. Para tener una base sólida, creo que es interesante relacionar el desánimo con las tres virtudes teologales: hay un desánimo, que proviene de falta de fe; hay un desánimo, que proviene de una fractura en la esperanza; y hay un desánimo, que surge por escasez de caridad, escasez de amor.

El primer caso, es el desánimo que viene por falta de fe. Es falta de fe, el pensar que los poderes de este mundo pueden suplantar, reemplazar o doblegar al poder de Dios; eso es falta de fe. Es falta de fe, buscar el consuelo en los ídolos de esta tierra, simplemente, porque la recompensa que esperaríamos por ser buenos, no llega pronto; eso es falta de fe. Tú tienes un pacto con Cristo, y según ese pacto, Él te ha prometido muchísimo más, pero muchísimo más de lo que nadie pudiera prometerte; si tú crees en su palabra, entonces, ¿por qué te contentas con otras cosas? Fíjate el caso de Judas Iscariote: a pesar de las magníficas predicaciones y promesas de Cristo, en un momento dado, a Judas le pareció mucho más concreto tener en su mano una bolsa de monedas; y precisamente porque dejó de creerle la palabra a Cristo, empezó a creerle a los enemigos de Cristo. Entonces, una parte del desánimo, es esa: cuando no creemos a fondo en las palabras de Cristo, entonces, no creemos que valga la pena ser fiel; cuando no creemos que el Evangelio tiene suficiente encanto, entonces, empezamos a hacer encantador el Evangelio, hacerlo simpático, como el que lo vende barato, como el que empieza a decir: “bueno, hagamos de cuenta que esto no es tan importante, este mandato, pues, se puede obviar; esta prohibición, pues, no era tan seria, tan seria”. Eso se llama falta de fe, eso es vender barato el Evangelio, porque no creemos a fondo que el Evangelio, con todas sus letras, con toda su fuerza, tenga también toda la belleza para cautivar los corazones.

Hay un desánimo que proviene de la falta de esperanza, la esperanza se agrieta. Debemos entender que nosotros hemos sido llamados a sembrar, hemos sido llamados a combatir; no necesariamente a ver la victoria en nuestros propios días. Pensemos en lo que han sido las vidas de los grandes misioneros y, sobre todo, dejémonos inspirar por los mártires: fíjate que una persona que sufre el martirio, es una persona que está viendo cómo todo está en contra suya, cómo todo se le vuelve en contra, y por eso una de las grandes virtudes de los mártires es la esperanza. Por eso dice la Carta a los Hebreos, que esas personas, los que fueron fieles a Dios, los que pusieron su confianza y su esperanza en Dios, eran gente de la que el mundo no era digno (cf. Heb 11,38), porque fueron capaces de esperar contra toda esperanza; es decir, contra las esperanzas parciales y las recompensas pasajeras, supieron poner su ancla más allá de la muerte, incluso. Las parábolas con como "fotografías" de la vida real en las que Cristo nos enseña a ver el llamado y el paso de Dios y de su Reino. Y por supuesto, es muy difícil mantener el ánimo si el amor está bajo, porque con un amor pequeñito, todo lo que nos haga el prójimo, nos va a doler demasiado, todo lo que nos haga el prójimo, nos parece dificilísimo, nos parece perverso, nos cuesta muchísimo; y abrumados por las imperfecciones del prójimo, pues, entonces, nos dejamos derrotar. Pidamos al Señor, que haga su obra plena en nosotros y que no sucumbamos jamás, jamás al desánimo. Orar con perseverancia, caminar hasta la victoria.