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Fecha: 19961116

Título: Hay que orar insistentemente y sin desanimarse

Original en audio: 13 min. 25 seg.


El Evangelista nos dice que esta parábola la pronunció Jesús con un motivo muy concreto: enseñarles que había que orar siempre sin desanimarse; estamos en el capítulo dieciocho del Evangelio de San Lucas.

Jesús está de camino hacia Jerusalén, es el último viaje de su vida. Él sabe que va precisamente al nido, a la casa de sus enemigos y sabe que no retornará de ese viaje, por eso en el capítulo noveno, hasta el versículo cincuenta, ha dicho el Evangelista que "Jesús tomó resueltamente camino hacia Jerusalén" San Lucas 19,28.

Verdaderamente, se necesitaba una resolución en el corazón de Nuestro Salvador, porque era la obra de la salvación lo que iba a realizar en Jerusalén. Esto quiere decir que las palabras que hemos escuchado en estos evangelios, unas veces se notan más que otras; las palabras que hemos oído son todas parte como de un testamento de Jesucristo

El Evangelista Juan sitúa los testamentos, o el testamento espiritual de Cristo, en una especie de conversación de sobremesa, después de esa Cena de despedida; el Evangelista Juan relata los acontecimientos de la Cena a partir del capítulo doce, y hasta el capítulo diecisiete está Jesús predicando en esos discursos, confidencias llenas de amor, llenas de verdad, llenas de luz.

Algo parecido hace Lucas desde el capítulo trece o catorce, en que empieza a contarnos ese camino hacia Jerusalén y esas palabras de Cristo. Nosotros tenemos que sintonizar nuestro corazón sabiendo que son las palabras de alguien que se está despidiendo, de alguien que sabe que ha emprendido un viaje del que no va a retornar.

Por eso los temas que va anunciando el evangelio en estos días, tienen todos la vehemencia de que intenta inculcar una enseñanza fundamental, una palabra que no se puede perder; por ejemplo, en el día de hoy, la necesidad de orar siempre sin desanimarse.

Estas palabras las dice Cristo, porque sabe que efectivamente, el desánimo se apodera de nuestro corazón. Así como cuando Cristo nos dice que hay que orar por los enemigos, pues significa que hay enemigos, si no por defecto de materia, pues no tendría sentido esa enseñanza; así, cuando nos dice que hay que orar sin desanimarse, es porque cuenta con que el desánimo llega a nuestra vida.

Y, precisamente, porque el desánimo llega a nuestra vida, dejamos la oración y dejando la oración entregamos todas las armas, porque todo recurso contra el pecado de alguna manera se obtiene, se mantiene, se retiene, se utiliza a partir de la oración.

Cuando perdemos la oración, lo perdemos todo, y todo lo que ganemos lo ganaremos con la oración; por eso, precisamente, el desánimo es una de las grandes estrategias del enemigo malo y una de las grandes estrategias del pecado.

Lograd que una persona deje de orar y estará perdida la obra de la gracia para ella; separad de la oración a una persona, no importa que tan virtuosa, que tan sabia, que tan religiosa, que tan humilde pueda parecernos, separadlas de la oración, y más tarde o más temprano, desnutrida, raquítica, anémica, sucumbirá ante cualquier tentación, ataque, burla, ironía o cansancio.

A mí me parece que el desánimo es como el sida del alma. El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida no es propiamente lo que mata al que se enferma, sino que los deja sin defensas; inmunodeficiencia, deficiencia en la inmunidad, incapacidad de defenderse frente a la enfermedad.

Uno cree que los enfermos de sida mueren de sida, pues no propiamente. El sida baja las defensas; no teniendo defensas la persona, una gripe se lo lleva. Pues algo parecido es el desánimo; el desánimo es el sida del alma, el desánimo quita las defensas, aparta de nosotros este organismo vivo que es la oración.

Claro que la oración es mucho más que un recurso de defensa frente a la tentación o el pecado; la oración es la vida del alma; la oración es el camino privilegiado, no el único, pero es el camino privilegiado, el camino real de la gracia en nuestras vidas.

La oración es mucho más que un arma o que una herramienta, pero las palabras de Nuestro Señor hoy, esas palabras dramáticas dichas en el contexto de una despedida, nos invitan a que consideremos especialmente este aspecto de la oración, la oración como herramienta, como arma, como anticuerpo.

Los anticuerpos que tenemos en la sangre se lanzan sobre las partículas extrañas, sobre las bacterias o corpúsculos que acechan a nuestro organismo y los neutralizan, esa misma capacidad tiene la oración; nosotros, con tener manos y brazos, por más que manoteáramos no podemos espantar los virus o las bacterias.

Ustedes se imaginan el espectáculo que haría una persona manoteando todo el día, tratando de apartar, qué tal que por aquí haya bacterias de qué sé yo, de viruela, de hepatitis, de lo que sea, qué tal una persona manoteando.

Nosotros podemos manotear, pero no son nuestros manoteos los que apartan las bacterias; se necesita otro tipo de estrategia del tamaño y del estilo del ataque. Pues bien, como el ataque a esa fortaleza que es el alma, como ese ataque tiene una dimensión fundamentalmente espiritual, más sutil que toda inteligencia, más penetrante que, incluso, nuestro propio inconsciente o subconsciente, o lo que digan los psicólogos.

Puesto que el ataque tiene esa sutileza y esa capacidad de penetración, muy pobre es nuestra defensa, si creemos que con nuestros manoteos racionales, emocionales o de costumbre nos lograremos defender.

Así como una persona que pasara por un lugar de intensa contaminación de bacterias, y pasara manoteando para que no se le entrara ninguna nos causaría solamente risa, así también tendríamos que burlarnos o reírnos de nosotros mismos cuando creemos que con nuestras solas fuerzas, con nuestras puras razones, o con las costumbres que hemos tenido de tiempo inveterado nos basta para defendernos.

Mire usted que siendo Cristo quien era, cuando llegó el momento de la tentación allá en el desierto, venció. Venció en la oración y venció en la Palabra de Dios, pero yo quiero destacar otro hecho.

Dice el texto del Evangelista Lucas precisamente que, “el enemigo se retiró esperando el momento apropiado” San Lucas 4,13, así también sucede con nuestra propia vida, hay que saber que ninguna tentación está definitivamente vencida.

Y aunque parecieran vencidas, incluso en nuestro pensamiento las raíces de toda tentación, siempre habrá una nueva sugerencia, una nueva sutileza, un nuevo desánimo que puede llevarnos o a desesperar de la salvación, o a desinteresarnos de la salvación de los demás, o a despreocuparnos de la gloria de Dios, o a preocuparnos sólo de nosotros mismos, o a engreírnos en las virtudes pasadas, o en fin, a no reconocer el paso de la gracia y del Espíritu en nuestras vidas.

Por esa razón el sida del alma, el desánimo, puede llegar a nuestros corazones y en ese momento tendremos que recordar la palabra de Cristo: “Aunque Dios fuera un juez desalmado, injusto, despreocupado y sin entrañas por nuestro futuro y nuestro destino, aunque Dios fuera así, aunque en los momentos de desánimo, lo vamos a ver así, como alguien despreocupado de nosotros, porque eso es lo que uno siente cuando está deprimido: “Yo no lo importo a nadie, Dios se olvidó de mi, yo estoy es llevado, aquí no tengo ni a quién acudir”.

Aunque sintamos eso, nos dice el Señor Jesucristo: "Aunque el único rostro de Dios que venga a nuestra mente sea el rostro de un juez desinteresado, inicuo, despreocupado de nuestro futuro, aunque eso suceda, hay que seguir golpeando a la puerta de ese juez”.

Aunque le sintamos así, hay que seguir golpeando su puerta, porque dice el Señor: “Aunque no lo haga por misericordia, lo hará para que dejemos de fastidiarlo” San Lucas 18,5. No es que Dios llegue a fastidiarse, sino que cuando uno está deprimido, está desanimado, así es como mira a Dios.

Pues Dios en Cristo nos da esta enseñanza: aunque la única imagen que puedas tener de mí sea la de ese juez desalmado, injusto y sin entrañas, aún en ese caso, insiste, la puerta se te abrirá, la justicia se te otorgará, la fortaleza que pides la recibirás, la gracia que esperas llegará.

Y entonces, al entrar en esa casa, al entrar en ese corazón descubrirás que no era ese el rostro de Dios. Lo importante es que siendo vencida la tentación y habiendo encontrado fortaleza y gracia en Él, ya podrás agradecerle, ya podrás bendecirle y glorificarle.

Al final, que la pregunta de Cristo resuene en nuestros oídos: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” San Lucas 18,8. Profunda pregunta para que nadie se fíe ni siquiera de su capacidad de orar en las horas de desánimo, que nadie crea que ya tiene tan manejado todos los desánimos y depresiones que eso no le va a tocar a él.

Velemos y oremos, y que esta pregunta final de Cristo nos ponga en humildad, en sus manos, como dijo Jesús en otro contexto: “Para los hombres es imposible, pero Dios todo lo puede”