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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20001110

Título: Saber quebrantarse ante Dios

Original en audio: 18 min. 21 seg.


Como hoy la Iglesia Católica celebra a un hombre muy grande, San León, que por eso se llama León el Grande, León Magno.

La verdad es que yo venía pensando en hacer alguna predicación sobre San León Magno, porque siempre nos hace bien reflexionar sobre los santos y porque hay tanto que se puede aprender de este Santo en particular.

Pero luego veo que ustedes ya han empezado la reflexión entorno a este Evangelio y entonces me siento dividido, porque la predicación que yo pueda hacer, pues en cierto sentido, es una voz más y porque de todas maneras es un texto tan extraño, es un texto tan enigmático que me parece que no decir nada, también podría ser grave.

Yo creo que lo mejor que puedo hacer es compartirles una explicación que aprendí hace unos años, que para serles franco, es la única que me parece que le hace como justicia al texto, porque es un texto muy raro.

"Un hombre rico tenía un administrador, el administrador derrochaba sus bienes" San Lucas 16,1. Tratemos de fijarnos en sus palabras: "derrochaba sus bienes" San Lucas 16,1. No es que el administrador robara, derrochaba sus bienes, luego lo despide.

El administrador, entonces lo que uno entiende, es que empezó a hacer trampa, a llamar a la gente para cambiar los recibos.

Pero aquí es donde viene la explicación, que me parece que puede ser la que nos ilumine en este caso: en esas condiciones de aquel tiempo los administradores no tenían sueldo, como lo podría tener un mayordomo, no había un sueldo estipulado, ni unas prestaciones, ni unos porcentajes, sino que las cosas funcionaban de una manera más desordenada o más informal o más confianzuda.

El dueño de los bienes tenía como una cierta idea de lo que eso debía producirle, y esperaba que el administrador le diera más o menos eso. De ahí en adelante lo que el administrador lograra o no lograra, eso era problema de él.

De manera que este administrador, lo mismo que muchos otros, seguramente recibía lo que nosotros llamaríamos “su sueldo”, de la siguiente manera: él tomaba de los bienes del amo y hacía préstamos y hacía ventas y hacía lo que fuera, y escribía en el recibo una suma mayor que la deuda, esa parece que es la clave del asunto.

De manera que la diferencia entre lo realmente dado y lo que aparecía en el recibo, ese era el dinero para él. Eso era lo que nosotros llamaríamos “comisión”.

Por lo que se ve, el hombre no pedía cualesquiera comisión, porque fíjate que a uno que le había escrito cien barriles de aceite, parece que en realidad sólo le debía cincuenta. Es decir, que cuando el administrador llama a la gente y cambia los recibos, no estaba cambiando los bienes del amo, sino estaba renunciando a su ganancia.

Le cambia a uno totalmente la perspectiva, es decir, el administrador lo que hizo fue esto, mira: "La deuda real es de cincuenta barriles, pero en el recibo habíamos escrito cien; cien porque si no, se ve lleno, ¿cómo voy yo ahí? ¿Cuál es la parte mía?"

Esa era la costumbre de la época. Entonces, el administrador llama a las personas y le dice: "Escribe la suma real"; es decir, lo que el administrador está haciendo es renunciando a lo suyo.

¿Por qué yo creo que esta explicación es la correcta? Porque efectivamente, nos consta que no había contratos laborales en esa época, y por esa frasecita: “El amo felicitó al administrador injusto” San Lucas 16,8.

Si el cambio de los recibos hubiera supuesto una pérdida en los bienes del amo no cabe esa felicitación, es absurda esa felicitación, porque el amo estaba preocupado por las pérdidas: "Usted está derrochando, es un derrochador; no es un ladrón, es un derrochador".

Entonces parece que lo sucedido fue eso. Este era un administrador que ganaba comisiones excesivamente altas porque se daba una gran vida y entonces, siguiendo la costumbre de la época, escribía en los recibos sumas mayores.

Cuando vio que su gran vida se le acababa, llamó a los deudores y les dijo: "vamos a escribir aquí estas sumas", es decir, las sumas reales, "yo renuncio a mi ganancia".

¿Qué quiere decir eso? Que al amo ya no le estaba robando. El amo salió ganando porque en la práctica, el amo recibía el pago de lo que había dado. Pero, por otra parte, el que había hecho ese préstamo o esa compra también salía ganando, porque ya no tenía que pagar cien barriles de aceite, sino sólo cincuenta, y ya no tenía que pagar cien fanegas de trigo, sino sólo ochenta.

De manera que realmente sí fue inteligente el hombre. Renunció por una vez a su ganancia, renunció por una vez a su provecho y a su utilidad y con eso, ¿qué ganó? Que el amo se sintiera tranquilo con él porque le economizó muchos bienes; y que los que le estaban debiendo al amo, dijeran: "¡Este hombre es el hombre clave para muchas cosas!" Y por eso el amo felicitó al administrador injusto.

Seguramente no es la única explicación que se puede dar. Pero me parece que con los datos que da el evangelio, es la explicación que por lo menos, en lo que yo he podido aprender, más me convence; y además, me gusta mucho porque tiene una aplicación muy hermosa en nuestra propia vida, como paso a contarles ahora.

Resulta que, ¿cómo es nuestra vida? Examinemos el caso de nuestra vida, examinemos lo que es nuestra propia vida. No es raro, no es infrecuente que Jesús hable de nuestra vida como de una administración, cosa que es muy natural porque nosotros no somos los dueños de nuestra vida.

En la Biblia el único dueño de la vida es Dios, por consiguiente, ¿el ser humano, si no es dueño, pero tiene la vida, qué es? Un administrador.

Por eso, cada vez que en la Biblia aparezca la palabra “administrador” o sus parecidas, un gerente, fideicomisario, o en fin, lo que aparezca en la Biblia que tenga ese lenguaje de administración, se refiere al conjunto de nuestra vida. Tratemos de ver si por ese lado encontramos algo interesante, y yo creo que sí, yo creo que sí encontramos.

Resulta que el amo, que es el verdadero dueño de los bienes, de acuerdo con esta interpretación, sería ¿quién? Dios. Dios es el dueño de los bienes, el administrador soy yo.

Ahora pensemos en quiénes podrían ser estos acreedores. Estos acreedores son los que reciben los bienes del amo a través de mí. Esas personas sienten que tienen una deuda con mi amo, que tienen una deuda con Dios, pero también sienten que tienen que entenderse conmigo, exactamente como pasó en el evangelio.

Todos estos que tenían deudas, sabían que tenían que hablar con el administrador, así también supieran que el verdadero dueño de los bienes era Dios, era el amo.

Entonces, aquí nos está resultando una cosa interesante: el dueño de la vida es el amo. Los bienes son todas las cosas que nosotros hemos recibido para administrar, y los deudores son las personas que reciben lo que nosotros hacemos o decimos, o los bienes que les realizamos, y que se sienten en deuda con Dios, pero saben que también tiene que entendérselas con nosotros.

Ahora, ¿qué se dice aquí? Volvemos a nuestra palabra: Ese administrador no era un ladrón, era un derrochador, porque a Dios nadie le roba, propiamente. Nada sale del poder de Dios. Esto me hace suponer que vamos en buen camino. Nadie saca nada del poder de Dios, nunca nada sale de la providencia de Dios.

Decía Santo Tomás de Aquino: "Cuando algo parece escaparse del poder de Dios o de la sabiduría de Dios, en un sentido, vuelve a caer en el poder de Dios, en otro sentido". De manera que nada escapa del poder de Dios; El es siempre el dueño y a El nadie le roba. Pero sí hay derrochadores, los derrochadores somos nosotros.

Entonces, ¿qué hace el amo aquí? El amo llama al administrador, es decir, a ti y a mí y les dice: "Qué es eso que me cuentan de ti? San Lucas 16,2.

Esta palabra es muy semejante a la palabra del Génesis cuando les pide cuentas a Adán y a Eva, por ejemplo, le pregunta a Eva o a Adán: "Qué es lo que has hecho?" "¿Qué es eso que me cuentan de ti?". Ese que que obliga al hombre a volverse sobre sí mismo, a volverse sobre su propia obra, a descubrirse.

El ser humano necesita descubrirse ante Dios. Esa palabra, esa pregunta está muy bien en boca de Dios. "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Las noticias que me llegan no son las mejores, yo te he dado tantas y las estás derrochando.

¿Qué haces con la salud? ¿Qué haces con el tiempo? ¿Qué haces con la inteligencia?, ¿qué haces con la capacidad de amor que te he dado? Me llegan muy malos informes de ti, ¿qué es lo que está pasando? Entrégame el balance de tu gestión". El balance de tu gestión es el momento del examen de conciencia. "Quedas despedido". Se ha roto la relación con el amo.

La solución que encontró este administrador injusto también tiene algo que enseñarnos a nosotros, ¿él qué hizo? Llamó a los deudores y renunció a lo que le correspondía a él, no renunció a lo del amo.

Esa es una conversión, convertirse es eso. Convertirse es renunciar a la porción de gloria que uno merecería, renunciar al aplauso que parecería merecer, renunciar a los bienes de uno, renunciar a lo de uno sin perjudicar lo de Dios, eso es convertirse.

Cuando yo renuncio a lo mío pero guardo intacto lo de Dios, ahí me estoy convirtiendo. Es decir, es el acto de la abnegación, es el acto de la renuncia del propio provecho, es el acto de dejarle sólo a Dios lo que es de Dios, es ese acto el que reestablece las cosas. Entonces el amo felicita al administrador injusto.

Entonces, Dios felicita a la persona y le dice: Tú con eso que has hecho, has obrado muy bien; esa es verdadera inteligencia". Parece que el gran sentido de este Evangelio es ese. La verdadera inteligencia es: saber perder lo propio en el presente, para ganar lo de Dios en el presente y en el futuro.

Es la inteligencia del que sabe perder a tiempo lo suyo; ¡que gran inteligencia! Ese es un gran administrador.

Hoy en día hay toda una ciencia en la administración económica que es la de cuándo quebrarse. Hay que saber quebrarse. Quebrarse no es una tontería, quebrarse no es: "Me quebré, y entonces vamos a pedir limosna todos los de mi familia y todos los mis empleados".

Pues no, señor, hay que saber quebrarse para no perjudicar más de la cuenta a los empleados, para no perjudicar el buen nombre, para no perder opciones de trabajo, para muchas cosas. Hay que saber cuándo quebrarse y cómo quebrarse.

Una quiebra no es una cosa que pueda hacer cualquier tonto. Saber quebrarse es una gran obra de administración. Convertirse es saber quebrarse, saber entrar en quiebra. Saber estar en quiebra es lo más sensato.

Muchas personas salvan la posibilidad de una empresa quebrándola a tiempo, produciendo un perjuicio controlado, mientras, por otro lado, van resarciendo la cosa con una nueva empresa. Esa es una estrategia que hoy está haciendo mucha gente.

Pues esto que hacen los hijos del mundo, esto tenemos que aprender a hacerlo nosotros. Hay que saber quebrarse. Un convertido es una persona que sabe quebrarse.

Además, no está tan malo el ejemplo de la quiebra porque el Salmo 51 dice “Un corazón en quiebra, un corazón en quiebra y humillado tu no lo desprecias". Bueno, propiamente dice: "Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias". Un corazón en quiebra. Hay que saber quebrarse, porque la gente que no se quiebra a tiempo, se quiebra a destiempo.

Todos nos vamos a quebrar, entonces, hay que saber quebrarse, ante Dios hay que saber quebrarse. El administrador este fue sabio porque supo quebrarse a tiempo.

Qué tal, imaginémonos que este administrador hubiera procedido de otro modo, qué tal que el hubiera dicho: "Bueno, Se me acabó esta chanfaina, maté la gallina de los huevos de oro, ¿qué queda para mí? Nada, el revólver de mi amo y un tiro en el cogote y se acabó esta historia."

Esa también es una manera de quebrarse. O hubiera podido decir: "Bueno, yo recojo estos cincuenta barriles y huyo"; pero es difícil correr con cincuenta barriles, es muy complicado. Resulta que el amo comerciaba en barriles y en fanegas de trigo.

Es que los ejemplos de Cristo son perfectos. Y para correr uno con ochenta fanegas de trigo y huir y que no lo alcancen es difícil. Si de pronto el amo hubiera sido un comerciante en diamantes, pues tres diamantes al bolso y huyo. Pero como estos eran bienes, así, inmensos, no le faltaba sino sal, sal, trigo, barriles de aceite…, difícil.

Pero él hubiera podido decir: "No, yo me sostengo". El hombre no se sostuvo, él se quebró ante el amo, el amo le dijo: "Qué es lo que me cuentan de ti? Balance de tu gestión y te me vas". Qué tal que él se hubiera puesto ahí de altanero: "Pues qué, me voy ¿y qué? "Me voy, si quiere que me vaya, me voy; ¿dónde le firmo? ¿Qué quiere que haga?"

Esa altanería es una gran tontería. Hay que saber quebrarse, quebrarse a tiempo, quebrantarse. El que se convierta, entonces parece que fuera como el mensaje místico de este Evangelio, el que se convierte, es el sabio que sabe quebrarse a tiempo; es la sabiduría de quebrantarse ante Dios, es la sabiduría de deshacerse ante Dios, y todo el que descubre cómo deshacerse ante Dios, descubre cómo Dios lo reconstruye, cómo Dios lo rehace. Este género de sabiduría es el que necesitamos para anunciar el Evangelio.

Que Dios nos regale sabiduría para quebrarnos en su presencia, para quebrantarnos ante Él y para experimentar cómo Él, el mismo que nos corrigió, luego, según el final del Evangelio, nos felicita y nos da un abrazo y seguramente nos envía a otra plaza.