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Fecha: 19981104

Título: El verdadero discipulo de Jesus ama y bendice su propia cruz porque esta lo identifica con su Maestro

Original en audio: 39 min. 28 seg.


La lectura de hoy nos presenta un fragmento de la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses.

Como creo que he dicho alguna vez, San Pablo mantuvo con esta comunidad una relación distinta a la que tuvo con las otras comunidades. Yo voy a hacer esta comparación, ¿y sabe qué quisiera? Que el corazón de todos nosotros se pusiera blandito, moldeable, maleable para Dios.

Mi comparación es, que la comunidad de Filipos es al Apóstol San Pablo, como el discípulo amado, como Juan, era a Jesucristo.

Podemos decir que la comunidad de Filipos fue la comunidad amada de San Pablo, él tuvo problemas y peleas con todo el mundo, menos con la comunidad de Filipos; tuvo discusiones, tensiones y también reconciliaciones con muchas iglesias, no con la comunidad de Filipos; de alguna manera el Señor Dios les concedió a ellos y le concedió a Pablo el don de la amistad espiritual.

Si nosotros leemos los escritos de San Juan, sabiendo que toda la Biblia es inspirada, pero si leemos sus escritos, como se le ha comparado ya tantas veces, yo tengo que repetirlo: es un águila. Qué penetración la de Juan en el misterio de Jesucristo, qué manera de avanzar en Dios, qué plenitud de luz, qué capacidad para entender las palabras del Señor.

Fíjate que Juan ni siquiera tiene que decir muchos milagros de Jesucristo. Juan apenas cuenta siete señales, la primera de las cuales es las bodas de Caná y la última es la Cruz misma del Señor.

Son muy poquitos milagros, pero con esos milagros llena todo el Evangelio, ¿por qué? Porque el amor es la clave de la comprensión. Si queremos entender completamente a una persona, amémosla completamente. Y por eso, entre el Evangelista Juan y Nuestro Señor Jesucristo, hay una compenetración, hay una unión tan íntima.

El amor despierta la inteligencia. Mientras que el amor del mundo es ciego, y por eso se dice que el amor es ciego, el amor del cielo es luminoso, es lúcido. Para amar en esta tierra muchas veces hay que cerrar los ojos, para amar, como se ama en los cielos, hay que abrir los ojos.

El amor de esta tierra, que muchas veces es solamente pasión, enceguece; el amor de Dios, que viene del Espíritu Santo, ilumina, abre los ojos, abre la comprensión. Cuando ese amor está en nosotros, nosotros podemos comprender las palabras.

He aquí otra clave para acercarnos a la Sagrada Escritura, tal vez no se nos había ocurrido, tal vez no lo habíamos dicho: cuando vayas a leer al Evangelista Mateo, ama a San Mateo, órale, háblale, díle a Mateo: "Ayúdame a entender, ruega por mí, que yo pueda entrar como en tu corazón, que yo pueda como quererte, "que yo pueda sintonizar contigo".

Pues bien, el Evangelista Juan mantuvo una profunda relación de comprensión y de amor con Jesucristo, y ese amor abre el entendimiento, hace que uno comprenda muchas cosas. Si nosotros recibimos de ese mismo amor, nosotros también entenderemos muchas cosas, nos llenaremos verdaderamente de sabiduría. Ese es el segundo pensamiento de hoy.

El primero es que San Pablo es como una fuente inagotable, es como una llama siempre viva. El segundo pensamiento es: el amor abre la inteligencia, y si nosotros queremos entender más a Cristo, hay que amar más a Cristo; y si nosotros queremos recibir más de Cristo, amemos más a Cristo; y si nosotros queremos entender más de San Mateo, de San Pablo o de San Juan, amemos y recibamos de ellos.

Escribe el Apóstol: "Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación. Pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece" Carta a los Filipenses 2,12-13, y esto se lo manda como una obediencia: "Queridos míos: de la misma manera que habéis obedecido siempre, trabajad por vuestra salvación" Carta a los Filipenses 2,12.

Y aquí tenemos que hacernos una pregunta: si el mismo Pablo, como lo comentábamos en otra ocasión, es el gran predicador de la gracia divina, si el mismo Pablo tantas veces hace énfasis en que la salvación es un regalo, ¿cómo es que hoy nos dice: “Trabajad con temor y temblor por la obra de la salvación”? Carta a los Filipenses 2,12. ¿Si es un regalo, si es una gracia, ¿por qué es algo que hay que trabajar?

Entre otras cosas, este texto es muy importante para la comprensión del pensamiento del Apóstol, porque yo me acuerdo que cuando estábamos hablando de la Carta a los Romanos decíamos que Martín Lutero, iniciador de la Reforma protestante, apoyándose casi sólo en la Carta a los Romanos, sacó la conclusión de que la Iglesia no había sido fiel al pensamiento de la Escritura, y por eso terminó separándose de la Iglesia.

Lo que destacaba Martín Lutero de la Carta a los Romanos eran sobre todo esas palabras sobre la gracia, sobre la salvación por la gracia, por la fe.

Cuando una persona se descubre necesitada de salvación, y descubre a Jesucristo como Salvador, y ejerce fe en Jesucristo, recibe la salvación, y esa salvación es gracia, es gratis.

Y ahora vuelve mi pregunta: si la salvación es gratis, si la salvación es gracia, ¿por qué nos dice hoy que trabajemos, y no de cualquier manera: "trabajemos con temor y con temblor por la salvación"? Carta a los Filipenses 2,12. Si la salvación es gratuita ¿qué vamos a hacer con esto?

Entre otras cosas, sería muy bueno saber qué opinaba Lutero de este pasaje, porque este también está ahí en la Biblia, y si él quería tomar la Biblia como única norma de su vida, sería muy bueno saber cómo interpretaba Lutero esto de "trabajad por vuestra salvación con temor y con temblor" Carta a los Filipenses 2,12.

Pero nosotros no somos Lutero y sí tenemos al frente este pasaje y tenemos que decir alguna palabra sobre él, porque aquí debe haber algo importante.

Pablo está hacia el final de su vida, Pablo presiente la muerte, lo sabemos por las palabras que dice: "Aún cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros" Carta a los Filipenses 2,12-18.

De manera que el Apóstol ve claramente, ve realmente la muerte, ve realísticamente la muerte, ve que está cercano a la muerte.

Y le escribe a la comunidad a la que tanto ama, dándole instrucciones importantes, fundamentales, centrales, o sea que son palabras de inmenso peso.

¿Pero cómo entenderlas? ¿Cómo es esto de "trabajar por vuestra salvación con temor y con temblor" Carta a los Filipenses 2,12, si el mismo Apóstol nos había dicho en otro lugar que la salvación era gracia, era un regalo y era por la sola fe?

Yo comparto con ustedes, amigos, la explicación que conozco, con el deseo de que sea tan provechosa para ustedes como tal vez lo ha podido ser para mí. Resulta que enseña una Santa Dominica del siglo XIV llamada Santa Catalina de Siena, que las virtudes no pueden ser solamente interiores, ella da una comparación muy concreta, como tantas de sus escritos.

Ella dice: "Así como el esposo no se siente papá con sólo ver embarazada a la esposa, sino que sólo se siente papá cuando ya puede cargar al niño, así también Dios sólo reconoce en nosotros las virtudes, no cuando las hemos concebido en el corazón y cuando nos parecen bellas, sino cuando las hemos puesto en práctica, cuando las damos a luz, cuando son cosas que se pueden ver, que se pueden tocar, que se pueden palpar, cuando son realidades y no solamente buenos deseos".

Porque es que amar la virtud, considerar simpática la virtud, considerar que es interesante y bella la virtud, eso es fácil. Uno puede enamorarse del ideal de la justicia, ver cómo es de hermosa la prudencia, qué cosa tan linda la pureza, y la honradez cómo es de necesaria y cuánta falta nos hace, la sinceridad cómo es de útil, ¿y qué se hace con todos esos buenos deseos?

Todos esos buenos deseos son válidos porque son los que hacen que nuestro corazón conciba las virtudes, pero dice Santa Catalina: "El esposo sólo se siente papá cuando ya ve al hijo, cuando ya lo puede cargar".

"Y el embarazo, pues el embarazp es precioso, es una época de tanta ternura, es de mucho significado, es maravilloso, pero el niño, ¡tiene que verse el niño! ¡Tiene que cargarse el niño! ¡Tiene que abrazarse el niño! Y ahí sí me siento papá".

Dios es el esposo, nosotros somos la esposa, nosotros concebimos las virtudes, pero Dios sólo siente que las tenemos, sólo siente que es papá y que nosotros le hemos dado a luz esas virtudes, cuando se realizan en los hechos concretos, cuando suceden en las obras.

Como quien dice, que el hijo verdadero, ese hijo que se puede cargar, es esa virtud cuando se practica; y cuando se practica la virtud, ahí se sabe si era de verdad o no era de verdad, ¡cómo es de cierto eso!

¿No es esa la misma experiencia que tenemos precisamente en nuestras familias, en nuestra vida personal, en nuestros grupos? ¿Cuántas veces nos pasa, por ejemplo, que en el momento de la fiesta, de la alabanza y del regocijo mucha gente, pero a la hora de trabajar ya no es tanta gente? Hay mucha gente que no pudo, hay mucha gente que no quiso, hay mucha gente que le quedó difícil.

¿Cuántas veces sucede esto? ¿Cuántas veces la virtud no existe, sino que es solamente un buen deseo que nosotros tenemos? Es más como un cariño que le tenemos en el alma a lo bueno, ese cariño tiene su valor; pero ese cariño es poca cosa, ese cariño no es gran cosa, tienes que comprar algo con ella, tienes que ver si te la reciben.

Yo pienso, por ejemplo, en las joyas; yo no sé nada de joyas, a mí me podrían vender un fondo de botella y decirme: "Mira esta es una piedra preciosísima".

Si yo tengo mi fondo de botella ahí en mi cuarto y yo digo: "¡Tan preciosa esta piedra heredada de familia, debe valer muchos millones, o qué digo yo millones, debe valer tal vez decenas de millones o cientos de millones, debe ser una piedra preciosísima, seguramente yo soy multimillonario! ¡Qué maravilla tener esta piedra aquí!"

Un momentico, hay que ir al comercio, hay que ir a la joyería, hay que poner en práctica, hay que ver que es lo que hay y que es lo que no hay. Y cuando usted sale, entonces le dicen: "Mire, regalado es caro. En primer lugar, ese no es oro de 24 quilates como usted creía, sino latón; y en segundo lugar, esa tampoco es la esmeralda más grande del mundo, sino un pedazo de "Canada Dry". De manera que, regalado, es caro".

Entonces uno tiene que salir del sueño que a veces nos envuelve, uno tiene que salir del engaño en el que muchas veces vive, porque uno cree que uno tiene muchas virtudes y uno cree que uno está muy bien; pero resulta que cuando llega la hora de la prueba, entonces ahí es cuando se cuenta de que no estaba tan bien.

Esto que nos dijo Santa Catalina con la mujer que estaba embarazada, es lo mismo que con otro lenguaje nos dice San Francisco de Asís, refiriéndose a una virtud particular, la paciencia. Dice San Francisco de Asís, en frase que me encanta: "La paciencia que tienes en la adversidad, esa tienes y nada más".

Es que es muy fácil ser paciente cuando nadie se mete con uno, eso es facilísimo: "¡Tengo una gran paciencia!" Efectivamente, nadie se mete conmigo, nadie me dice nada, nadie me interrumpe lo que yo quiero hacer, esa paciencia está muy fácil.

Hay que saber es la paciencia que se tiene en la adversidad, por lo tanto, lo que dice aquí San Pablo: "Trabajad por vuestra salvación con temor y con temblor" Carta a los Filipenses 2,12, quiere decir: A ver, ¿cuál es la moneda que está en ti? Mucho "aleluya" y mucho "gloria a Dios", ¡maravilloso! En eso coincidimos todos.

¿Pero tus "aleluyas" son de verdad o son de mentiras? Hay que ponerlos a funcionar, hay que llegar a la verdad, ¿y ponerlos a funcionar qué es?: "Trabajar por la salvación con temor y con temblor" Carta a los Filipenses 2,12, dice él.

Esa expresión sólo se la encuentro en ese lugar al Apóstol San Pablo, "trabajad con temor y con temblor" Carta a los Filipenses 2,12. Sí, porque muchas veces, cuando uno va con su piedrecilla a la joyería, uno va con temor y con temblor: "¿Y qué tal que esto no valga nada? ¿Qué tal que aquí no haya nada? ¿Qué tal que esto sea un puro engaño?"

¿Y cuáles son las virtudes que toca ponerlas a funcionar? ¿Cuáles son las que toca llevar al mercado? ¿Cuáles son las piedras preciosas que hay que llevar? Precisamente aquellas que tienen que ver con la obra de nuestra salvación, por ejemplo, la fe.

La fe es fundamental para la salvación; ¿pero cómo es tu fe? Porque es que la fe se prueba precisamente es en la adversidad. Jesús dio el veredicto: "Hombres de poca fe" Mateo 8,25, ¿cuándo lo dio? Cuando en medio de la tempestad esta gente sentía: "Nos vamos a hundir, esto se va a acabar, vamos a morir aqui, unos renacuajos nos vamos a hundir acá".

¿Qué quiere decir eso? Que la fe se pone a prueba es cuando las cosas no salen como uno quisiera; cuando todo te está diciendo "no", seguir diciendo "sí", eso sí es fe. ¿Pero usted cree que es difícil decir uno: "Sí, sí, creo", aquí en medio de todos nosotros? Yo creo que todos nosotros somos creyentes, yo pienso que todos creemos, unos más otros menos, pero yo pienso que todos creemos.

Decir aquí que "sí creo", ah, eso es fácil, el problema es decir "sí creo" mirando a los ojos del ateo, a los ojos del que se burla, a los ojos del masón, a los ojos del protestante, seguir diciendo sí, sí creo, sí creo", ¡eso sí es fe!

¿Pero que le da a uno? Ahí sí le da a uno miedo, ahí le da a uno temor y le da temblor, por eso dice ahí San pablo: "Trabajad con temos y con temblor" Carta a los Filipenses 2,12, porque ahí es donde uno sí se la juega toda. "A ver, usted dice que cree, bueno, que se vea esa fe".

¿Qué otras virtudes requerimos para nuestra salvación? Pues requerimos, por ejemplo, la humildad. Es virtud propia de los humildes, como dice el Apóstol San Pedro, "el humillarse bajo la poderosa mano de Dios para que a su tiempo nos ensalce" 1 San Pedro 5,6, y arrojar en Él todas nuestras preocupaciones, eso es propio de los humildes. Luego la humildad es muy propia de la salvación.

Bueno, ¿y qué tal andamos de humildad? "-Muy bien, padre, muchas gracias. A Dios gracias, muy bien, pues realmente hemos avanzado mucho en la humildad. Ya en este momento puedo decir "soy humilde"". "-Ah, bueno, está muy bien".

¿Pero dónde se notará eso? Eso se nota apenas, nos dice Santa Catalina de Siena, -cuyos escritos hay que empezarlos a leer pronto-, que "cada virtud se prueba por su contraria". ¡Es de una sabiduría esa mujer! ¡Sabiduría del Espíritu Santo!

Entonces,bueno, usted dice que es humilde, nos lo llevamos en helicóptero y lo depositamos en la parcela de los soberbios. El que sigue siendo humilde en la parcela de los soberbios, ése sí es humilde.

Pero que uno esté con la humildad, dizque la humildad, y le ponen a su lado otro soberbio, y digo otro porque no era humilde el que creía que era humilde, entonces ahí se ve cómo reaccionan los dos.

Cada virtud se prueba por la contraria. Seguir diciendo la verdad cuando todo el mundo miente, conservar la pureza del alma en medio de la impureza de palabra, sugerencias, invitaciones, incitaciones, oportunidades, ahí es donde está la verdadera virtud, y ahí es donde toca trabajar, pero ahí es donde uno siente que "trabaja con temor y trabaja con temblor"' Carta a los Filipenses 2,12.

De manera que la tercera enseñanza de nuestra predicación, tomada de las palabras del Apóstol, es: claro que la salvación sigue siendo por la fe, eso nadie lo quita; pero para que se sepa, para que tú sepas y para que el mundo sepa cuál es la fe que tú tienes, para ver si es moneda válida o es falsificada, eso toca ponerlo a trabajar, hermanito, y la manera de ponerlo a trabajar es en la adversidad.

Por esto dice el maravilloso, el bendito Apóstol de la palabra, por eso dice: "Trabajad con temor y con temblor por vuestra salvación" Carta a los Filipenses 2,12, y por eso dice el Santo obispo Agustín de Hipona: "Nadie puede ser coronado si no ha vencido, y nadie puede vencer si no ha luchado".

La lucha, la tentación, la prueba, la contradicción son indispensables en el camino. Pedirle a Dios una vida espiritual sin dificultad, es pedirle a Dios: "Mátame, mutílame, abórtame".

Por favor, ruego encarecidamente a los corazones de ustedes, jamás le pidan a Dios una vida sin tribulaciones, porque pedirle a Dios que nos quite las tribulaciones, es pedirle a Dios que nos quite la lucha, que nos quite la victoria y que nos quite la corona, eso quiere decir: "Déjame como estoy".

¿Y qué pasaría si un feto está dentro del seno de la mamá y se siente tan a gusto que dice: "Yo no quiero nacer nunca, déjame como estoy"? ¡Se convertiría en un aborto!

Cuando nosotros le decimos a Dios: "Apártame las tribulaciones, quítame las dificultades, líbrame de todas las incomodidades", ¿qué le estamos diciendo a Dios? Le estamos diciendo: "¡Ay, Señor, abórtame!" Y Dios nos ama mucho, nos ama tanto que a esas súplicas no les hace caso. Es indispensable, ese es el camino, sólo por ese camino hay victoria.

Y esto nos ayuda a comprender el evangelio que nos ha regalado la Santa Iglesia en este día: "En aquél tiempo, como siguieron a Jesús las multitudes, volviéndose les dijo: Si alguno viene a mí y no deja a su padre a su madre, a su mujer y sus hijos, hermanos y hermanas, y aún a su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no carga con su cruz y viene tras de mi, no puede ser mi discípulo" San Lucas 14,25-27.

Confieso que muchas veces interpreté estas palabras más o menos en este sentido: como que Jesús quería, hasta cierto punto, despertarlos de sus ilusiones, como que Jesús quería que se dieran cuenta de que el camino realmente era arduo y difícil y como para que se fueran resolviendo a irse o a quedarse. Hoy pienso que tal vez no esa no era la manera de Jesucristo, tal vez sí sería la manera de Fray Nelson, pero esa no es la manera de Jesucristo.

Tal vez a nosotros a veces sí nos gusta eso de confrontar a las personas, como por saber al fin yo con quién cuento, que en el fondo fíjate que es como una debilidad, porque es como un pretender asegurar uno su confianza en las personas, como saber cuáles sí son de confianza, en cuáles sí puedo realmente confiar.

Y yo interpreté mal la palabra, me parece a mí, cada vez que pensé que Cristo estaba haciendo eso, o sea, como que Cristo le estuviera diciendo a la gente: "Bueno, al fin, ¿con quién cuento?" Jesús no les está diciendo aquí "al fin, ¿con quién cuento?" Jesús sabía desde el principio que no contaba con nadie, mejor dicho, que contaba solamente con su Papá Dios.

Jesús sabía eso desde el comienzo, y si hace estas preguntas, y si habla de la Cruz, y si dice "El que no carga su cruz, no puede ser discípulo mío" San Lucas 14,27, Jesucristo no está con eso como poniendo una especie de aduana para ver quiénes son los que sí son de confianza y quiénes son los que no son de confianza, "con quiénes sí puedo contar y con quiénes no puedo contar". Yo no creo hoy que Cristo estuviera diciendo esas palabras con esa intención.

Relacionemos esta parte de Jesucristo con lo que hemos dicho de San Pablo. Lo que nos hemos encontrado en San Pablo es que sólo conocemos si la moneda es de buena ley en el comercio, o en el lenguaje de Santa Catalina: "Sólo cuando la mujer ha dado a luz, el esposo de la mujer se siente papá".

Las virtudes tienen que verse y realizarse, y se realizan probándose por sus contrarios, y por eso es necesaria la contradicción, la tribulación y la prueba. De acuerdo con esto que nos ha enseñado San Pablo, entendemos que la cruz no es una aduana que Cristo le ponga a ver quiénes sí se quedan con Él quiénes no se quedan con Él.

La cruz es la bendición por excelencia, porque a través de la cruz, a través de la humillación, a través de la tribulación, a través de la prueba y la contradicción, la persona descubre su apoyo solamente en Dios y adquiere las verdaderas virtudes, aquellas en las que uno sí puede fiarse.

Uno sólo puede fiarse cuando la virtud ha sido probada, cuando ha sido consolidada, cuando ha sido bendecida por la cruz.

Por eso, cuando Jesucristo dice: "El que no tome su cruz, no puede ser discípulo mío" San Lucas 14,27, a mí no me parece que esté diciéndoles a algunos: "No sean discípulos míos", sino está diciendo: "La bendición de mis discípulos es la cruz". Todo discípulo mío irá bendecido por una cruz", eso es lo que está diciendo Jesucristo.

A mí no me parece que Jesucristo estuviera aquí diciéndole a la gente: "Miren, los que no puedan, entonces váyanse". Yo no creo que sea eso, yo creo que Jesús quería que sus discípulos supieran en qué se estaban metiendo, que hicieran cuentas a ver si la torre la estaban cimentando bien, que hicieran su análisis a ver si con esos diez mil podían resistir a los veinte mil del ejército enemigo.

Como quien dice: "Sepan y conozcan en qué consiste ser discípulo mío. Consiste en tener la bendición de la cruz, consiste en tener esa maravilla que se llama la Cruz, eso es".

Así hemos llegado a una última enseñanza, y es que aquellas cosas que nos humillan, que nos derrotan, que nos pueden, aquellas cosas con las que consiguientemente nosotros no podemos, nuestras enfermedades, a veces, nuestra vejez, nuestro temperamento o algunas otras cosas, aquellas cosas que nos llevan como humillados a los pies de Jesús, esas cosas, esas, esas son la bendición de Dios y sin esas, nosotros jamás alcanzaríamos lo que Dios quiere de nosotros.

¿Quiere decir entonces que Dios quiere el pecado para nosotros? No, Dios no quiere que nosotros pequemos, Dios no quiere el pecado para nosotros, pero Él sí sabe cuáles pruebas, dificultades, contradicciones, frustraciones, tristezas, vacíos, desiertos y todo lo demás, Él sí sabe cuáles de esos son necesarios, para que nosotros le descubramos a Él como nuestro único Salvador, para que nosotros tengamos monedas de buena ley, para que nosotros tengamos las verdaderas virtudes y en Él seamos verdaderamente fuertes.

Por eso la culminación de estas palabras sólo puede ser una: la aceptación de cada uno de nosotros de su propia cruz, la aceptación profunda de su propia limitación.

Yo espero, con la bondad de Dios, que estas palabras nunca vayan a ser entendidas como una especie de aceptación de la mediocridad; no se trata de que uno diga: "Es que yo soy un mediocre", no; se trata de que uno diga: "Precisamente en aquellas cosas que yo siento que son imposibles para mí, precisamente en ellas, Dios me está visitando, eso es una gran visita de Dios, la gran visita de Dios a mi vida".

"Benditas entonces esas cosas, benditas esas enfermedades o esas tentaciones". El pecado no, el pecado no es bendito, aunque el arrepentimiento por el pecado sí puede ser bendito. Benditas esas tentaciones, bendito ese arrepentimiento, bendito todo lo que me vuelve hacia ti, Señor, y me enseña que sólo de ti puedo depender, que soy solamente tuyo, que sólo tú puedes rescatarme".

"Benditas sean, Señor, todas esas cosas en mi vida; benditas sean, porque ellas son las que me mantienen unido a ti".

Así como Jesucristo está unido a la Cruz a través de los clavos, así también esos clavos que atraviesan nuestra vida nos unen a Jesucristo. Benditas, mil veces benditas esas dificultades, esas humillaciones, esas frustraciones, esos dolores. Alabada sea la Cruz de Jesucristo, que sea bendita esa Cruz y que sea bendita la Cruz con la que Ël ha querido saludar nuestra vida.

Cristo lo que quiere es que nosotros sepamos qué significa ser discípulo de Él. La señal del discípulo es la cruz, esa es la señal. Y si hubiera un discípulo sin cruz, ése no sería discípulo. Señal, como dice la Carta a los Hebreos, "señal sería que sois bastardos y no hijos" Carta a los Hebreos 12,8. ¡Bendita esa cruz!

Por eso yo quiero invitarlos a que en este día cada uno de nosotros recoja su propia cruz, porque nosotros la hemos estado escondiendo, la tiramos para un lado, la tiramos para el otro lado, la pasamos para acá, la metemos dentro de una bolsa. No queremos mirar lo que nos humilla, no queremos mirar lo que nos muestra nuestro límite, no queremos mirarlo, no queremos aceptarlo.

Yo quiero pedirte que en este día que saques de la mochila esa cruz, esa, la de toda la vida, ese dolor, el de toda la vida, esa limitación, la de toda la vida, eso que tu dices: "¡Ay, si yo pudiera solucionar esto sería como perfecto, sería como la dicha, estaría yo pleno!" Eso sácalo de la mochila. Dios quiera conceder que hoy muchos de ustedes puedan ver con claridad qué es eso, puedan mirar esa cruz.

Pistas: la cruz nunca es una persona: "Es que mi esposo es la cruz", "es que mis hijos son la cruz", "es que mi papá es la cruz", no. Las personas nunca son la cruz. Lo que nosotros recibimos de ellas, lo que nosotros entendemos de ellas, o la manera de cómo nos relacionamos con ellas, de pronto eso sí podría ser la cruz.

Yo te invito a que tú, en este momento, pidiendo el auxilio del Espíritu Santo, reconozcas la cruz. Santa Elena, la mamá del apóstol Constantino, se fue a tierra santa a buscar la verdadera Cruz, la Vera Crux, se dice en latín, la verdadera Cruz, y finalmente encontró la verdadera Cruz, la reconoció. Hay que hacer lo de Santa Elena, hay que irse a recorrer la vida.

Señales: es algo que te humilla, es algo que tú quisieras que nunca estuviera en tu vida, que nunca hubiera pasado, es algo que té presientes que te va a acompañar todo el tiempo, es algo que no es un pecado, pero que tú sientes que en cierto modo te obliga a pecar o te lleva al pecado, intenta reconocer.

Tal vez algunos de nosotros, que somos muy débiles y que somos muy pecadores, encontraremos varias cosas, pero siempre hay una especialmente, que uno dice: "Esto sí cada vez que me pasa, ¡ay, Dios mío! Es que no he encontrado la fórmula".

Esas cosas, esos dolores, esas limitaciones donde tu fe parece quedar desmentida, donde tu esperanza parece quedar defraudada, donde tu amor se quiebra, esas cosas bésalas hoy.

Cuando Santa Elena encontró la Cruz, lo primero que hizo fue darle un beso a la verdadera Cruz. ¿Qué tal que nosotros en esta noche pudiéramos recibir esa gracia de Dios? ¿Que tal que nosotros pudiéramos mirar hoy y recibir la cruz?

Voy a decir algo terrible: si una persona en un acceso de ira, maldijera la cruz, nosotros diríamos: "¡Oh, terrible blasfemia!" Pero tal vez nosotros le hemos hecho eso a nuestra vida, tal vez nosotros le hemos echado casi maldiciones, o maldiciones y medias, a algunas cosas de nuestra vida, y nosotros hemos dicho: "¿Y por qué me pasa esto? Y si yo no tuviera esto?¿Y si esto no se hubiera dado, ¿y por qué?" Y rechazamos.

Pues eso que has pateado, eso que has tirado al suelo, eso que tal vez has maldecido, eso es lo que te pido que ahora recojas. Piensa tú, mientras yo sigo terminando mis palabras, es que las alargo a propósito tratando de que tu mente se vaya paseando por tu vida, por aquellas personas, por aquellas situaciones, por aquellos dolores, por aquello que se ha repetido incesantemente.

Yo quisiera que tú pudieras recorrer todo eso hasta encontrar la cruz, como Santa Elena, y hasta desenterrarla y decir: "Mira, yo te he maltratado toda la vida, cruz de mi vida, siempre pensé que eras una maldición para mí, siempre pensé que yo no me merecía este dolor". Hoy entiendo, bendita cruz, que tú eres el sacramento de mi salvación.

Y tomar esa cruz y besar esa cruz, y decir: "Sabes qué es lo que se siente? Ahora sí soy discípulo, porque si Cristo dice que la señal del discípulo es esa, el que no haya encontrado y abrazado y besado su Cruz, no puede considerarse discípulo del Señor".

Así hagas lo que hagas, así tengas muchas amistades con sacerdotes, así tengas muchos cursos y así trabajes en muchos congresos, si no has encontrado y venerado y besado y amado la cruz, y no has repetido con lágrimas de gozo en los ojos: "Ahora sí soy discípulo"; si no lo has encontrado, pues, hombre, no te desanimes, vamos a ver cómo lo encuentras.

Porque es que ahí, ahí empieza uno a ser discípulo, ahí es donde uno por fin dice: "Ahora entiendo a mi Señor", ahora sí me parezco en algo a mi Salvador".

Decía San Luís Bertrán, hablando de los predicadores: "Estando crucificada la Cabeza, ¿cómo se va a admitir que nosotros sus miembros no tengamos Cruz?"

Es una gran incoherencia, incoherencia que como ya hemos dicho muchas veces comete el protestantismo de muchos modos. Pero bueno, ese no es nuestro tema, estamos tan enamorados hoy de la cruz que aquí no se trata de pelear con protestantes.

Tomar la Cruz, besar la Cruz, y decir: "Tú eres la cruz de mi salvación", y cuando uno ya se voltea y mira a Jesucristo, uno dice: "Jesús, ahora sí nos parecemos". Que yo creo que esa es la angustia por la que uno a veces no le gustaba ver el Crucifijo, porque es que uno lo veía tan distinto, tan distinto; Él, todo amor y todo dolor, y nosotros tan poco amor y tan poquito dolor, que uno lo ve muy distinto.

Entonces, hay que mirarlo. Ya uno con la cruz de uno dice: "Jesús, ahora si nos parecemos, ahora sí me parezco a ti, ahora sí soy tu discípulo".