O313002a
Fecha: 19981104
Título: La llama del Espiritu Santo ardio con fuerza, con perseverancia y con constancia en los escritos de San Pablo.
Original en audio: 5 min. 51 seg.
La gente que habita en el desierto, los nómadas que habitan en el desierto, buscan siempre esos lugares en donde saben que puede encontrarse agua. Resulta que hay algunas quebraditas que tienen agua cuando es invierno, pero se secan si llega un verano muy prolongado.
Hay sin embargo también otros lugares, otras quebraditas, otros oasis en donde siempre hay agua fresca. Y por eso los que van en el desierto saben que deben buscar esos lugares, porque es allí donde con toda seguridad van a encontrar agua fresca.
Y cuanto más grande la sed, mayor también la necesidad de ir al lugar seguro; porque nada más frustrante y terrible que llegar con una sed muy grande a donde se creía que podía haber agua y no hay nada.
Hago esta comparación, porque yo pienso que los escritos del bienaventurado Apóstol San Pablo son eso para nosotros; son lugares donde siempre encontraremos agua fresca. O si queremos decirlo con una comparación distinta, el Apóstol San Pablo es siempre un alma en llamas. Esa llama no se apaga nunca, ese fuego no se apaga nunca.
Cuando te sientas desanimado, cuando sientas que tus pecados o los pecados de la humanidad destruyen tus ganas de trabajar por Cristo, abre a San Pablo, abre los escritos de Pablo, porque el Señor Dios le concedió a San Pablo una fortaleza casi increíble.
Cuando nosotros pensamos en la cantidad de decepciones, persecuciones, traiciones, torturas, soledad, enfermedad, cárcel, muerte, que rodearon continuamente a este Apóstol, nos damos cuenta de que sólo una llama vigorosa del Espíritu Santo, pudo haber soportado tanto frío, tanta incomodidad, tanto dolor, tanta soledad. Realmente Dios estaba en él.
Y por eso los escritos de San Pablo son llamas siempre ardiendo, o si lo queremos ver en la otra comparación, son agua siempre fresca.
Cuando sintamos que nos estamos ahogando por las incoherencias, por los pecados de las personas o de nosotros mismos, aquí encontraremos de esa agua fresca; o cuando sintamos que nos estamos entibiando y necesitemos de nuevo la llama, el amor, el fuego, hay que ir a San Pablo.
Dios le concedió esta virtualidad al Apóstol, y esa virtualidad está en los escritos de él y esa virtualidad está ahí para que nosotros la recibamos.
Porque hay que saber que todos estamos sujetos al vaivén del corazón humano, y el corazón humano sí que es inestable. Un día sentimos que estamos muriéndonos por Jesucristo, que seríamos capaces de todo; otro día sentimos que no lo necesitamos o que no nos interesa; y otro día su presencia casi que nos incomoda.
Así es el corazón humano, así somos nosotros. Un día sentimos que acudir a la comunidad, que ir al grupo, es como ir a una fiesta, como ir a un banquete, como acudir a una boda; otro día sentimos pereza, tedio, pesadez, incomodidad; un día sentimos que bastaría abrir la boca para que Dios mismo hablara, otro día sentimos que Dios puede hablar a través de cualquier persona menos a través de nosotros y que estamos secos, fríos y ausentes.
Por eso la primera recomendación es: hay que ir al agua segura, al agua cierta, hay que ir a la llama que no se apaga. Y la llama que no se apaga es la llama del Espíritu de Dios y esa llama ardió con fuerza y con perseverancia y con constancia en los escritos de San Pablo.
Lo mejor para la depresión espiritual: San Pablo. Lo mejor para la cobardía espiritual: San Pablo. Lo mejor para la tibieza espiritual: San Pablo. Lo mejor para una persona que cree que ya se acomodó y que ya hizo mucho: San Pablo. San Pablo una y otra vez.
Por algo, mes tras mes y año tras año, la Iglesia sigue repitiendo estas palabras, las palabras del Apóstol y sigue predicando desde ellas y con ellas, para que ese fuego se contagie, para que ese fuego llegue también a nosotros.