O313001a
Fecha: 19961106
Título: La palabra de Cristo a veces resulta desconcertante para nosotros
Original en audio: 3 min. 57 seg.
A veces nos resulta un poco desconcertante Jesucristo, tan amable y acogedor en los momentos de dificultad, y como tan hosco, tan huraño en los momentos en que las cosas parecen ir bien.
Cuando aquel pasaje de la adúltera, ¿quién más respetuoso, quién más amable, casi cariñoso que él? Pero aquí, cuando las cosas van bien y empieza a congregarse la gente, entonces empieza a hablarles de Cruz y de dificultad.
Y parece que así sucede en muchos otros lugares del Evangelio. Cuando se encuentra con los enfermos, con los pecadores, con los tristes, hay siempre una palabra de bálsamo para ellos; pero cuando estos tristes ya están alegres, hay siempre una palabra de cruz para ellos.
Entonces, parece que Cristo no puede ver a alguien triste sin anunciarle el Evangelio, pero tampoco puede ver a nadie alegre sin anunciarle que es el Evangelio de la Cruz.
Y de ese modo, tiene siempre una palabra, tanto para los alegres como para los tristes. Una palabra igualmente desconcertante para aquel que se siente perdonado gratuitamente y para aquel que siente que se le piden condiciones también gratuitamente.
En este sentido, Cristo resulta ser un pésimo político. No aprovecha los movimientos de las masas, no aprovecha los momentos de efervescencia y calor, no aprovecha esos momentos, sino más bien intenta, cuando hay una multitud, hablarle a cada uno, pero cuando le habla a cada persona, parece que le estuviera hablando a la humanidad.
Nos dice por ejemplo, que estar con Él es como construir una torre de sólidos cimientos, pero también nos dice que estar con Él es como presentar una dura batalla. Ciertamente, no una batalla contra Él, pero sí una batalla contra un rey poderoso que ataca con veinte mil soldados. Se esfuerza entonces en presentar los aspectos más duros del discipulado a aquella cantidad de gente.
Y cuando mucha gente le deje, como nos lo narra el capítulo VI de Juan, en paz, y casi diría, con una cierta dureza, les pregunta a los discípulos si también ellos quieren irse.
Jesucristo obra como si no necesitara de nadie, pero no necesitando de nadie, parece que buscara a todo el mundo. No pide nada para sí mismo, pero tampoco parece que pueda vivir sin nosotros.
No busca honores, no busca comunidades y, en realidad, en Cristo se cumple plenamente aquello que dijo San Pablo: "Yo no busco vuestras cosas, sino a vosotros" 2 Corintios 12,14.
Dejémonos entonces encontrar por este Jesús y dejemos que su Evangelio de la cruz, de la gracia y de la gloria impregne toda nuestra vida.