O312002a
Fecha: 20021105
Título: El amor de Cristo por nosotros siempre sale victorioso
Original en audio: 12 min. 3 seg.
Hermanos:
Comer juntos, compartir la comida en casa, ha sido siempre una señal de amistad cercana, de parentesco, una señal de amor y de amistad que se comparten.
Y si esto es así en nuestro tiempo, tiempo de comida rápida, de comida chatarra, de comida "light", mucho más en tiempos de Jesús, tiempos en los que comer era todo un ritual y los puestos en la mesa tenían una gran importancia.
Porque además, no comían ellos como nosotros con una mesa a la altura más o menso de la cintura, unas sillas, sino usualmente recostados en cojines, de manera que el que llegaba del camino, lo primero que tenía que recibir era un lavatorio en los pies, tenía que lavarse los pies o tenían que lavarle los pies, para poder participar del banquete, porque con pies polvorientos y enlodados, no se puede entrar en medio de telas y cojines, que era como el ambiente natural de la comida.
De modo que cuando Cristo nos habla del banquete, no nos habla de provisión de alimento, sino nos habla de un clima de confianza, de amistad, de amor, de cercanía. Por algo Jesús, para mostrarnos el tamaño de su amor, quiso que fuera un banquete, el Banquete Eucarístico, el gran memorial de su presencia entre nosotros: “Haced esto en conmemoración mía” San Lucas 22,19, dice Cristo.
De modo que el banquete es esa imagen del compartir. Qué profunda se vuelve esa palabra “comunión” cuando pensamos en un banquete, sobre todo en estos banquetes de los que habla Cristo y estos banquetes que vivió Cristo.
Para nosotros la comunión a veces es un instante, además sucede de una manera tan impersonal, tan acelerada, tan anónima, se pone uno a pensar, sobre todo en las grandes iglesias, ojalá que sean iglesias de una gran ciudad: la gente hace fila, no sabes quién va adelante, no sabes quién va atrás; pasas, pasas, ahí lo importante es que el asunto funcione, que rote la gente; llegas, miras por un instante al sacerdote: “-Cuerpo de Cristo", "-amén”. Sale la persona, se acabó el momento. una oración y adiós todos. Tiene muy poco de clima.
Cómo sería la Iglesia, se pone uno a pensar, si nosotros pudiéramos reconstruir el clima de un banquete, el clima que sintió Jesús, el clima espiritual, afectivo, fraterno, como en la mesa de familia donde nadie es extraño y donde si se invita a uno, se le rodea de cariño y de atenciones, hasta hacerlo sentir en casa.
Así debe ser la Iglesia, y ese es el banquete con que sueña Cristo, pero a ese banquete hay mucha gente que no quiere entrar, que no le interesa entrar porque está ocupada en otras cosas.
Y por medio de unos sencillos ejemplos, Jesús muestra que su invitación muchas veces cae en el vacío. Jesús quiere compartir con nosotros ese ambiente, ese clima de amor, de cercanía, eso es lo que Él quiere compartir con nosotros, pero su invitación muchas veces no interesa, porque estamos interesados o porque hemos estado interesados en otras cosas.
"Un campo, compré un campo, ¿cómo me voy a perder de estrenar mi campo?". "Unos bueyes, ¿cómo me voy a perder de estrenar mis bueyes?" Y bueno, una esposa; "Me acabo de casar, entonces tengo que estrenar matrimonio".
Es la novedad de algo de algo que yo tengo, es la novedad de algo que a mí me interesa, es la novedad de lo que puedo llamar mío; esa novedad de lo que es mío, esa novedad me vuelve miope a la novedad de Dios.
Lo podemos decir de de otra manera: Las cosas que nosotros tenemos, de pronto nos hacen olvidar que Dios nos tiene a nosotros, y por eso llega un momento en el que hay que preguntarse si nosotros tenemos las cosas o son las cosas las que nos tienen a nosotros; si somos dueños de las cosas o si las cosas ya se adueñaron de nosotros; porque tienen tanto poder, porque nos distraen tanto, porque nos fascinan tanto, que incluso una invitación venida de parte de Dios, parece que cayera en el vacío.
Pero no dejemos un sabor de derrota. La parábola misma muestra cómo el amor de Dios sabe hacerle el quite a la terquedad humana y busca otras maneras de llegar. Se parece al agua, el agua no se frena, se le pone un dique, se le pone una talanquera y va rebosando, rebosando hasta que se bota otra vez o se desvía por otro lado o da un rodeo.
Con Cristo Jesús ha llegado una inundación de amor al mundo y ese diluvio, que ya no es un diluvio de destrucción como el de Noé, sino es un diluvio de misericordia, que es lo que ha salido de la Cruz del Señor, ese diluvio no se va a detener, eso es lo que nos quiere decir la parábola, que tal vez hay algunos que están engolosinados con sus cosas, o con sus novedades, o con lo que pueden manejar, que tal vez hay algunos, que más que tener las cosas, las cosas los tienen a ellos.
Está bien, esos serán algunos. Pero Dios, en esa inundación de misericordia, no se detiene por eso, da un rodeo, salta, sale por otro lado, abre un nuevo camino, un nuevo brazo para ese río, y llega el amor entonces a otras personas, y entonces los primeros convidados, los que deberían estar, se la pierden.
Pero llega la gracia, pero llega la luz y triunfa el amor por otro camino. Tal vez gente que no parecía que fuera llegar a esa sala tan digna y tan noble: "Sal a las plazas y calles y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos, a los cojos" San Lucas 14,23, los que parecía que estaban excluidos.
Este Señor no quiere por ningún motiv, comer solo; este Señor no se aguanta la riqueza de amor que tiene adentro; este Señor maravilloso tiene que desbordarse en generosidad, y si el primero no quiso, querrá el segundo, el tercero, el quinto, pero llegará, el amor llegará.
Este pensamiento del amor victorioso, debe borrar en nosotros la desilusión por aquellas veces que el amor parece ser rechazado y parece fracasar. El amor no fracasa, el amor, aunque rechazado, vence; el amor alcanza su meta, lo que sucede es que es por otros caminos, tal vez no con la gente que nosotros quisiéramos, y continuamente pasa así.
Hay un ejemplo, no sé si será demasiado familiar, demasiado sencillo, que ayuda a entender esto. Cuando nosotros nos hemos acercado al amor de Dios, con toda seguridad, hay muchas personas que quisiéramos que nos acompañaran en esta aventura de gracia y de gozo, quisiéramos que nos acompañaran tantas personas que son nuestros amigos, nuestros parientes, personas que están cerca de nuestros afectos.
Y nosotros a ellos les hacemos una invitación como la que hizo el señor de este banquete, de pronto le hemos dicho, qué sé yo, al esposo, o a los hijos, o a los vecinos, a los amigos muy queridos: "¡Ven, ven, ve, que vale la pena, ven!"
¿Y cuántos de nosotros no hemos tenido la experiencia de ver cumplirse el evangelio? ¿Cuántos de nosotros hemos visto que sí se cumple lo que dice el evangelio, que cada uno resulta con una excusa? Y yo creo que hasta las excusas siguen siendo muy parecidas: "No, hay algo que tengo que probar, hay algo que tengo que hacer, hay un amor que ha nacido en mi vida, estoy en otra cosa".
Esto sigue cumpliéndose y esto seguimos viendo que es una realidad y seguimos encontrando que son los pobres, los cojos, los lisiados, los ciegos; somos nosotros los que sentimos tanta necesidad, somos nosotros los que sentimos tanta hambre, los que siempre le encontramos un sentido y siempre le encontramos un sabor al Banquete de Jesús.
Y esto tiene que hacernos muy humildes, hermanos, porque si estamos aquí no es porque seamos muy buenos, sino porque somos muy necesitados, porque hay gran hambre en nosotros. Jamás llegaremos al Banquete de Dios como haciéndole un favor a Dios: "Bueno, está bien, voy a complacerte".
Nadie llega donde Dios haciéndole un favor a Él. Siempre llegamos donde Dios necesitados, y bendita necesidad, bendita cojera, bendiga ceguera, bendita pobreza, bendita necesidad, porque es ella la que nos mantiene como perpetuos invitados al Banquete de Dios. Por algo decía ya uno de los libros sapienciales: "Señor, no me des tanto, que llegue a despreciarte; ni me des tan poquito, que llegue a renegar de ti." [[:Categoría: ]].
Dios sabe cómo lo lleva a uno, y Dios lo lleva a uno en medio de necesidad y de esperanza. Dios nos lleva a través de la cojera y la ceguera, pero también a través de la salud y de la caricia.
Dios sabe cómo lo va conduciendo a uno, y si hoy estamos aquí en esta anticipación del Banquete, es porque hemos experimentado ambas cosas: sentimos necesidad, pero también sabemos cuál es el sabor de amor que tiene el Pan que nos da Dios, y ese Pan no es otro sino Jesucristo en la Eucaristía.
Amén.