O304001a
Fecha: 20021031
Título: “Ayudanos, Senor, a caminar con libertad en esta tierra”
Original en audio: 8 min. 11 seg.
Mis Hermanos:
Es muy significativo el título que recibe esta sección en la Biblia de Jerusalén. Preparando, precisamente, esta reflexión para ustedes con todo cariño, miraba el texto de la Biblia de Jerusalén y allí encontrar una descripción para este final de la Carta de los Efesios. ¡Cuántas riquezas nos ha dado Dios en este documento precioso!
En esta Carta, que como decíamos en alguna ocasión, es un momento de madurez en la teología, un momento de madurez teológica del Apóstol, y así nos hemos venido encontrando con el maravilloso plan de salvación.
Un plan en el que brilla la fidelidad de Dios para con su pueblo, pero en donde brilla también la misericordia de Dios para con aquellos que no eran su pueblo, para con nosotros, los paganos que no somos o que no éramos su pueblo. Bueno, el título que recibe esta sección es “el combate espiritual”.
San Pablo nos dice: “Fortalecéos en el Señor y en su poder” Carta a los Efesios 6,10, y empieza a hablar de las armas de Dios, después de mostrar cómo la grandeza del tesoro que ha llegado a nosotros; nos invita a prepararnos para defender ese tesoro y esa es una enseñanza para nosotros.
Cuántas cosas valiosas nos ha dado Dios, ¿qué hemos hecho con ellas? Todo aquello que viene de Dios, todo aquello que el Señor nos ha regalado, todo eso es tesoro; pero precisamente, porque es tesoro hay que defenderlo.
Miremos, mis hermanos, cómo defendemos el dinero, esos carros blindados que se pasean por las calles, muchas veces con escoltas y siempre con agentes armados, ¿por qué? Porque ahí van los tesoros de los bancos, de las empresas, de las familias, de las personas.
Defendemos con carros blindados y con escoltas y con armas ese dinero, aunque es un dinero que no podemos llevar más allá de la tumba, porque de nada le sirvió al Faraón meter en su pirámide tanto oro, sólo sirvió para enriquecer a los saqueadores; ese oro que no podemos llevar más allá de la muerte, lo protegemos con carros blindados, con escoltas y con armas.
¿Y los tesoros que Dios nos da, los tesoros de su enseñanza, de su sabiduría, de su piedad, de su perdón no merecen ser defendidos? Por eso San Pablo, después de describir la fidelidad y la misericordia de Dios, después de describirlos con esas expresiones tan vivas, tan profundas que son realmente una fuente para toda la teología cristiana.
Después de toda esa descripción, el Apóstol nos invita a aprender a defender el tesoro de Dios, esto no lo podemos olvidar, cuando recibimos el bautismo recibimos tesoro de gracia, ¿qué hemos hecho con ese tesoro de gracia?
Cuando nos confesamos recibimos el tesoro de la amistad divina, ¿qué hacemos con ese tesoro? ¿Cuántas Biblias tenemos en la casa? ¿Cuántas Biblias nos han regalado? ¿Qué hemos hecho con esas Biblias? ¿Qué hemos hecho con esa Palabra? ¿Está durmiendo debajo del polvo y del gorgojo?
Cuando recibimos la confirmación el obispo oró por nosotros pidiendo la efusión abundante del Espíritu Santo, como en el día de Pentecostés, y Dios cumple su promesa, y esa infusión se nos ha dado a nosotros, ¿qué hemos hecho con ese regalo maravilloso, con ese regalo del Espíritu en nosotros? ¿Será un regalo que permanece sin siquiera ser abierto? ¿Eso es lo que hemos hecho con nuestro tesoro?
San Pablo nos dice: “Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las asechanzas del diablo” Carta a los Efesios 6,11. Y viene una cosa que es fundamental, me parece a mí, para aprender a vivir y para aprender a madurar; a ver, esto merece que nos detengamos un poco.
Dice San Pablo en esta lectura: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, las potestades, los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas” Carta a los Efesios 6,12.
En verdad es muy fácil despistarse y, por ejemplo, en la comunidad eclesial, en nuestra experiencia cristiana, es muy fácil cuando encontramos obstáculos, cuando encontramos anti testimonios, es muy fácil concentrarnos en las enemistades, en los problemas y en el choque de voluntades con otros seres humanos.
Por ejemplo, para un religioso resulta muy fácil entrar en conflicto con el superior, porque no le deja hacer tales o cuales cosas, pero San Pablo nos invita a ir más allá, es como si nos dijera: “Mira no te enredes en peleas humanas”.
¿Cuánto tiempo perdemos juzgándonos y condenándonos y haciéndole fiesta a Satanás? Cuando el esposo le echa toda la culpa de su vida a la esposa y su familia, la esposa le echa toda la culpa de su vida y todo el desastre de su existencia al esposo; le están haciendo un festín al diablo y hay carcajadas en el infierno por esas peleas que destruyen, que acaban los tesoros de la gracia.
San Pablo nos invita a todos, porque por eso les ha hablado a las familias, a los esposos, a los papás, a los hijos; San Pablo nos invita a todos a que sepamos levantar la mirada. Pecado hay en los seres humanos, debilidad hay en los seres humanos, pero hay que saber levantar la mirada.
No concentrar las fuerzas en nuestra batalla espiritual contra los eres humanos; más allá del jefe, más allá del superior o del súbdito, más allá del esposo o la esposa, más allá de la rebeldía de los hijos, o de la indiferencia o la incomprensión de los padres, más allá de todo eso, hay que saber descubrir quién es el gran enemigo, y hay que saber cómo se lucha contra ese enemigo.
Nos dice entonces Pablo que, "tenemos que ceñirnos con la verdad y revestirnos de la justicia, y tenemos que tener calzados los pies con el celo por el Evangelio, que tenemos que defendernos con el escudo de la fe, porque en ese escudo se detendrán los dardos encendidos del maligno” Carta a los Efesios 6,14-17.
Es decir, es una descripción según las armas y armaduras de la época de Pablo, es una descripción que nos invita a tomar en serio lo que hemos recibido de Dios.
Y por eso, en este instante le pedimos al Señor, en este instante le clamamos a Cristo Jesús: “Dios, regálanos sabiduría para descubrir quién es nuestro verdadero amigo, se llama Dios; Y quién es nuestro verdadero enemigo, ese enemigo que se esconde de mil maneras y que pretende reírse de nosotros”.
“Ayúdanos, Señor, a no enredarnos con la carne y la sangre, con los afectos, las preferencias, los gustos o los proyectos de otras personas. Ayúdanos, Señor, a caminar con libertad en esta tierra, y a preservar lo que vale, lo que verdaderamente permanece, lo que nunca termina, lo que tú nos has dado para gloria tuya en los cielos.