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La primera lectura de hoy, está tomada de la Carta de San Pablo a los Efesios, en el capítulo tercero. En este texto Pablo nos habla de un misterio que ha estado muy oculto, un misterio que, sin embargo, él ha llegado a conocer y que lo comparte con gozo. Cuando uno lee cuál es ese misterio, quizá, se queda un poco perplejo, porque lo que dice Pablo es que el gran misterio es que los pueblos paganos, los pueblos no judíos, están llamados a recibir la misma herencia del pueblo judío; ese es el misterio (cf. Ef 3,2-12). Y uno dice, tal vez, por ignorancia, dónde está el misterio ahí, es decir, qué es lo misterioso de eso. Vamos a tratar de explicarlo con el favor de Dios, invocando al Espíritu Santo. Lo que sucede es que en el Antiguo Testamento, hay una palabra bien importante, que es la palabra “elección”. El pueblo judío es el pueblo elegido, y sabemos lo que significa una elección; una elección significa un “sí” y un “no”. Si, por ejemplo, dos candidatos están aspirando a ser presidentes de la república, y uno es elegido, eso quiere decir que éste tiene el sí del pueblo, y el otro tuvo el no. De modo que la palabra elección es muy bella, porque nos habla de predilección, nos habla de amor, nos habla de gracia. Así por ejemplo, en el Libro del Deuteronomio encontramos que Dios mismo le dice al pueblo, por boca de Moisés: Si Dios os ha elegido, no es porque seáis los más numerosos, ni los más fuertes, ni los más buenos, sino por cumplir la promesa que hizo a vuestros padres, y por su bondad. De modo que la elección es grande porque manifiesta la bondad de un Dios que no tenía por qué hacer lo que hizo; sitúese usted, por un momento, en la lógica de los judíos: Él nos eligió, no tenía que haberlo hecho, pero nos eligió. Entonces, en el Antiguo Testamento, realmente, el lenguaje de la elección, prima, tiene mucha importancia; pero, junto con el lenguaje de la elección, es muy fácil entrar en el lenguaje de la “exclusión”, como quien dice: nosotros somos los elegidos, nosotros somos los del sí, y todos los demás son los del no, todos los demás no fueron elegidos. Más o menos como una joven que se va a casar y que es consciente de que el hombre con el que se va a casar, hubiera podido escoger a otra muchacha, pero ella siente: “yo soy la elegida y se casó conmigo, y quiere decir que no se casa con nadie más, quiere decir que yo soy la elegida y la incluida, y las demás no fueron elegidas, y son excluidas”. Es verdad, sin embargo, que ya en el Antiguo Testamento mismo, aparecen los límites de esa elección: por ejemplo, es evidente que el pueblo comete muchos pecados, es evidente que el pueblo −como le reprocha, por ejemplo Amós− es un pueblo infiel, es un pueblo que falla en muchas cosas. Entonces, la elección parece un poco extraña, porque es el pueblo elegido, pero no es un pueblo, llamémoslo así, “mejor”. También, en el profeta Ezequiel aparece algo muy interesante, y es que como que se le da la vuelta al lenguaje de la elección, porque Dios dice a través del profeta Ezequiel: Por culpa de ustedes se está ofendiendo mi nombre, porque la gente sabe que ustedes son pueblo mío, pero el comportamiento de ustedes no corresponde a eso que se podría esperar del pueblo del Dios altísimo. Es decir, que la elección, parece que tiene una responsabilidad, y todo indica que esa responsabilidad no se está viviendo, no se está cumpliendo; entonces, ¿qué vamos a decir?, ¿en qué queda la elección, realmente?. En el profeta Isaías asoma un tema muy hermoso que es el que va a conducir al descubrimiento del que nos habla San Pablo en este capítulo tercero de la Carta a los Efesios, y ese descubrimiento es, que esa elección tenía una misión, es decir, los elegidos tienen una vocación, y esa vocación no se cierra sobre ellos mismos, sino que esa vocación se vuelca sobre el resto de los pueblos: es decir, la elección del pueblo elegido, no era el final de la historia, sino que era el comienzo de una historia de amor, una historia de amor que implica una elección, que implica una vocación, y que implica –y esto es maravilloso− un servicio a los demás pueblos. De modo que a través del pueblo judío puede llegar esa salvación a los demás pueblos, y esto es lo que asombra a Pablo: cómo se pasa de la lógica de la exclusión a la lógica de la evangelización, cómo se pasa de la lógica del muro y del aislamiento a la lógica del anuncio y la predicación de la gracia; el hecho de que Dios haya previsto las cosas de esa manera es lo que le asombra y es lo que hace que él diga: profundo es este misterio, pero ahora se ha revelado. Unámonos al gozo del apóstol, sobre todo, en la gratitud por la compasión y la sabiduría infinitas de Dios.