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Fecha: 19981017

Título: ¿Como estamos haicendo oracion de peticion que le dirigimos a Dios?

Original en audio: 17 min. 55 seg


Tal vez la forma más común de la oración es la oración de petición, precisamente porque la vida humana está sometida a tantas contingencias, a tantas limitaciones y a tantas contradicciones. Es muy frecuente, es casi obligado, que aquel que tiene una fe, apele a su Dios, acuda a su Dios pidiendo ayuda.

De manera que si la religión es un hecho prácticamente universal en la humanidad y si la religión está unida a alguna forma de oración, podemos decir que casi todos los seres humanos, que de una u otra forma, quizá de manera equivocada algunos a sus ídolos, pero todos o casi todos los seres humanos, conocemos y practicamos esta oración, oración de petición.

Es algo que brota en todos los corazones, pero Jesús nos dice que "el árbol se conoce por sus frutos" San Mateo 7,20.

Y si este árbol de las peticiones crece en todas partes, hay que ver la calidad de fruto que da en cada una de esas partes, es decir, en cada corazón; hay que ver cuál es el fruto que da, que por decirlo más sencillamente, hay que ver cuál es la calidad de nuestras peticiones.

Todos los seres humanos o casi todos oramos, y de alguna u otra forma, pedimos. No se aparta de esta misma regla el mismo Señor Jesucristo que pidió y dio tantas cosas y dijo: "Lo que pida al Padre me lo concederá” San Mateo 18,19.

No se exime Jesucristo de esta ley universal, pero lo que pide cada corazón muestra el amor y el interés que hay en cada uno de ellos.

Por eso podríamos aquí tomar aquel refrán y decir: “Dime qué pides cuando oras, y te diré quién eres"; dime como es tu oración de petición, y te diré qué intereses hay en tu alma y te diré, por consiguiente, cuál es la estatura, cuál es el recorrido, cuál es la profundidad de la vida del Espíritu en ti”.

Sabemos de sobra que cuando las oraciones de petición se concentran sólo en las cosas materiales, seguramente es muy poco lo que se ha podido avanzar.

Cuando solamente se piden las cosas necesarias para esta tierra y para la vida en esta tierra, más que una verdadera relación de fe y de amor, debemos decir que lo que hay es una especie de negociación, una especie de negocio que se le quiere poner a Dios.

Pero bueno, ese es el escalón de los más bajitos, ¿pero cuáles son los otros escalones? ¿Cómo podemos mejorar nuestra oración de petición? ¿Qué podemos pedir que tenga mejor cavidad y mayor calidad? Porque es también claro que ninguna vida espiritual puede avanzar sin la oración, está claro que la oración es la vida del alma.

Y por consiguiente, está claro que sólo en la oración está la clave del crecimiento espiritual, y por consiguiente, de la fecundidad apostólica, y por consiguiente, la evangelización de la vida toda de la Iglesia.

¿Qué otras peticiones, qué más se puede pedir? Pues ahí está el Padre Nuestro que trae para nosotros una serie maravillosa de aspiraciones, de anhelos del corazón de Jesucristo. Decir que el Nombre de Dios sea conocido, amado, glorificado; pedir que el Reino de Dios venga; pedir a Dios que se haga su voluntad, pedirle que nos perdone nuestros pecados; esas son también peticiones.

El Espíritu de Jesucristo va mas allá, desde luego, va mas allá de esta fórmula. Es ella la primera señal, el más precioso resumen de la oración Cristiana: el Padrenuestro, pero no es el único y por eso, quisiera que volviéramos por un momento a la Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios, aquello que él dice, el testimonio que él da de su propia adoración.

Cuánto había obrado el Espíritu Santo en el corazón de este hombre para que pudiera orar como estaba orando, para que pudiera pedir lo que estaba pidiendo.

“Yo que he tenido noticia de vuestra fe, no ceso de dar gracias por vosotros y os recuerdo en mi oración a fin de que....” Carta a los Efesios 1,15-16, y ahí cuenta qué es lo que él pide, es un regalo que él le pide a Dios para que se lo conceda a esta comunidad de los Efesios.

Un regalo tan hermoso que yo quisiera que lo contempláramos por un momento, que aprendiéramos a desearlo para nosotros mismos y para las personas que nos rodean, para nuestras comunidades, para nuestros amigos y parientes.

“Os recuerdo en mi oración, a fin de que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la Gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo” Carta a los Efesios 1,17.

¿Quién de nosotros, al orar, por ejemplo por su familia ha pedido esto? Tal vez alguno haya pedido o rogado esto. ¿Cierto que nuestras oraciones son como pobres? Casi siempre pensamos en que tenga buena salud, en que conserve la fe, en que se entienda y que no peleen.

Ya no estamos sólo en los bienes materiales, ya no estamos pidiendo solamente el pan, la lechuga, las salchichas, el pimentón, la sopa; quizá nos levantamos un poquito de ahí cuando pedimos que tengan un poco de paz, ya estamos pidiendo algo mejor, pero mira, cata, por favor, saborea esta súplica: "Y le pido a Dios que os de espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo" Carta a los Efesios 1,17.

Yo creo que esta es una oración que hay que hacer por todas las comunidades cristianas, pero creo que hay que hacerlas sobre todo por aquellos que han recibido un llamado especial dentro de la Iglesia.

Cuando miro un grupo de seminaristas, cuando miro un grupo de novicios, cuando miro un grupo de promoción vocacional, ¿qué puedo yo rogar al Señor Dios por esos muchachos o por esas jóvenes? Esta es la oración que hay que hacer por las novicias, por los seminaristas, por los laicos comprometidos, esto: "Ruego a Dios que les de espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo" Carta a los Efesios 1,17.

Porque la imagen preciosa que Dios quiere realizar en nuestra vida, no cabe en ninguna pantalla, cuando se trae una película o unas filminas se pueden proyectar en una pantalla de tela o en una pared en último caso.

Pero esta imagen de Dios sólo se proyecta bien allí, donde ya está la imagen de Dios, es decir, en el corazón humano y por eso, es necesario implorar el espíritu de revelación, espíritu de sabiduría.

Qué bueno pedirle a Dios esto: "Señor, regala espíritu de sabiduría a este grupo de novicios, regálales, que puedan tener un conocimiento directo, personal, porque toda la mediocridad de nuestra vida, toda, depende de a dónde estamos mirando"

Si nosotros miramos, por ejemplo, a un techo relativamente bajo, entonces decimos: "Bueno, yo no estoy tan mal, si me superó, pero un poquito"; si la mirada estuviera más alta, si estuviéramos, por ejemplo, junto a la inmensa basílica de San Pedro, entonces diríamos: "¡Ah, pues si la altura es esa, tengo mucho que avanzar!"

Y si el Señor nos concediera contemplar así el cielo y las estrellas y nos diera anhelo de ese cielo y de esas estrellas, entonces diríamos: "Realmente estoy muy pero muy bajito".

Pero lo importante no es que uno se sienta bajito o pequeñito, lo importante es que la contemplación de las grandezas que Dios tiene para nosotros, aumenta el amor, aumenta el ansia, aumenta el hambre.

Así como cuando una persona va llegando más o menos la hora de la cena, pero resulta que no hay cena, por cualquier motivo no está lista, pues la persona más o menos se aguanta, pero llega el momento de pasar a la mesa y entonces le cuentan la comida: "¿Sí sabe que nos van a dar de comida? Hoy hay un plato maravilloso, hoy nos van a dar esto, esto y esto, y eso lo prepararon de esta manera y de esta otra", el ansia crece.

O como la persona que va caminando por el campo muerta de sed y apenas alcanza a oír allá a lo lejos el rumor que le parece música de una cascadita, una quebradita, este hombre no ve la hora de llegar allá y de calmar su sed en esas aguas.

Ese es el papel que tiene tiene el Espíritu de revelación y sabiduría en nuestra vida y eso es lo que tenemos que pedir por los sacerdotes, sobre todo jóvenes.

Lo que tenemos que pedir por los laicos comprometidos, por los misioneros, por las novicias, hay que pedir eso, a todos los que empiezan en la vida cristiana, a todos los que están iniciando un camino.

Hay que pedirle a Dios que les dé espíritu de sabiduría y de revelación, porque si se van a medir solamente con modelos humanos tan mediocres como somos muchas veces, quienes rodeamos a estas vocaciones, si se van a medir así de cortito, van a decir, "pues así estoy bien" y pierden el impulso, y pierden el amor y las ganas.

Hay que pedirle a Dios que les de espíritu de revelación, de sabiduría, que sea el mismo Jesús que más cerca que cualquier sacerdote, que cualquier confesor, que cualquier libro, que cualquier predicador, Cristo esté más cerca que cualquier palabra humana, que cualquier modelo humano, que cualquier explicación.

Si Jesucristo está primero en nuestra vida, si es Él revelado en nuestro corazón, el que está en primer lugar, no vamos a necesitar ni el acicate de las exhortaciones, ni el aguijón de las correcciones, no, no vamos a necesitar eso.

Cuando por fin un sacerdote se encuentra así, cara a cara con Jesús, cuando recibe espíritu de sabiduría y revelación y siente que su problema, el problema de su vida no es lo que diga el obispo, el provincial ni lo que diga la gente, el problema es que mi Señor está aquí y me ama y me ha amado sin medida.

Está aquí cerca a mi lado y me ama a mí y me quiere a mí, quiere guiarme a mí; ese encuentro personal, ese encuentro maravilloso con Jesucristo suple todo lo demás; cuando una persona, cuando un sacerdote, cuando una religiosa, cuando un consagrado, cuando un bautizado se encuentra así con Jesucristo, ya no necesita que le pongan motor.

Cuando uno está empezando, a veces uno necesita que le pongan motor, porque se desanima, porque tiene poquito impulso, como los carritos de juguete, de plástico, que uno los empuja y corren unos poquitos centímetros y luego se varan; así hay vocaciones que reciben un impulsito y avanzan un poquito y luego están esperando a que les den cuerda, a ver si sigo o si no sigo.

Y muchos de nosotros somos unos grandes mediocres, por eso la vida va pasando, y por eso se nos van pasando los años, porque no tenemos el motor adentro, sino estamos esperando a que venga un Capítulo General, a que venga un predicador, a que aparezca un libro, a que suceda un milagro, a que llegue un grupo, a que lo que sea para que me mueva, porque no tenemos el motor adentro.

Hay que pedirle al Apóstol San Pablo que infunda esta oración en todos nosotros esta oración: "Que en todo os dé espíritu de oración y sabiduría para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llamo, para que comprendáis cuál es la riqueza de la gloria que dan herencia los santos, para que comprendáis cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos" Carta a los Efesios 1,17-19.

Espíritu de sabiduría y de revelación, iluminar los ojos del corazón para comprender tres cosas: cuál es la esperanza a la que Dios me llama, cuál es la riqueza de la gloria que Él da a los santos y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros.

La esperanza, la riqueza de la gloria y la grandeza del poder que el despliega a favor nuestro, como ya lo manifestó en Jesucristo.

Esa es quizá nuestra petición en el día de hoy, cada uno lo puede pedir para sí mismo y, además, lo podemos pedir unos para con otros, porque cuando a una persona le sucede esto, como digo gráficamente, ya tiene el motor adentro, ya no toca estarlo acosando, ya no toca estarlo vigilando, ya no toca estarlo corrigiendo, ya tiene vida adentro, tiene vida propia.

Esta es la diferencia entre las vocaciones vivas y entre las vocaciones de maniquí, como aquella que dejaron: ahí quedo como estatua, son vocaciones sin impulso, sin creatividad: tu dejas un maniquí así, y así se quedó y en una semana está así cubierta de polvo.

Hay que tener vocaciones, necesitamos vocaciones, necesitamos gente que viva su bautismo con motor adentro, que tenga el motor adentro, gente que tenga el espíritu de Dios adentro, gente que se haya encontrado personal y maravillosamente con Jesucristo.

Y que sepa que su reto y su compromiso es en primer lugar con Él, ¿por qué? Porque hay una esperanza a la que Él me llama, porque hay una riqueza de gloria que promete a los santos y porque hay una grandeza, hay un poder gigantesco, un poder maravilloso que hay un poder maravilloso a favor de los que creemos en Él.

Que el Señor Dios, en su misericordia, nos regale ese espíritu, realmente el Espíritu Santo, ese es el motor de que se habla, que Él nos dé espíritu de sabiduría y de revelación e ilumine los ojos de nuestro corazón, que nosotros nos encontremos así con Jesús y, animados por ese fuego interior, le sigamos hasta sus últimas consecuencias..