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El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo once de San Lucas. La frase que se destaca en medio de las palabras, podríamos decir, fuertes, duras de Cristo, es: “Sí, les aseguro que a esta generación se le pedirá cuenta de todo esto” (Lc 11,51). Antes de examinar esa frase, yo quiero destacar el tono de Cristo: es un tono de denuncia, es un tono de diatriba, es un tono de regaño, y lo destaco porque en este hermoso año de la misericordia, hay muchos que han insistido en el aspecto de la bondad, y de la ternura, y de la dulzura, y eso es parte de la misericordia, pero la misericordia, precisamente, porque es amor al bien del necesitado, a veces también tiene que tener firmeza. Me llama la atención cómo el gran predicador de la misericordia en nuestro tiempo, que es el Papa Francisco, varias veces ha mostrado con sus palabras esto que estamos diciendo. Así por ejemplo, hace unos meses, hablando a los jefes de la mafia en el sur de Italia, pues, les predicaba sobre el infierno. No es que el Papa los tuviera reunidos en un salón, sino que hablando a la gente en general, hablaba del daño que causan estos jefes mafiosos; y las palabras del Papa eran bien duras. Y lo mismo con ocasión de los bombardeos absolutamente inhumanos que están sucediendo en Siria; también el Papa, ahí decía: “Tendrán que rendir cuentas a Dios, los que envían bombas para destruir un hospital”. Esas palabras son duras, eso de poner a una persona a que tome conciencia: “vas a comparecer ante Dios"; eso es fuerte y eso ha hecho el Papa. Entonces, lo primero que quiero destacar, es que la misericordia no es solamente palabras dulces, palabras bonitas, palabras agradables; la misericordia, también, incluye a veces esa dureza, esa rudeza, que no es falta de amor, sino que precisamente es el amor que quiere sacudir, que quiere conmover al que está distraído o que está, tal vez, postrado ante sus ídolos. El otro punto que he mencionado es el de que se le va a pedir cuentas a la generación en la que Cristo vivió, de toda la sangre, dice, y habla desde la sangre de Abel (cf. Lc 11,50-51). Esta expresión resulta un poco misteriosa, pero aquí conviene recordar una bellísima predicación de un obispo de la antigüedad, un hombre llamado Melitón, él fue obispo de una ciudad de la antigua Turquía, que no se llamaba Turquía en esa época, era conocida como Asia Menor; la ciudad donde él fue obispo fue Sardes, y este hombre es conocido como Melitón de Sardes. Y decía el obispo Melitón, en una hermosa predicación de la Pascua, que Cristo es aquel que sufría en la persona de Isaac y de José –el que fue vendido a Egipto–, y que Cristo fue aquel que fue calumniado, es decir, que Cristo, de alguna manera, ya estaba presente en todos aquellos que eran inocentes, y en cuanto eran inocentes y sin embargo sufrían, y precisamente en cuanto sufrían; allí donde hay sufrimiento inocente, ahí hay algo de Cristo. Este es un pensamiento muy hermoso de Melitón, un pensamiento que nos está llamando a dos cosas: en primer lugar, a reconocer en Cristo, el embajador de todos los pobres del mundo; y en segundo lugar, a reconocer que Cristo ha querido asumir todo dolor inocente. De modo que el dolor, por ejemplo, del pobre que es privado de sus derechos, del campesino que es explotado, del obrero al que no se le paga un salario justo; ese también es dolor de Cristo. El dolor y el crimen que se comete contra el niño no nacido, ese también, es dolor de Cristo. Y es importante que nosotros reconozcamos que allí donde hay inocencia, y allí donde hay sufrimiento, allí está Cristo, ahí está Cristo padeciendo, y ahí está la sangre de Cristo, como denuncia, pero también, como llamado a la conversión y como puerta de la misericordia. Entonces, los dos mensajes de hoy: primero, que la misericordia también tiene un aspecto de dureza, en la medida que es necesario sacudirnos; y segundo, que podamos descubrir en todo dolor inocente, una presencia de Cristo, que nos está llamando a conversión, que nos está llamando, también, a aceptar la donación del amor de Dios.