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Fecha:19961017

Título: Pedir con amor a Dios que caiga sobre nosotros la Sangre de Cristo

Original en audio: 11min 14 seg.


Como se puede ver, las palabras de Jesús tienen pronto cumplimiento en el evangelio que acabamos de escuchar. Dice Jesús que "a esa generación se le habría de pedir cuenta de toda la sangre de los profetas, desde la de Abel hasta la de Zacarías" San Lucas 11,50-51.

Y efectivamente, terminada la diatriba, empiezan a acosarlo con preguntas capciosas para cogerlo con sus propias palabras, es decir, para llevar a cumplimiento precisamente lo que el mismo Señor les acababa de decir.

Tres reflexiones podemos hacernos sobre este encuentro, esta disputa entre Jesús y los fariseos y juristas.

En primer lugar, esa expresión que dice el Señor: "A esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas" San Lucas 11,50 hace que la Sangre de Jesús derramada injustamente como la de Abel, derramada violentamente como la de aquel de Zacarías, sea una sangre más, un manchón más en la historia de la humanidad.

El dolor de Cristo es uno más de los dolores, es uno más de los crímenes que ensangrientan las manos de la humanidad. La Sangre de Jesucristo es una más de las injusticias y de los dolores que cuenta la historia de la humanidad.

Pero esa Sangre no es indiferente a los ojos de Dios, esa Sangre está escrita en alguna parte, esa Sangre, como dice aquel texto de Abel, "grita, clama", y Dios escucha el clamor de esa Sangre injusta.

Si no hubo espacio para esas vidas en esta tierra, Dios no fue indiferente a esas muertes en el cielo, y por consiguiente, en la Sangre de Cristo aparece retratada la ignominia de la humanidad, el aspecto más oscuro del ser humano.

Cuando se coagule la Sangre de Cristo en el madero de la Cruz, esa mancha negruzca será precisamente la imagen de la oscuridad del alma humana, esclava del pecado, incapaz de amar, capaz en cambio de imponerse y de odiar.

Nuestra primera enseñanza entonces es que Cristo voluntariamente mete su Sangre en la larga historia de la sangre injusta del mundo; y de ese modo, Cristo Jesús, especialmente Él, el completamente inocente, será la gran mancha de la humanidad.

Pero en segundo lugar, hay que tener en cuenta que esta Sangre de Cristo, aunque es injustamente derramada como tantas otras, tiene una particularidad, -eso no lo dice directamente el evangelio de hoy, pero sí lo dice en otros lugares-.

Es una Sangre derramada por los enemigos de Cristo, pero es una Sangre que brota de sus propias venas, para decirlo sin parábola, es una Sangre ofrecida por Él mismo; a los demás, les rapan la vida, "les cortan la trama" Isaías 38,12. como dice el rey enfermo en el libro de Isaías, a los demás "les cortan la trama" Isaías 38,12.

Jesús, en cambio, al morir, más que morir "da el Espíritu" San Juan 19,30, como bien lo dice en el evangelio de Juan, y de ese modo la Sangre de Cristo es gloria para Dios, es al mismo tiempo la suprema injusticia de la humanidad y la suprema misericordia del Padre.

Y por eso, el manchón negro y coagulado de la Cruz, se convierte en fuente de limpieza y de blancura hasta el punto, como sabemos, de que el libro del Apocalipsis nos dice de los mártires que "han blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero" Apocalipsis 7,14.

Es una Sangre oscura, es una Sangre negra que limpia, que da blancura, que da belleza; es al mismo tiempo expresión de lo mas terrible y de lo más hermoso; es al mismo tiempo el último y peor de los crímenes, el más injusto de los asesinatos de la humanidad, pero también la más fina, la más exquisita de las ternuras de Dios.

Y al comulgar, debemos comulgar así; al recibir el Cuerpo de Cristo, hay que recibirlo como cuerpo de un torturado, no se puede comulgar con el Cuerpo de Cristo, olvidándose de la cadena lamentablemente larga y pesada de crímenes que pesa sobre la humanidad.

No se puede beber de la Sangre del Señor sin recordar tantas sangres injustas, empezando por la sangre de aquellos que son muertos en el propio vientre de sus madres, y a veces, muchas veces dolorosamente, con el conocimiento y la aprobación y el deseo de ellas mismas.

No se puede comulgar en la sangre de Cristo, olvidándose de la sangre de tantos que mueren sin fe, sin una mano ayuda, sin una palabra de consuelo.

Pero tampoco se puede comulgar en la Sangre de Cristo, sin recordar que Dios desde el principio lo había anunciado ya en esa figura de Abraham. Lo que pidió a Abraham, que sacrificar a su propio hijo, nos parece excesivo, excesivo tendría que parecernos el que Dios haya llevado hasta el final el sacrificio de su Unigénito.

En tercer lugar, dice Jesús: "Se le pedirá cuenta a esta generación" San Lucas 11,51.. De alguna manera Cristo es la última profecía, es el último mensaje.

"Se le pedirá cuenta a esta generación" San Lucas 11,51, está diciendo lo mismo que dice el capítulo primero de la Carta a los Hebreos: "En otros tiempos habló a nuestros padres por medio de los profetas; en estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado por medio del Hijo" Carta a los Hebreos 1,1-2.

Cristo como Palabra decisiva, como última Profecía, como último Enviado del Padre. Ese carácter último de Cristo, hace que Él haya sido llamado "el profeta Escatológico", el Profeta de los últimos tiempos, o quizá dicho más sencillamente, el Último Profeta.

Con Cristo nos acercamos así al final de una historia triste, pero también al principio de una historia de amor. Con Cristo nos acercamos al culmen rebosado de las maldades humanas, pero también a la palabra final, a la palabra decisiva de Dios, y esa palabra pronunciada en la Cruz, es misericordia, es perdón.

Cristo es el último de los Profetas, es la Palabra última de Dios, es la Palabra completa y decisiva del Padre, y por eso recibir a esa Palabra es ganarlo todo, y perder esa Palabra es perderlo todo.

"Que venga sobre nosotros, que caiga sobre nosotros su sangre" San Mateo 27,25, gritaba la ignorancia y la rabia del pueblo judío alebrestado por sus jefes, allí frente a Pilato.

"Que caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos" San Mateo 27,25, es un modo semita de indicar: "Nosotros nos hacemos responsables de ese crímen".

Cuando así gritaban, quizá sin saberlo, estaban cumpliendo esta profecía: "Se le pedirá cuenta a esta generación" San Lucas 11,51.

Pero si bien se mira, "que caiga sobre nosotros su sangre" San Mateo 27,25, aunque fuera dicho con rabia o con ignorancia, era una hermosa súplica.

Y el pueblo Cristiano podría gritar también así, ya sin odio, sino con grande amor: "Que caiga sobre nosotros el manantial de su Sangre, que nos bautice y que renueve en nosotros el bautismo, que blanquee nuestros corazones, que ilumine nuestras mentes, que nos haga semejantes a Dios".