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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20001014

Título: Cristo nos habla a traves de su palabra y nos abraza a traves de sus sacramentos

Original en audio: 13 min. 7 seg.


Yo creo que todos nosotros en algún momento hemos pensado: "¡Qué alegría para las personas que pudieron estar en el tiempo de Cristo! ¿Cómo hubiera sido eso, de escuchar al Señor, ver esos milagros maravillosos, contemplar su rostro?"

Creo que muchos hemos pensado en eso: "Y esa voz del Señor, esa voz de Cristo, esas señales maravillosas de sus manos, ¡qué alegría estar cerca de Jesús!"

Resulta que la Carne de Cristo, su Cuerpo, su Humanidad santísima, la que recibió de la Virgen María, efectivamente es fuente de santidad, nadie lo duda, y por eso está muy bien lo que dijo aquella mujer en el evangelio: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron" San Lucas 11,27.

Desde luego, que esa Humanidad santísima, ese Cuerpo que salió de las entrañas de la Virgen María, ese Cuerpo es causa de santificación; pero esa alegría y esa santidad que brotan de esa Humanidad quedaron reservadas precisamente para esa mujer, para María en ese momento y para la gente que pudo estar alrededor de El, que fue muy poquita gente comparada con todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Por eso Jesús dice: "Mas bien dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" San Lucas 11,28, porque esa bienaventuranza no queda reducida, no confinada a unas pocas personas.

La Carne santísima de Cristo queda reducida a un tiempo y a un espacio, como la carne suya o la carne mía; nuestro cuerpo tiene limitaciones, nuestro condición corporal conlleva limitaciones; pero hay algo en Jesucristo que está más allá del tiempo y del espacio y es esa presencia victoriosa de su palabra.

Por eso, nosotros estamos llamados a participar de la gracia de Jesucristo, participando de la eficacia de su palabra.

¿Cómo puedo yo experimentar hoy la mano de Cristo, la mirada de Cristo, la voz de Cristo? ¿En dónde puedo encontrarme con Cristo para tener esa experiencia de santificación, de transformación? Cristo nos lo dice: "A través de la escucha de la Palabra de Dios y a través del cumplimiento de la Palabra de Dios".

Escuchando y atendiendo la Palabra de Dios, cada uno de nosotros puede percibir dentro de sí, puede experimentar dentro de sí la potencia de la presencia de Jesucristo.

Cristo de alguna manera se extiende, se prolonga, prolonga sus manos, prolonga su corazón, extiende su mirada, prolonga su encarnación a través de la predicación y de la presencia de la Palabra.

Escuchemos entonces siempre la Palabra de Dios como el que sale al encuentro de Cristo, escuchemos la predicación siempre con la actitud del que dice: "Señor, tú estás aquí verdaderamente presente, y a través de esta Palabra tú quieres buscarme, tú quieres abrazarme, tú quieres sanarme, tú quieres reconstruirme".

A través de la predicación de la Palabra, que está precisamente en el corazón y los labios de la Iglesia, a través de la Iglesia, Cristo sigue predicando, Cristo sigue llegando, Cristo sigue tocando, Cristo acariciando, y es el mismo Cristo.

Porque si esta bienaventuranza, la bienaventuranza de escuchar y cumplir la Palabra, es mayor que que la bienaventuranza de poder tocar y abrazar esa Humanidad que Cristo recibió de María, si esta bienaventuranza es mayor, ésta es la que nos toca a nosotros, la bienaventuranza de escuchar, de acoger, como María también.

Escuchar, acoger, recibir esa Palabra, hacerla vida de nuestra vida, y sentir cómo así Cristo, en medio de nosotros, hace su obra.

Decía un gran predicador francés, Bossuet: "La Iglesia es Jesucristo transmitido, Jesucristo comunicado". A través de la predicación de la Iglesia, a través de la voz de la Iglesia que me trae esta Palabra, es Cristo que me sale al encuentro.

Y hay momentos particulares, hay momentos singulares en que esa presencia de Cristo se hace más patente, se hace más densa, esos son los que nosotros llamamos los sacramentos.

Cuando me acerco a la confesión y el sacerdote me dice: "Te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu", esas palabras ya no son las palabras de un hombre mortal, no es él el que tiene la autoridad para perdonarme, es Cristo presente en ese sacerdote que me está dando el perdón, ahí puedo sentir, a través de la voz de la Iglesia, ahí puedo sentir la voz de mi Cristo.

Cuando la Iglesia te dice, por ministerio del sacerdote, del obispo, te dice: "Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre", el sacerdote no está diciendo que ese es el cuerpo de él, sino está diciendo Cristo, es Cristo en persona el que está pronunciando esas palabras en medio de la comunidad; y cuando tú recibes, esa la Hostia Santísima, cuando tu sientes ese alimento que llega a tu corazón, es Cristo el que está acariciando tu vida.

Fíjate, la Iglesia prolonga esta bienaventuranza del del evangelio de hoy, la Iglesia es Jesucristo mismo, es Cristo transmitido, es Cristo prolongado; y tú recibes, especialmente a través de la predicación y de los sacramentos, tú recibes ese momento, esa presencia del Señor Jesús. Y así con los otros sacramentos.

El día que nos bautizaron, decía San Agustín: "Cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza", fue Cristo quien dijo esas palabras: "Yo te bautizo en el nombre del Padre". Era Cristo tomando esa voz, tomando esa boca, diciendo esas palabras, metiéndose en su propio misterio, en el misterio de su Cruz, de su muerte, de su resurrección. Era Cristo el que lo estaba diciendo.

Por eso, mis hermanos, el evangelio de hoy ¿a qué nos está invitando? No está invitando a agradecer la humanidad, la corporeidad real de Cristo, agradecerla; pero a entender, que a través de la predicación de la Palabra en el ministerio de la Ïglesia, a través de la presencia de la Palabra en los sacramentos, Cristo te sigue llamando feliz, si tú recibes esa Palabra, si tú la acoges, si tú la haces tuya, si tú la cumples, ahí es Cristo el que está visitándote.

Y es impresionante. Yo les podría contar tantos testimonios, les cuento sólo uno. Hace poco una pariente de mi cuñada estaba gravísimamente enferma, esperaba un desenlace mortal, se encontraba en cuidados intensivos de alguna clínica allá en su ciudad, y la familia dijo: "Pues bueno, la unción de los enfermos, que no se muera sin sacramentos".

Dicho sea entre paréntesis, por favor, no esperen al momento más cruel, cuando ya el enfermo está inconsciente para llevarle al sacerdote; la idea es que el enfermo participe la celebración.

Oiga, llegamos donde esta pobre mujer, efectivamente, destruida, pues, por la enfermedad, inconsciente, con un color, me disculpan, cadavérico, y celebramos ahí, junto con otras personas, la presencia de Cristo.

Porque en la unción de los enfermos Cristo toma la humanidad del sacerdote y Cristo acaricia al enfermo y le da vida, y le da salud, y con esa fe grande nos fuimos, porque el sacramento de la unción no es un sacramento para que se termine de morir; es un sacramento, como todos los sacramentos, para la vida, vida en esta tierra, si es voluntad de Dios, vida eterna, si esa es la decisión de Dios.

Pues allá nos fuimos, a orar y administrar la Unción de los Enfermos. Cuando nos despedimos, no se me olvida la cara triste del médico, un médico muy sensible, fíjese que hay médicos muy sensibles, y él nos decía: "Yo le pido a Dios que yo nunca me acostumbre a la muerte, ni me acostumbre al dolor de tantas personas que pasan por estos cuidados intensivos", el hombre realmente conmovido.

Pues han de saber ustedes, que a través de esa unción, esta señora detuvo su caída al borde del abismo, estaba a punto de morir.

Pues se estabilizó y empezó a recuperarse, recuperó la conciencia; y de ahí, la pudieron sacar de cuidados intensivos a una pieza del hospital; y de ahí, la pudieron sacar para la casa. Cristo acarició a su enferma, Cristo tocó a la enfermita y la sanó. Eso es bello y eso lo hace Cristo.

Y hace poco nos pasó otra historia semejante con el bautismo. Una señora angustiada vino a pedirnos que si podíamos bautizar a su hija, una niñita de unas semanas o mesesitos de nacida, una bebita, con una situación crítica, todos los médicos decían: "Se muere".

Pues fuimos allá con esa fe grande; uno sabe que Dios hará su santa voluntad, uno no puede imponer la voluntad de Dios, pero con esa fe grande fuimos. Ese fue un bautismo con vasito, unas goticas de agua sobre la cabecita, y pedirle a Dios que la tomara, y Dios la tomó.

Porque en el bautismo Dios abraza a la persona y le dice: "Tú eres mío". Y Dios tomó a la bebita esta, y también en ese caso se frenó ante la puerta del abismo, ante el borde de la tumba, se frenó, oye, y empieza a recuperarse.

Para mí son demostraciones de que Dios está vivo en su Palabra, de que Dios está en sus sacramentos; Dios quiere acariciar a la gente, Dios quiere consolar a la gente, Dios quiere sanar a su pueblo, y a través de la predicación y de los sacramentos, Cristo, el mismo Cristo de ayer, de hoy y de siempre, está presente y está obrando en la gente.

Ese es el Cristo que nosotros celebramos hoy, ese es el Cristo que nos ha hablado aquí. ¿Saben que hay una plegaria eucarística tan bonita que dice: El mismo nos explica las escrituras y parte para nosotros el pan"? Dice la plegaria eucarística quinta.

Cuando tú sientas que entraste a una predicación como que entendiste, tú tienes que decir: "Cristo me abrió el entendimiento y como que pude entender la Escritura"; y cuando asisitas a la Misa, tienes que decir: "Cristo partió para mí su Pan, me dio de sí mismo, sacó de sí para regalarme, para enriquecerme, para sanarme para instruirme".

Sigamos esta celebración con mucha alegría, con mucho gozo, vamos a pedirle al Señor Dios que a todos, pero especialmente a los que vayan a comulgar, les regale la dulce experiencia de sentirse amados, tocados, sanados por Él.

Amén.