O272002a

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Fecha:20001010

Título: La predicacion del Evangelio es para reunir al pueblo que ya le pertenece a Dios

Original en audio: 10 min. 49 seg.


Después de algunas semanas de escuchar textos de los libros sapienciales, en esta semana número veintisiete del Tiempo Ordinario, volvemos al Nuevo Testamento, esta vez con un documento vigoroso del Apóstol San Pablo, tal vez el documento más agresivo de él: la Carta a los Gálatas.

Preparémonos para recibir, de este Apóstol, un testimonio sumamente fuerte sobre lo que quire decir y sobre lo que puede hacer la gracia de Dios en nuestras vidas.

Precisamente, estamos en este semestre compartiendo con la mayor parte de nuestros frailes estudiantes, los estudios de los escritos del Apóstol San Pablo, y hemos pasado por esta Carta a los Gálatas.

Un documento con muy poca diplomacia, pero con muchísimo amor; un documento con expresiones muy rudas, nacidas de una especie de obsesión de Pablo: que no se pierda la verdad del Evangelio.

Y lo primero que él pone por delante es su propia experiencia, y en esto nos da lección a todos los predicadores.

El pone el fundamento último de sus palabras en aquello que le ha acontecido: "Aquel que me escogió desde el seno de mi madre, Aquel que me llamó a su gracia, Aquel que se dignó revelar a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,15-16.

Son tres maneras de designar una experiencia profunda, intransferible, personal; una experiencia que transformó al Apóstol, que lo hizo predicador, que lo constituyó en ese ministerio y que de alguna manera tiene también que ver con todos nosotros.

Yo quiero compartir alguna reflexión sobre esta triple expresión que utiliza Pablo en su Carta a los Gálatas.

Él se sintió escogido, se supo escogido, cuando iba por el camino de Damasco, como sabemos, por el capítulo noveno de los Hechos de los Apóstoles. Pero cuando reflexiona sobre su propia conversión, descubre que el llamado venía de mucho antes.

Yo creo que muchos de nosotros, en nuestra experiencia vocacional, podríamos decir algo parecido. Nosotros hemos descubierto al amor de Dios llamándonos en un determinado punto de nuestra vida, pero si reflexionamos bien, nos damos cuenta de que los antecedentes de esa vocación realmente tienen sus orígenes, incluso, en nuestra propia concepción en el seno de nuestras madres.

Es muy importante hacer ese ejercicio, porque recapitular la historia del amor de Dios, que no tenía respuesta, es una manera de empezar a responder de una forma renovada, agradecida, jubilosa a Dios.

Darse cuenta que Dios no nos empezó a amar cuando nosotros le empezamos a responder, sino que hay una historia de amores despreciados. Todos los amores de Dios, todas las obras del amor de Dios despreciadas, no son perdidas.

Aunque en ese momento no las apreciáramos, hoy, que somos un poco conscientes de lo que que ha hecho por nosotros, todos esos amores, todas esas obras de amor despreciado, se convierten en la convicción más contundente, en la convicción más fuerte, de que Él, verdaderamente, es el que sabe amar; Él es el que es digno de ser amado.

Segundo punto que nos dice Pablo: "Me llamó a su gracia" Carta a los Gálatas 1,15. El ámbito en el que se desenvuelve toda la vida de la Iglesia, toda la misión apostólica, todos los sufrimientos del Apóstol, es la gracia.

"Me llamó a su gracia" Carta a los Gálatas 1,15. Esta palabra, como sabemos, es fundamental en todo el pensamiento de San Pablo. "Me llamó a su gracia" Carta a los Gálatas 1,15, quiere decir, entre otras cosas, que sólo en esa atmósfera, sólo respirando ese ámbito de gracia, será posible todo lo demás del Apóstol.

Pregunta: ¿sentimos nosotros que vivimos, que permanecimos en la gracia? En el Catecismo, cuando se nos hablaba de "estar en gracia", me parece que se hacía como un cierto énfasis en lo que uno tenía que hacer para conservar la gracia, en la parte de uno.

"Me llamó a su gracia" Carta a los Gálatas 1,15, me llamó a ese espacio de amistad con El, me llamó a esa realidad que también describe San Juan: "Permaneced en mí" San Juan 15,5. Definitivamente, ahí hay algo muy profundo y muy fecundo.

"Permanecer en la gracia", no es simplemente evitar el pecado; "permanecer en la gracia", es como permanecer recibiendo la noticia del amor, permanecer recibiendo el regalo. Sólo el que siente su existencia como un contínuo regalo, puede predicar de contínuo el regalo.

Y en tercer lugar, lo que dice Pablo: "Se dignó revelar a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,16.

Ya en alguna ocasión, me acuerdo que reflexionábamos sobre esto. Es como si el ser humano fuera la única pantalla apropiada en la que se puede proyectar la realidad de la salvación, la realidad del Hijo de Dios, y en cierto modo, la realidad misma de Dios.

Convertir nuestra vida en ese lugar donde se proyecta, donde se muestra, donde se revela Dios. Descubrir en la propia vida a Cristo, no como un extraño, no como una idea peregrina que la puedo adoptar o no adoptar, sino como una presencia que ya está en mí, pero que de pronto se esclarece.

El teólogo jesuita Carlos Rahner habla de eso, de la presencia callada, la presencia implícita de Cristo en todo ser humano. Cristo no llega como llega la filosofía; Cristo no llega como llega la ciencia, como llegan las artes, de afuera hacia dentro, sino que más bien hay una presencia silente, una presencia discreta, tácita, implícita de Cristo en todo ser humano.

Y allá, la luz del Espíritu Santo, como que despierta esa presencia, y hace que ese ser humano pueda descubrir, en si mismo, la Obra de Cristo. Parece que esa es la clave de una verdadera, de una profunda conversión.

Cuando Cristo llega como una idea externa, otra idea la puede cambiar. A una filosofía se le opone otra filosofía. Y una buena parte del tiempo de los filósofos, como hemos dicho, es contradecir a todos los anteriores, y decir: "Sólo ahora, conmigo, se empieza a pensar a derechas".

Cristo no es una filosofía; Cristo, de alguna manera, está ya en nosotros, porque todo fue creado por El; y porque en su sacrificio redentor hay una voluntad explícita de salvación para todo ser humano, por eso Cristo "reposa", por así decirlo, ya en el alma humana, está ahí como dormido, como un gérmen, está ahí el Cristo.

Y a través de la predicación, a través de la gracia del Espíritu Santo, que es el Predicador interior, como que ese Cristo despierta y aparece ante los ojos del ser humano, y entonces puedo decir lo de Pablo: "Se dignó revelar a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,16.

Es muy interesante lo que dice en otro lugar el Apóstol Pablo, que "Cristo murió para reunir a los hijos de Dios dispersos".

La predicación del Evangelio es para reunir al pueblo que ya le pertenece a Dios; ya son suyas todas las naciones; son suyas todas las vidas; son suyas todas las historias.

Nosotros, como predicadores, cuando llegamos donde los pueblos, las naciones, las gentes, no llegamos a introducir un elemento extraño a esas vidas, sino a dar la clave de lectura de lo que ya esa persona esta viviendo. Cristo, especialmente en su Cruz, es la clave de lectura de todos los sinsabores, absurdos, cuestionamientos, grietas, del pensamiento humano.

El predicador no llega a agregarle algo a la vida, sino llega a despejar, por la fuerza del Espíritu Santo, a despejar, por una obra nueva de la gracia, eso que ya está, de algún modo en mi corazón, para que esa persona descubra, también ella, que desde el seno de su propia madre, Dios la había elegido y la había llamado a la gracia.

Siguendo las huellas de Pablo, y siguiendo este escrito a los Gálatas, recibamos esta preciosa catequesis que nos da el Apóstol sobre lo que significa ser predicadores.