O266001a
Fecha: 19981003
Título: Sin el don del Espiritu Santo no hay comunion de intereses entre Cristo y sus discipulos
Original en audio: 5 min. 5 seg.
El evangelio de hoy nos presenta el final de la misión de los setenta y dos discípulos. Este es un pasaje propio de San Lucas. Sólo Lucas nos habla de esta misión numerosa: setenta y dos misioneros que Cristo envió de dos en dos y que hoy vemos regresar jubilosos. “Hasta los demonios se nos someten” San Lucas 10,17, dicen ellos.
Jesús purifica la alegría de los discípulos, invitándoles, “no a concentrarse en la victoria que logran sobre el mal, sino en la gracia que reciben del bien” San Lucas 10,20. Y uno se pregunta: ¿Por qué Jesús cambió de estrategia?
Ya Lucas nos había contado de una misión en la que envió a otro grupo de discípulos, probablemente los doce solamente, de a dos en dos. Entonces, primero envió doce y luego, setenta y dos. ¿Por qué Jesús no siguió realizando misiones populares como éstas, si estaban dando buen resultado?
Jesús hubiera podido seguir diciendo: “Bueno, para la próxima misión ya no serán setenta y dos, sino vamos a enviar, por ejemplo, setecientos, o vamos a enviar mil misioneros. Ya con mil misioneros, prácticamente cubrimos Palestina. Y luego, cuando regresen, entonces organizamos una misión con diez mil, veinte mil misioneros, para irnos entrando en la cuenca del Mediterráneo”.
¡Es extraño que Jesús haya cambiado de estrategia! ¡Parece que esto estaba funcionando muy bien! Pero, sabemos que la verdadera estrategia de evangelización de Jesucristo, requería del don del Espíritu Santo. Efectivamente, aunque a los discípulos les haya ido bien, es distinta la alegría de los discípulos y distinta la alegría de Jesús.
La alegría de los discípulos es porque están venciendo a los antiguos enemigos. La alegría de los discípulos es porque aplastan el mal. La alegría de Jesucristo es una alegría en el Espíritu Santo y es por revelación del bien.
De manera que aquí cabe aquel refrán de, “juntos, pero no revueltos”. A pesar de que los discípulos estuvieran felices por el buen éxito de su misión y a pesar de que Jesús está feliz, son dos felicidades distintas. Y para que se lleguen a juntar estas dos alegrías, es necesario que los discípulos reciban el don del mismo Espíritu por el que Jesús se alegra.
Por tanto, aunque como estrategia estuviera muy bien humanamente hablando, en el fondo del corazón no hay todavía en ese momento una comunión de intereses, una comunión profunda de intereses entre lo que quieren los discípulos y lo que quiere Jesús.
Esa comunión de intereses, ese fundirse de amores, sólo será posible en la gracia del Espíritu Santo. Y la gracia del Espíritu Santo vendrá poderosamente a irrumpir en los corazones de los discípulos después de la Pascua de Cristo.
De modo que Cristo, -diríamos entre comillas-, cambia de estrategia, para que el Evangelio no sea un éxito humano simplemente, -como podía serlo en este momento-, sino para que los corazones le pertenezcan verdaderamente a Dios, para que las vidas se le entreguen verdaderamente a Dios.
Porque incluso, en el éxito de todo lo que yo puedo y de todo lo que yo logro, todavía hay mucha suficiencia y falta ese espíritu de los humildes, a los que les son revelados los secretos del Reino de los Cielos.
Para que la gloria sea sólo para Dios, es necesario que el ser humano aprenda a depositarse completamente con toda su vida y sus esperanzas ante Jesucristo, y esto es precisamente lo que se logra por la Cruz, por la Pascua y por el don del Espíritu Santo.
Ese don del Espíritu que consagra las especies eucarísticas, que nos permite reconocer a Cristo en la Eucaristía, que nos permite reconocerlo en las Escrituras, ese don del Espíritu quiere también llegar a nosotros, a nuestros corazones, para que suceda algo maravilloso, para que nosotros tengamos los mismos intereses de Jesucristo, el mismo amor de Jesucristo, o como decía San Pablo, “la misma mente de Cristo” 1 Corintios 2,16; Carta a los Filipenses 2,5.