O262002a
Fecha: 20021001
Título: Dios nos da derecho a recibir nuestras lagrimas
Original en audio: 24 min. 10 seg.
Hermanos, estas lecturas de hoy tienen como un manto de tristeza, porque Job se encuentra desesperado, tiene nostalgia de no haber sido abortado, maldice el día de su nacimiento.
Toda esa primera lectura es como una amargura que brota a borbotones, y tiene desde luego ese sello de tristeza.
Y luego está el evangelio que nos presenta también una escena triste, esta vez son discípulos de Jesús muertos de ira porque no les reciben y tratando de utilizar el poder del cielo para acabar con la gente que no los recibe bien en esta tierra.
Es decir que las dos lecturas de hoy tienen algo en común, nos presentan las respuestas del ser humano frente a la desgracia, nos presentan dos respuestas de los seres humanos frente a la desgracia.
El camino que toma Job en este momento de desesperación que tiene es la autodestrucción, que yo me acabara, que yo no existiera; y el camino que toman los discípulos de Jesús es la justicia por la propia mano, acabar, destruir al otro.
Son dos respuestas muy humanas, es lo primero que tenemos que decir, son muy humanas y muy entendibles. Por lo menos yo he tomado como tónica, después de escuchar a Job esas palabras tan terribles y ver que eso está en la Biblia, yo como que me escandalizo menos al ver las quejas, las lamentaciones, los dolores que tienen tantas personas.
Cuantas personas llevadas por la angustia, por la tristeza, viendo que sus derechos son despreciados, viendo que la enfermedad se los traga vivos, viendo que la pobreza avanza y extermina su patrimonio, cuantas personas no sienten lo que sintió Job, ganas de destruirse.
Hay una cifra tremenda que nos han dado en estos días en el país, dicen que por cada punto de porcentaje que sube el desempleo, aumenta la tasa de suicidios y el promedio para que nos duela es, 700 suicidios por cada punto de desempleo, de manera que si el desempleo está en el 16 % y pasa al 17 %, ese uno por ciento no es un número muerto en las paginas de un periódico, no es una cifra para que la diga un locutor de la radio, ese 1 % se traduce en setecientas muertes, setecientos suicidios.
Y yo mismo he tenido ocasión, y seguramente ustedes también, he tenido ocasión de escuchar personas que en el colmo de la desesperación hablan como Job y dicen – yo para que nací, yo no tenía que haber nacido, mejor que me hubieran dejado morir- entonces algunos pasan de las palabras a los hechos y dicen “yo voy a acabar con mi vida” y son setecientos muertos por cada punto de desempleo, el hecho de que estas palabras estén en la Biblia ¿Qué nos está indicando? Pues dos cosas: primero, que tenemos que tener una actitud de inmensa comprensión frente al dolor humano y frente a las expresiones que a veces dicen las personas.
El refrán reza “nadie sabe la sed con la que otro camina” el dolor que hay en muchos corazones es una cosa que solo mi Dios conoce, y esta es la segunda enseñanza, si esas palabras están en la Biblia es porque Dios conoce también de ese dolor.
Bueno, esa es una respuesta, respuesta entre comillas, la autodestrucción “voy a acabar con mi vida porque esto no tiene sentido” la otra respuesta es “voy a tomar la justicia por mi propia mano” y de eso también sabemos en Colombia. Los orígenes de todo el movimiento paramilitar son esos, personas cansadas de sentirse agredidas y sentirse que nadie las defiende, personas agobiadas por la inseguridad, por el dolor, por el secuestro por ese otro impuesto que se llama el boleteo, personas agobiadas por todo eso que dicen “ni que estado ni que fuerzas armadas ni que nada, yo voy a organizar quien me defienda” y voy a pagarle a alguien quien me defienda y así empiezan los grupos paramilitares en Colombia.
¿Y eso que indica? Que esta situación, que estos sentimientos que aparecen acá en el evangelio, pues son sentimientos profundamente humanos “¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?” (San Lucas 9,54).
Así como antes decíamos que las palabras de Job las hemos oído en gente desesperada, por la enfermedad, por el desempleo, por lo que sea, así como antes decíamos que las palabras de Job las hemos oído y de pronto hasta las hemos pronunciado, frente a algunos crímenes, frente a atentados terroristas, frente a delitos execrables, como que a uno le salen estas palabras, como que les llegan a la punta de la lengua, “debería bajar fuego del cielo y acabar con esa gente” ?” ( San Lucas 9,54).
Son palabras que seguramente las hemos tenido también muy cerca de nuestro corazón, con una pequeña diferencia, que estos discípulos, como ya habían hecho misiones y habían expulsado demonios y habían sanado y curado enfermos, ya sentían que tenían el poder en sus manos, porque fíjese la pregunta tan presuntuosa que le hacen a Cristo “¿quieres que mandemos...?” ya ellos se sienten dueños del fuego del cielo “¿quieres que mandemos...?” antes fue que le preguntaron a Jesús, porque ellos como que sentían que ya tenían poder suficiente para hacer un pase mágico, ahí iba a caer fuego del cielo, a destruir esa aldea de samaritanos “¿quieres que mandemos...?” ya ellos se sienten dueños del fuego del cielo.
Y ahí está retratado el ser humano, cuando se siente dueño del poder lo utiliza para hacer justicia por su propia mano. Y hay mucha gente, por lo menos en Colombia, que no tiene el fuego del cielo, pero por lo menos sí tiene el fuego de la tierra, tienen sus pistolas, sus ametralladoras que también echan fuego y entonces eso no le preguntan a Jesús ¿quieres que le echemos fuego a esta gente? Sino que de una vez toman la decisión y van procediendo y van acabando con los otros, llámese la guerrilla si quiere destruir las injusticias que ve en el país o llámense los paramilitares y están aburridos de las boletas de la guerrilla. Esa es gente que toma esta misma actitud.
Bueno, entonces vemos que hay dos maneras muy humanas como nosotros respondemos frente al dolor, frente a la angustia y frente a la injusticia y esas dos maneras son destruyéndonos a nosotros mismos, el camino del suicidio o tomando la justicia por la propia mano y destruyendo a las otras personas, pero el salmo que hemos utilizado de respuesta y las palabras de Jesús en el evangelio yo creo que nos invitan a mirar las cosas de otro modo.
Lo que hemos dicho en el salmo de respuesta es: “llegue hasta ti mi suplica Señor” ( Salmo 87, 1-2) es un salmo que describe una situación de angustia total pero la mira de otra manera, “mi alma está colmada de desdichas” “tengo mi cama entre los muertos tu cólera pesa sobre mi” (Salmo 87, 5) todas esas expresiones son también expresiones de dolor, pero son expresiones de un dolor que se abre hacia Dios.
Dicho de otra manera, no es pecado tener dolor, no es pecado sentirse al borde de la angustia, eso no es pecado, no es pecado sentir que las fuerzas ya no nos dan mas, al fin y al cabo somos solo seres humanos, no somos de bronce, no es pecado sentir ese dolor, sentir que se nos acaban las fuerzas, sentir que no hay una salida, sentir eso no es pecado, lo importante es que ese sentido y ese sentimiento se abran hacia Dios, porque si eso no se abre hacia Dios, si eso no explota hacia Dios entonces explota reventándonos a nosotros o reventando a los otros, reventando a los hermanos.
¿Y el problema cual es? que si nos hacemos daño a nosotros mismos o si lastimamos y destruimos a otros hermanos ¿que estamos haciendo? lo que nos han enseñado los papas ¿que sucede en esos casos?, alargando la cadena de la violencia, la respuesta a la violencia no puede ser mas violencia, porque todo el que toma la justicia por su propia mano no hace sino añadirle otro eslabón a la cadena de la violencia.
El que se destruye así mismo dejando un hogar, una familia, unos amigos repletos de confusión y tristeza o el que destruye a otros, lo único que hace es añadirle otra carga mas a este mundo y añadirle otro dolor y otras lágrimas a esta tierra y añadirle otro eslabón a la violencia ¿pero que hago que tengo dolor? Pues tiene usted el derecho de tener dolor y tiene el derecho de expresar su dolor.
Pero viene aquí a nuestra ayuda otro salmo que es muy hermoso, también un salmo de mucho dolor que dice “recoge mis lagrimas en tu odre Dios mío” (Salmo 56, 9). No es pecado tener lágrimas de rabia, de decepción, de tristeza, no es pecado tener lágrimas, pecado sería no tenerlas.
Santo Tomás de Aquino llega a decir que se puede pecar cuando una persona no siente ira ante la injusticia, a veces pensamos que toda ira es pecado, pero santo Tomás nos explica, ¡no señor! pecado sería no tener ira ante unas injusticias y uno puede llegar a llorar de rabia, o de dolor, o de soledad, pero lo importante es esta pregunta ¿a que odre van tus lágrimas? ¿A donde las estás derramando? ¿Las estás derramando al suelo? ¿Las estás derramando en el olvido? ¿las estas derramando como tributo ante el altar de la violencia? O las estás derramando ante Dios como suplica, como intercesión.
No es pecado llorar, no es pecado sentirse uno que le rebosa el alma de desconcierto y de cólera, no es pecado eso, al contrario, si uno no sintiera a veces esas cosas indicaría que a uno no le importarían las cosas que a uno no le importa nada.
No es pecado sentir que nos desbordan esos sentimientos, eso no es pecado, lo importante es saber a quien le mostramos nuestra herida y ante quien derramamos nuestro llanto, y fíjate que en el fondo, si lo pensamos bien, eso fue lo que salvó a Santiago y a Juan, Cristo los llamaba los atronados, los hijos del trueno, los Boanerges, los llamaba así porque ya se ve el temperamento que tenían.
¿Qué hubiera pasado si estos atronados no le dicen a Cristo? ¿si no hablan con Cristo que hubiera pasado? Supongamos que ellos sí hubieran tenido ese poder que creían que tenían y que ellos no le preguntan a Cristo ¿qué hubiera pasado? Pues que el fuego del cielo se traga esa aldea de samaritanos, como dicen que sucedió con Sodoma y con Gomorra, es decir, si ellos no le cuentan a Cristo lo que iban a hacer seguramente sucede la tragedia, pero ellos le cuentan a Cristo y eso les salvó.
O sea que fíjate que es lo mismo del salmo, el salmo expresa la situación de una persona que revienta de dolor y de hecho se está estallando, se está desconociendo de ira, pero esa ira y ese dolor, y ese momento en que se revienta y se descose lo hace ante Dios y eso lo salva a uno, eso es lo que salva al salmista y eso es lo que salvó a los atronados, que ellos cuando se fueron a reventar primero se reventaron ante Jesús y eso dio chance de que Jesús, como dice acá, se volteara, los corrigiera y siguieron su camino.
Entonces ahí entendemos una cantidad de cosas que las podemos resumir en tres, primero, tenemos que tener mucha comprensión, no complicidad, pero sí mucha comprensión con las personas que sufren, con las personas que se quejan, incluso con los que dicen palabras tontas, palabras necias, Job resultó diciendo palabras necias ahí, que es eso de que “no mejor me hubieran abortado, ya estaría enterrado” (Job 3, 1, 16 ) son palabras necias.
Cuando oigamos palabras necias hay que saber tener un poquito de paciencia sin ser cómplices y cuando oigamos palabras de gente que protesta y dice: “que se acaben” “que los acaben” “que el fuego del cielo…” recordemos la lectura de acá, sepamos entender la situación de esas personas sin ser cómplices, sin apoyar eso, esa es la primera enseñanza.
La segunda, que tenemos derecho a sentirnos mal, un cristiano no es una estatua griega a la que todo le resbala, que el país se está descuadernando, no importa, que en mi familia hay unas deudas descomunales no importa, que me va a tragar el cáncer no importa, no señor, nosotros no somos de bronce ni somos estatuas griegas, las cosas sí nos importan, las cosas sí nos duelen y tenemos derecho, Dios nos da derecho a que nos duelan las cosas y a que sintamos incluso ira o tristeza o lo que sea.
Pero luego viene el tercer punto, delante de quien vas a reventarte, ¿vas a reventarte delante del inocente? Como cuando un papá llegó de mal genio porque le fue mal en el trabajo y regaña injustamente a los hijos ¿vas a desquitarte con la esposa inocente? ¿vas a desquitarte con el pueblo pobre y oprimido? ¿vas a es quitarte con el que nadie tiene que ver? ¿vas a alargar la cadena de la violencia? o que vas a hacer.
La Biblia nos da una respuesta “recoge mis lagrimas en tu odre Dios mío” (Salmo 56, 9) entrega tus lágrimas en el odre divino, abre tus fuentes de dolor incluso de ira, ábrelas para ofrecerle a Dios, lo que estás sintiendo, lo que estás viviendo, seguramente Dios nos va a corregir, no esperemos que Dios todo nos lo va a aprobar, seguramente Dios, así como corrigió a estos discípulos suyos, así a nosotros nos va a corregir.
Sobre esto hay una historia con la que quiero terminar estas palabras, había una señora que tenía un hijo, bueno, tenía varios hijos, pero el mayor era el gran orgullo de su corazón y de sus ojos, el niño tenía como unos doce años y era entusiasmado con la bicicleta, pero imprudente con la bicicleta, como todos los niños, y este niño desobedeciendo a los papás tomó una gran carretera, una gran calle, se atravesó, tuvo un terrible accidente y murió, no alcanzó a cumplir los trece años de edad, obviamente la mamá quedó destrozada por esta situación, este es un caso de la vida real que lo conocí como testimonio.
Esta mujer quedó destrozada, pero ella siguió este consejo que estamos dando en este día, ella no pensó, yo soy una estatua griega, yo soy de bronce a mi nada me duele, no claro que no, ella se despedazó de dolor y siguió el consejo que hemos dicho, empezó a llorarle a Dios a abrir su corazón con el Señor, en esos momentos de tribulación más que ningunos otros ella abrió su alma y empezó a hablarle a Dios y a preguntarle “y como era esto” “y por qué le había sucedido esto” “y que ella no era mala” bueno, todas las cosas que se pueden decir en esos casos, “y por qué me pasó esto” y así pasó mucho tiempo, muy explicable cierto, reclamándole a Dios, por que su hijo, su hijo tan bello, su hijo tan sano, por qué su hijo tan joven tenía que morirse así.
Ella cuenta, porque si no lo contara ella como que no valdría el testimonio, ella cuenta una cosa que le pasó, un día dormida tuvo un sueño y en el sueño vio, esta es una señora norteamericana la que cuenta esto, en el sueño vio que estaban llevando para ajusticiar para pena de muerte a un cierto señor, un caballero que tenía unos treinta años ó treinta dos años, lo llevaban para ajusticiarlo, es decir, era el momento de acabar con esa vida, ustedes saben que en ese país, en muchos estados de ese país existe la pena de muerte y allá iban a ajusticiar y ella como que vio el rostro que era conocido, pues era el hijo de ella que lo iban a ajusticiar y tenía como unos treinta y tantos años.
Y ella llevaba muchos meses o yo no sé si años llorándole a Dios y diciéndole que era injusto que se haya llevado a su hijo, y entonces Dios le mostró cual era el camino, así lo interpreta ella que es la que da ese testimonio, cual era el camino que llevaba ese muchacho, porque era un chico que uno llama un chico travieso, pero un chico travieso era que estaba acostumbrado a hacer trampa, un chico ventajoso, un chico que sacaba ventaja en todo, y que trataba de salirse con la suya como fuera.
A los doce años de edad eso no produce mucho, pero a los quince a los veintiocho, a los veinticinco o a los treinta, Jesús le mostró en ese sueño que se había llevado su hijo en el momento más apropiado, en el momento preciso, me llevé a tu hijo cuando podía yo sentir que lo iba a tener conmigo siempre, le dijo Jesús, y ella pues si no lo dice ella uno no lo cree y ella quedó tan tranquila, ella quedó con tanta paz, y entonces ella dijo mi Dios es sabio Dios sabe, ¿quien dijo que todo el mundo tiene que vivir cuarenta años u ochenta años? hay gente que de pronto tiene que vivir menos y otros de pronto tienen que vivir más.
Con este ejemplo que quiero decir, que cuando nosotros le abrimos el corazón a Dios no solamente es para que Dios nos diga “tranquilo papito, tranquila mamita usted es el bueno y todos los demás son los malos” no, de pronto Dios lo que nos muestra es, fíjate que tu llanto y tu reclamo no tienen razón de ser, que fue lo que Jesús le dijo a esta señora, fíjate que tu manera de quejarte y fíjate que tu reclamo no tienen razón de ser, porque yo lo que he hecho contigo es un maravilloso acto de amor y tu hijo está para siempre conmigo y está mejor que en cualquier otra parte.
Entonces no era diciéndole: “sí mamita usted puede llorar, llore todo lo que quiera que usted tiene toda la razón” Cristo no le dio la razón a ella, pero Cristo recibió las lágrimas y las quejas de ella.
Moraleja para nosotros, tenemos derecho a llorar delante de Dios, a sentir angustia, pues claro que tenemos derecho, ¿significa eso que mi Dios nos va a dar siempre la razón y va a decir sí usted es el bueno y todos los demás son los malos? No señor, muchas veces Dios, como en el ejemplo de esta señora, lo que nos va a mostrar es, fíjese como lo que parecía tan malo en realidad es muy bueno y fíjese como usted que parecía muy bueno a veces parece que no es tan bueno sino que tiene sus cosas que debe corregir.
Bueno, démosle gracias a Dios por esta enseñanza, descubramos que nuestro Dios, por decirlo de alguna manera, es tan humano, es tan maravilloso, descubramos todos los derechos que tenemos como hijos de Dios, porque estos son derechos de hijos de Dios descubramos que tenemos esos derechos y estemos abiertos para que el Señor con su luz nos muestre caminos que a nosotros no se nos ocurrían. Sigamos nuestra celebración.