O262001a
Fecha: 20001003
Título: El predicador necesita tener conciencia de su propia fragilidad
Original en audio: 8 min. 4 seg.
Hermanos,
Las dos lecturas que hemos oído, nos presentan gente exasperada; Job no puede más, aunque tiene fama de paciente en los refranes y se habla de “la paciencia del Santo Job”, hoy sí parece que se le acabó toda la paciencia.
Maldice el día de su nacimiento, se desea la muerte, “mejor que me hubieran abortado”, son palabras cargadas de amargura, podríamos decir, casi cargadas de desesperación, y están en La Biblia.
Y luego, Santiago y Juan, Apóstoles de Jesucristo, exasperados por la maldad de los hombres; o sea, que en las lecturas de hoy han aparecido las dos grandes cosas que desesperan, que llevan al límite a las personas: las desgracias personales, las desgracias propias, y la maldad del mundo.
Estas son las dos grandes cosas que cansan, que agotan, que exasperan y están en la Biblia, las propias desgracias y la maldad de los hombres, esto es lo que hace terminar la paciencia, esto es lo que hace insufrible la vida.
Es interesante ver cómo Job se queja ante Dios, y ver cómo estos Apóstoles hacen propuestas de venganza a Jesucristo, Jesucristo Dios.
Job se queja ante Dios, no toma justicia por su propia mano, si esas palabras las dijera alguien hoy, temeríamos que se suicidase.
Job no toma justicia por su mano, desahoga su corazón atribulado, pero no toma justicia por su mano; Santiago y Juan arden de cólera, por algo Jesús los llamaba “Boanerges”, los truenos, los hijos del trueno; eran los atronados, pero ellos no toman justicia por su mano, hablan con Jesús.
Jesús no entra en largas discusiones con ellos, tampoco les concede su deseo; les aplaca un poco y deja la puerta abierta para una catequesis después; y mientras va diciendo esto, va siguiendo para otra aldea en donde finalmente pasan aquella noche.
De estas dos lecturas podemos sacar algunas enseñanzas para nosotros: Dios escucha toda la andanada, toda la amargura de Job; los amigos de Job, que van a empezar a hablar pronto en las lecturas de la Misa, tratan a toda costa de callar a Job: "Eso debe ser algún pecado suyo, ¡cállese! Deje de hablar así"; Dios más bien deja que se exprese un poco esa amargura, aunque es una amargura que no habla mucho de la gloria de Dios.
Yo pienso que también a nosotros en algunas ocasiones, nos toca ser más comprensivos ante el dolor de las personas, ser más comprensivos ante el dolor del mundo; yo creo que la mejor manera de ayudar a la conversión de un ateo es entender tanto, tanto sus razones, que uno pueda comprender, que si uno estuviera en la misma situación, tal vez uno sería otro ateo.
Llegar a esa comprensión profunda, no para que ellos nos convenzan de nada, sino para que quede una puertecita abierta entre los corazones, creo que es un modo muy eficaz de predicación.
La persona no nos va a escuchar nada, mientras no sienta que hay un puente entre su corazón destrozado y atribulado y nuestro corazón; aquí creo que hay una enseñanza: poder hablar a las personas de manera tal que ellas sientan que nuestras palabras brotan de esa misma situación que están viviendo.
Es lo que nos dice San Pablo “Aprender a reír con el que ríe, aprender a llorar con el que llora” Carta a los Romanos 12,15; aprender a hacer esa sintonía profunda para que la palabra no se pierda. Cuántas palabras van a decir estos amigos de Job y cuántos consejos y cuántos diagnósticos y pareceres perdidos, tiempo perdido.
Finalmente, adelantando el desenlace; Dios dirá: "El que dio gloria a mi nombre fue Job", mandó callar a todos esos consejeros, -no es que esté mal luchar por la gloria de Dios o ser muy racionales, muy inteligentes, y tener grandes diagnósticos, nada de eso está mal:, pero todo eso es tiempo perdido, si no hay esa comunión profunda con el dolor del otro, hasta el punto de entender lo que está sucediendo, y de decir tal vez, "yo obraría de la misma manera".
San Felipe Neri, por ejemplo, tenía esta oración: “Guárdame, Señor, con tu gracia, porque si no yo te puedo traicionar, y peor que Judas”.
La conciencia de la propia fragilidad, la sintonía con el pecador es indudablemente una cualidad que necesita el consejero, que necesita el que quiera predicar la Palabra.
También nos enseña Jesucristo qué hacer ante el caso de personas tan completamente desesperadas, amargadas, o iracundas, como estaban los Apóstoles hoy.
Recordemos lo ya dicho: Jesús no se pone hacer grandes análisis, Jesús no moraliza el caso, Jesús simplemente va avanzando, pone a funcionar las cosas mientras deja una puerta abierta: “No sabéis de qué Espíritu sois” San Lucas 9,55.
De aquí a que estos entendieran de qué Espíritu eran o no eran, ya se les había pasado la ira. Quedó ahí como una puerta abierta, como una sugerencia; de veras que esto funciona, porque con ese ministerio que tiene uno por el sacerdocio para la unción de los enfermos, usted sabe que se encuentra con alguna frecuencia con personas así desesperadas, desesperadas por su dolor, por ejemplo, desesperadas porque ven la muerte muy próxima.
Y lo único que sirve es el silencio, la oración, la unión de corazón y dejar puertas abiertas; en otro momento de la enfermedad, la misma persona que hoy renegaba de Dios, le quedó sonando una palabrita y de pronto dice: “Oiga, padre, hábleme más de eso”.
Yo creo que el arte de los artes, y la ciencia de la ciencia en esto de la predicación, es poder hacer algo con amor por los que están como estaba Job hoy, y como estaban los pobres Apóstoles en esta mañana.