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De Wiki de FrayNelson
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La primera lectura de hoy, está tomada del capítulo tercero del Libro del Eclesiastés. Es un pasaje bastante conocido en el que leemos aquello de que hay tiempo para cada cosa: “Tiempo de nacer, tiempo de morir, tiempo de reir, tiempo de llorar, tiempo de reunirse, tiempo de dispersarse” (cf. Ecl 3,1-8); es un pasaje, una meditación un poco extraña. En general, este libro es un poco extraño, pero, en su extrañeza, nos invita precisamente a extrañarnos de las cosas que nunca nos hacen pensar.

Hay una frase extraordinariamente profunda en el pasaje de hoy; dice el Eclesiastés: “Dios le ha dado el mundo al hombre para que reflexione sobre él” (Ecl 3,11). Eso está indicando que la realidad no es simplemente para nuestro uso; la creación, la naturaleza, la sociedad, la vida no es únicamente para disfrutarla, y las cosas no son únicamente para usarlas, sino que es necesario el verbo “reflexionar” (le dio el mundo al hombre para que “reflexionara” sobre él). Es decir, que al contrario de los animales, nosotros tenemos una posibilidad, y esa posibilidad es: problematizar la realidad; es decir, somos capaces de hacer preguntas a partir de lo que simplemente sucede. Podemos decir que el animal está encarcelado en el suceso: llegó el día, bien; llegó la noche, bien; en el día se come, se bebe, se descansa, en la noche se duerme, pero no hay ocasión de una pregunta; en cambio, el que puede preguntar es el ser humano. Y es interesante ver cómo mientras que nuestra mente llega a descubrir esa secuencia entre el tiempo de nacer, tiempo de morir, tiempo de reir, tiempo de llorar; mientras que es verdad que nuestra mente puede descubrir esa secuencia, también es verdad que a través de estas preguntas, llegamos a descubrir a uno que trasciende todas nuestras preguntas, y ese uno y único, es Dios.

El verdadero propósito del Eclesiastés, es sumergirnos tan profundamente en lo cotidiano y en lo ordinario, que broten de nuestro corazón las preguntas más profundas, y que en esas preguntas profundas, nosotros recuperemos la sed de aquel y de aquello que trasciende completamente lo simplemente utilitario, o lo simplemente deleitable. Más allá del uso, y más allá del deleite, está esa capacidad de pregunta que nos eleva a la consideración del que trasciende todo cuanto existe.

Algo parecido nos va a decir el apóstol San Pablo en el capítulo primero de la Carta a los Romanos; ahí nos dice: A través de las cosas visibles podemos preguntarnos, podemos encaminarnos hacia aquel que es invisible: hacia Dios mismo (cf. Rm 1,20). Entonces, ¿la invitación del Eclesiastés cuál es? Reconocer los límites de lo cotidiano, a partir de lo cotidiano aprender a preguntar, y en nuestras preguntas, abrirnos al infinito de aquel que rebasa todo cuanto conocemos. Dice el texto de hoy: “pero el hombre no puede abarcar las obras de Dios desde el principio hasta el fin.” (Ecl 3,11). Entonces, si las cosas de la cotidianidad llegan a convertirse casi como en una prisión, el Dios que rebasa todas las cosas nos lanza a un horizonte sin límites; entre lo limitadísimo de nuestra cotidianidad, y lo ilimitado de nuestro preguntar, está el tránsito que nos lleva de lo creado al Creador, y que nos lleva de lo finito al infinito de Dios.