O254001a

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Fecha: 19960926

Título: La Palabra de Dios no dice siempre lo que nosotros queremos, pero si lo que debemos querer

Original en audio: 4 min. 41 seg.


El libro del Eclesiastés hace una aparición sumamente breve en la liturgia de la Iglesia. En las lecturas de la Misa, apenas nos alcanza casi a saludar, y ya pronto se despide. Es una visita breve y, además, un poco desconcertante.

Porque quizá estamos acostumbrados a que en las páginas de la Escritura aparezcan siempre como certezas, seguridades, afirmaciones un poco rotundas o firmes, y más bien el Eclesiastés parece que fuera como un manojo de desengaños, de dudas, de cuestionamientos, que disuenan en cierto modo con el conjunto de la Escritura.

La verdad es que los libros Sapienciales tienen reservadas para nosotros una cantidad de sorpresas. También el Cantar de los Cantares hace una aparición breve en la liturgia, y también deja un poco desconcertadas a algunas personas.

Y el libro de Job, aunque parece un gran modelo de paciencia, si lo miramos más despacio, también causa algún desconcierto o desasosiego, porque la paciencia de Job es la paciencia de los dos primeros capítulos, ya después Job empieza a maldecir el día en que nació y empieza a protestar.

Y los amigos a tratar de consolarlo, y él a no dejarse consolar, y en esas se la pasa la mayor parte del libro, hasta que al final, hacia el capítulo treinta y ocho, aparece gloriosamente Dios y se encara con Job, y entonces ya se precipita el desenlace del libro.

Podemos decir entonces, así como en balance, que estos libros Sapienciales están llenos de paradojas y llenos de sorpresas para nosotros. Y ese también es un aspecto de la revelación divina; no son menos canónicos ni menos importantes que los demás libros de la Biblia.

Y con ellos, entonces aprendemos que la Palabra de Dios no dice siempre los que nosotros queremos, pero siempre indica lo que podemos y lo que debemos querer. La Sagrada Escritura no es para que Dios aprenda a hacer nuestra voluntad, sino para que nosotros aprendamos a hacer la voluntad divina.

¿Y qué clase de enseñanza nos trae un desengañado como este Eclesiastés? Qohelet también se le llama a veces a este libro, por una transliteración de su nombre en hebreo; ¿qué enseñanza nos puede traer un señor desengañado que deja todo simplemente, que repite y que más bien no tiene como sentido?

Pues trae la misma enseñanza que cuando un predicador empieza a comentar sobre las vanidades del mundo, e intenta precisamente que sus oyentes terminen de desengañarse ya de los ídolos de esta tierra.

El Qohelet nos presta el valiosos servicio de desprendernos de la idolatrías de esta tierra, de no hacer de nuestros trabajos, de nuestras tareas, sueños, amores, proyectos, algo así como ídolos, algo así como absolutos, a los cuales terminamos dando el corazón.

Si ni siquiera el sol encuentra novedad en todo su recorrido, y esto lo repite casi como un estribillo, "que es vanidad de vanidades y que nada hay nuevo bajo el sol" Eclesiastés 1,2; si ni siquiera el sol encuentra algo nuevo, es porque la verdadera novedad requiere otra luz, requiere un día distinto.

Y por eso Qohelet nos ayudará a desprendernos de nuestras propias idolatrías y a buscar con fuerza, con ahínco, como nos dirá San Pablo en la Carta a los Colosenses, "los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la diestra del Padre" Colosenses 3,1.