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Fecha: 19980919

Título: El Espiritu Santo es un nuevo lenguaje que toca los corazones y los transforma

Original en audio: 17 min. 57 seg.


Queridas Hermanas y Hermanos:

Durante estos días hemos estado escuchando la enseñanza del Apóstol San Pablo sobre esas gracias y manifestaciones del Espíritu, sobre los carismas.

Y es importante descubrir el significado original de carisma como regalo, y también cuál es el sentido que tienen los carismas dentro de la Iglesia.

Podemos decir, que un carisma o que los carismas del Espíritu, tienen tres dimensiones. Por una parte, son herramientas podríamos decir, son medios con que el Espíritu fortalece a la Iglesia para que pueda crecer y para que pueda edificarse.

En segundo lugar, los carismas son como armas para defenderse apropiadamente de los distintos ataques que sufre la Palabra de Dios y que sufre el pueblo de Dios. En tercer lugar, los carismas son como adorno y belleza de la Iglesia; en cuanto herramientas, este criterio prima, diríamos, sobre casi todos los otros.

Cuando Pablo va a comparar el don de lenguas y el don de profecía se inclina por el don de profecía, es decir, por aquella palabra que tiene sentido para el pueblo de Dios y que lo guía. Por una razón, porque la profecía le hace mayor bien a la comunidad, le hace mayor bien al pueblo de Dios. La oración inspirada, la oración en lenguas es valiosa.

Hoy podríamos, incluso, traducir esta enseñanza de Pablo en estos términos: “La espiritualidad personal es importante, pero la edificación del pueblo de Dios es más importante”. Tener una vida espiritual intensa y unión con Dios es básico, pero si esa vida no se traduce en un servicio a la comunidad y en que esa comunidad tenga vida en el nombre del Señor, todavía falta mucho.

Pero la Iglesia también necesita armas; nosotros en este punto podemos sentirnos un poco extrañados, estamos hablando de desarme por todas partes, estamos hablando de paz, y he aquí un padre que vuelve hablar de armas y de la necesidad de armar.

Ciertamente, el deseo, el anhelo de la paz no puede estar ausente de nuestros corazones, pero precisamente la construcción de esa paz requiere una lucha decidida contra aquello que impide la paz. No contra las personas, desde luego, porque ya nos enseño San Agustín que hay que distinguir muy bien entre el pecador y el pecado, pero sí contra aquello que hace imposible la paz.

Y por eso mientras no tengamos una campaña por la conversión, por el arrepentimiento, por la penitencia, probablemente nuestras palabras de paz seguirán siendo imposibles de creer para los actores del conflicto.

¿Pero quién puede llegar a los corazones? ¿Quién tiene poder sobre los corazones? Esta es precisamente la gracia que trae el Espíritu, el Espíritu se convierte en un arma en contra de los enemigos del Evangelio, de los enemigos de la paz, de los enemigos de la humildad, de la pureza, o de tantos otros dones que Cristo quiere para su pueblo. El Espíritu se convierte en arma en contra de esos enemigos del Evangelio, porque tiene poder de llegar a los corazones.

Lo que no hemos logrado todavía en las mesas de la negociación, lo que no hemos logrado todavía con acuerdos dentro y fuera del país, el espíritu puede lograrlo, puede tocar los corazones. Y esta es la grandeza que tiene.

Santo Tomás de Aquino enseñaba que, "sólo Dios tiene el poder de escurrirse en el alma", "nihil illabitur animae nisi solus Deus, dice Santo Tomás. Sólo Dios puede tocar el corazón. Sólo Dios puede, sin violentar la voluntad de uno, cambiar esa voluntad, porque sólo Dios como Creador, como Autor de nuestra vida y de nuestra fe puede transformar lo que somos, haciéndonos ser, precisamente.

Cuando otra persona impone su voluntad sobre nosotros, sentimos que esos no somos nosotros; si alguien me obligó hacer algo, yo siento que ese no soy yo. Pero, si es el Espíritu el que me cambia, al cambiarme me re-crea, me vuelve a crear, me hace de otro modo; y entonces siento, al contrario, que ese sí soy yo verdaderamente.

Por eso es indispensable la acción del Espíritu Santo como arma; El Espíritu llega precisamente al corazón del adversario, el Espíritu llega al corazón del interlocutor, y desde luego llega al corazón del que está hablando; el Espíritu deshace el desastre de Babel; sí, Babel es la confusión de las lenguas.

El Espíritu en un nuevo lenguaje que toca los corazones, logra el entendimiento, pero al llegar al corazón, el Espíritu nos hace convictos, nos convence del pecado, nos convence de que hay pecado en cada uno de nosotros; y a partir de ese comienzo viene el arrepentimiento, y viene la conversión, y viene la penitencia, y las acciones concretas para quitar los obstáculos al Evangelio de Jesús.

Es maravillosa la acción del Espíritu como arma. Nada tiene tanto poder como el Espíritu, porque bien sabemos que cuando se toca el corazón de una persona, esa persona realmente cambia.

Mientras en las mesas de negociación haya cartas escondidas en las mangas; mientras haya propósitos que no se dicen; mientras haya planes que nunca aparecen, planes alternativos: "Si esto nos falla, haremos esto", y eso no aparezca sobre la mesa, mientras eso no aparezca, no puede haber verdaderamente paz en nuestra patria, pero ¿quién desnuda el corazón? ¿Quién desarma el alma?

Pues la desarma aquel que la conoce, aquel que la ha creado, aquel que la seduce, aquel que la enamora, y ese es el Espíritu Santo. Es importantísimo el papel del Espíritu como arma.

Aunque todos mis ejemplos los he dado sobre la urgencia de la paz en nuestra patria, esto vale para muchos otros aspectos. En realidad, para todos los aspectos de la evangelización.

A veces sentimos con angustia en nuestra misión de predicadores que hay personas, que hay grupos, que hay franjas enteras de la sociedad que se alejan de nosotros y que casi no prestan oído a La Palabra.

Necesitamos un arma poderosa, no se tratará solamente de levantar la voz, no se tratará solamente de nuevos recursos pedagógicos, necesitamos algo que pueda rozar, que pueda acariciar el corazón de las personas a las que queremos hablar.

Nuestras amadas hermanas de Santa Catalina de Siena, lo mismo que todos nosotros en la familia Dominicana, estamos comprometidos en la obra de la evangelización.

Necesitamos armas fuertes, el pecado tiene fuerza, el pecado se organiza, el pecado logra muchísimos objetivos y no descansa; día y noche las rotativas imprimen malas noticias. Necesitamos algo que tenga poder, que tenga fuerza para imprimir más rápido que las rotativas la buena noticia en muchísimos corazones. Y para esto necesitamos la acción del Espíritu Santo.

A veces, en nuestra obra evangelizadora sentimos, por ejemplo, que los niños o que los jóvenes, que los adolescentes o que los universitarios, están prácticamente alejados, están perdidos de los principios del Evangelio.

Dos noticias recientes, por ejemplo, sobre el mundo universitario, nos desalientan, una muy conocida de todos ustedes: publicaban los diarios no hace mucho sobre el cómo la universidad es el paraíso de la relaciones prematrimoniales o extramatrimoniales.

Un periódico decía: “La universidad no es virgen”, a grandes letras. Hemos de considerar eso indudablemente como un fracaso, si consideramos, si caemos en la cuenta de lo que significa el valor del amor humano, y lo que significa el cinismo para presentar este desastre moral, entonces sentimos que, por ejemplo, ese público está como ajeno o impermeable a la Palabra del Evangelio.

Pero ese mismo público tiene otra noticia, también mala, lamentablemente. He sabido que precisamente en el ámbito universitario y en los últimos grados de bachillerato, se ha entrado un profundo individualismo, una aplastante indiferencia social; cada uno y cada una piensa solamente en su carrera, en su desarrollo, en su dinero.

Y hemos perdido como el aliento, como las ganas de pensar el país, de pensar las necesidades, de caer en cuenta de que tenemos hermanos y de que todos podemos salir de las condiciones infrahumanas en que muchos se encuentran.

El individualismo y el hedonismo, pues, parecen haberse adueñado de la juventud; es desesperante, en muchos casos, y lo saben las hermanas que son evangelizadoras, que son predicadoras.

Es desesperante, es desalentador muchas veces el tratar de hacer llegar esa Palabra y recibir sólo muecas de disgusto, porque el individualismo y el hedonismo han acorazado, impermeabilizado los corazones.

Si no tenemos un taladro, que no será un taladro de gritos ni de violencia; si no tenemos un taladro, algo maravilloso que pueda abrir esos corazones jóvenes y que les pueda decir que tienen hermanos, que no están solos en este país, que no están solos en esta tierra, que la vida se les dio no solamente para ellos.

Si no encontramos ese taladro, esa gracia para poder llegar allá a esos corazones y cautivarlos con la verdad de Cristo y enamorarlos del Reino de Dios; si no llegamos allá, estamos definitivamente perdiendo el tiempo.

Pero no lo vamos a perder si nosotros nos unimos a las fuentes de nuestro carisma de evangelización. Cuando leemos las vidas de los santos, nos encontramos que no la tuvieron fácil. Cuando leemos las vidas de nuestros fundadores, nos encontramos que no las tuvieron fáciles.

La lectura de San Agustín en el día de ayer, en el Oficio de Lectura de la Liturgia de las Horas, decía: “El cristiano, por el solo hecho de ser Cristiano, sufrirá más en este mundo”. ¿Qué diremos nosotros, empeñados en la obra de la evangelización?

Pues bien, aunque sea dura la tarea para ellos, nuestros fundadores, nuestros santos y para nosotros, nosotros contamos con el auxilio, con el carisma, con el poder del Espíritu Santo.

Y si pensamos en nuestro Fundador, en Santo Domingo, eso es precisamente lo que encontramos. Cuentan los biógrafos de Santo Domingo que sus mismos adversarios reconocían con gusto las virtudes heroicas, los valores de Evangelio de este hombre, de este sacerdote, de este Santo.

La gracia de la predicación, la gracia del Evangelio tan viva en Santo Domingo de Guzmán hace que este Santo, pueda predicar y pueda tocar los corazones, pueda llegar allá, y pueda desarmar desde dentro esas vidas.

Que interceda Santo Domingo por nosotros, que esa gracia se derrame abundantemente sobre nuestras hermanas y sobre nosotros; que llegue con abundancia esa lluvia del cielo, para que podamos abrir nuestro corazón a la Palabra y abrir los corazones a la Palabra del Señor.

He dicho, finalmente, que los carismas son también adorno frente a la necesidad de las herramientas, frente a la urgencia de armas nuevas para desarmar a los enemigos del Evangelio, no a las personas, repito, sino a esos enemigos de los que nos habla San Pablo cuando dice: “Nuestra lucha no es contra las personas, sino contra el espíritu que sustenta el imperio de los aires” Carta a los Efesios 6,12.

Frente a la urgencia, pues, de esas armas y de esas herramientas, lo de los adornos o lo del adorno y belleza que el Espíritu le da a la Iglesia con los carismas, puede parecer pequeño, pero, no lo es. La belleza sigue teniendo el verdadero y el gran poder en los corazones; dos ejemplos muy sencillos: cuando se quiere vender un producto se le reviste de belleza.

Los rostros femeninos, las sonrisas femeninas están por todas partes en el mercado; la belleza de la mujer está siempre ahí, porque se sabe que la belleza tiene su propia gracia y tiene su propio poder en el corazón.

Segundo ejemplo: si repasamos la ciencia de este siglo nos damos cuenta de que las grandes investigaciones, por lo menos, en física, siempre han tenido que ver con la belleza, con la armonía de las leyes del universo. Desde Eisntein hasta los científicos recientes, por ejemplo un Murray, cualquier otro, andan buscando las leyes del universo con criterios de belleza.

La belleza no es implemente un adorno o un accidente; hemos de comprender que la belleza logra en el plano humano eso que veníamos diciendo del Espíritu en el corazón. Belleza, por ejemplo, de una música que es capaz de enloquecer a una multitud de jóvenes; belleza, por ejemplo, de un estilo de vida que atrae y que seduce a muchísima gente.

Si el Espíritu Santo regala a nuestro trabajo la belleza, con esa belleza nosotros podemos encantar y podemos seducir; es necesario insistir en esto de la belleza para matizar lo que hemos dicho sobre las armas.

Recordamos todos, la famosa fábula de la lucha entre el sol y el viento: querían ambos quitarle un pesado abrigo a un cierto caminante y el viento soplaba y soplaba y soplaba. Y, claro, cuanta más fuerza hacía, este caminante más se agarraba su abrigo; el sol, en cambio, salió, sonrió, sedujo, y este caminante, sintiéndose desarmado, se quitó su abrigo. Ganó la belleza del sol frente al ímpetu de ese viento huracanado.

Pidámosle al Señor, entonces, que renueve en nosotros sus carismas, que renueve en nosotros la gracia, el encanto el poder, la belleza, la salud, que trae la predicación. Que esta maravillosa misión que Dios encomendó a nuestra Orden, que se llama así, Orden de Predicadores, habite, palpite en los corazones de estas hermanas.

Yo quisiera que el Señor, con este poder del Espíritu, llenará de tanta gracia estas hermanas, que quienes están con ellas, particularmente sus alumnas, se sintieran atraídas, encantadas, fascinadas por la Palabra de Dios.

Y de este modo, puesto que se ha dicho: “Educar a un niño es educar a una persona; educar a una niña es educar a un hogar”, ustedes, amadas hermanas, con la gracia, con la unción del Espíritu Santo, puedan llevar familias, hogares enteros a Jesucristo, y el Reino de Dios florezca en nuestra patria.

Así lo conceda el Señor por su bondad.

Amén.