O231002a
Fecha: 2000911
Título: Que la justicia no nos haga intolerantes, y que la misericordia no nos vuelva complices
Original en audio: 6 min. 41 seg.
Hermanos Míos,
En estas dos lecturas que hemos escuchado concurren la misericordia y la justicia.
Observemos cómo el Apóstol Pablo aborda este caso escandalosos de la comunidad de Corinto: un hombre que hacía vida marital con su madrastra.
Pablo es firme en los principios, podríamos decir, incluso, que es intransigente; y hace justicia, justicia que lleva hasta la expulsión de la comunidad, lo más duro que le puede concebirse dentro de la metodología, dentro del planteamiento del Apóstol. Más duro que eso sólo podría ser la condenación eterna.
Pablo obra con firmeza y hace justicia; pero en medio de esa justicia, sigue viva la misericordia. Esto lo va a destrozar, dice, pero así es persona se salvará el día el juicio. "Vamos a entregarlo en manos de Satanás, que sea consciente de lo que le está sucediendo, que descubra cuál es su verdad, pero vamos a que se salve".
Justicia, misericordia, esta pareja no es fácil de encontrar. Me parece que nosotros fácilmente excluimos una cosa de la otra. podemos fácilmente pensar que tener compasión significa evitar la justicia, o más frecuentemente, podemos pensar que hacer justicia es quitar toda sombra de compasión y obrar simplemente con rigor.
Algo parecido está en el evangelio, también aquí tenemos una obra de misericordia, se trata de la curación de un hombre tullido. Indudablemente, la fuente de esta sanación está en la compasión de Jesucristo, Médico celestial. Es una obra de misericordia, pero al mismo tiempo es una obra de justicia.
Jesús echa una mirada en torno a esos que pretenden acusarle, a esos que se consideran dueños de la salvación y que mantienen excluidos, que mantienen castigados, marginados a los más pequeñitos y a los más pobres. Jesús sale por ellos; Jesús se expone por ellos; Jesús hace justicia, y al mismo tiempo, hace misericordia. También en este caso, pues, están unidas la justicia y la misericordia.
Otra manera de verlo es, están unidas la justicia y el amor. El amor suele estar descrito con palabras dulces; en cambio, de la verdad se dice que la verdad es dura o que la verdad es amarga. Saber unir la dulcedumbre del amor con la dureza de la verdad, no parece cosa sencilla. Sin embargo, del mismo Dios, del que recibimos correcciones, exhortaciones y justicia, recibimos, sin comparación, misericordia sin límites, misericordia inagotable.
De aquí podemos sacar dos aplicaciones, una para nuestra vida y otra para nuestro servicio a la Iglesia. Para nuestra propia vida, conviene siempre mirar a Dios bajo esa doble realidad de la misericordia y la justicia. Y descubrir que Dios a veces interviene con firmeza en nuestra vida, privándonos incluso de algunas cosas, personas, consuelos; Dios es capaz de quitarnos todo con tal de que no le perdamos a Él.
Y por eso, un alma sensata tiene absoluta disponibilidad ante Dios, para que Dios haga justicia en lo que vea que tenga que quitar o poner, de manera que su obra de misericordia se realice.
Y con respecto al servicio de la Iglesia, pues, hemos de pedir el auxilio del Espíritu Santo. Observemos, hermanos, que del Espíritu santo se predican estas dos realidades: es un Espíritu fuerte, como viento impetuoso; pero también se le ha llamado Espíritu de consolación, Espíritu dulce, consuelo, amor de Dios, misericordia.
Que el Espíritu Santo esté en nosotros; que a través de nuestras palabras, nuestro testimonio, nuestra manera de acoger, nuestra manera de trabajar, de hablar, de obrar, brillen siempre las dos cosas: que nuestra justicia no sea pura rigidez, y que nuestra misericordia no se vaya a convertir en complicidad.
Ni gente rígida, intolerante, ni tampoco gente complaciente, cómplice. Gente que está de parte de Dios y que en el nombre de Dios realiza una obra humilde pero significativa, que es a la vez de justicia y de misericordia.