O231001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19980907

Título: "Dios mio, te entrego el centro de mi corazon"

Original en audio: 5 min. 10 seg.


La comunidad de Corinto presentaba ciertas enfermedades espirituales, las sabemos por las cartas que el Apóstol les dirigió; pero no sólo el Apóstol, luego San Clemente Romano, sucesor del Apóstol Pedro, en esta ciudad de Roma, les escribió también cartas a los corintios.

Y en esas cartas San Clemente les recuerda precisamente las palabras de San Pablo y vuelve un poco sobre los mismos problemas, con lo cual también sabemos que los corintios, al parecer, no sanaron mucho de sus enfermedades. Y de echo, esta comunidad, a la que Pablo le gastó tan amorosamente buena parte de su tiempo y de sus fuerzas, no dio mayores frutos.

No se recuerda en la historia de la Iglesia ninguna generación de santos que haya nacido de allá en Corinto; la fe más bien languideció prontamente.

Empiezo diciendo esto, para mostrar cómo el fracaso y la frustración están siempre cerca de las labores de los Apóstoles. A veces creemos que la grandeza de la santidad o la grandeza del celo misionero van a ser suficientes para obtener copiosos resultados, y luego descubrimos que no, que los resultados son siempre una gracia.

Misioneros menos brillantes que San Pablo, en otras comunidades, han obtenido frutos inesperados. Y hombres es tan grandes como este predicador maravilloso, sin embargo fíjate que no logró mayor cosa con esta comunidad.

Parece que con esos hechos, Dios quisiera recordarnos que la gracia es siempre gracia. ¿Y para qué necesitamos llegar hasta San Pablo, si tenemos que decir lo mismo de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Qué palabra puede ser más perfecta que la de Aquel que es precisamente la Palabra de Dios? ¿Qué santidad puede ser más alta que la de Aquel que es el Santo de Dios? ¿Qué pureza más grande, qué milagros más bellos, que amor más tierno, más profundo?

Y sin embargo, pues ya sabemos que hay un Judas Iscariote que estuvo cerca de Jesús, y suficientemente cerca como para aprender de Él; pero también lo suficientemente cerca como para traicionarle.

Esta es también una advertencia para nosotros. Porque si Judas, estando metido, metido literalmente en las fuentes de la gracia, pudo desperdiciar esa gracia; si los corintios, teniendo este maestro, pudieron desperdiciar este maestro, pues también nosotros, que estamos hechos de la misma masa que los corintios y que Judas, corremos el riesgo; y hay que tomarlo con la responsabilidad y la seriedad del amor.

Corremos el riesgo terrible de dejar pasar la gracia, de dejar pasar el amor, de dedicarnos simplemente a oír la elocuencia tal vez de las palabras, o la belleza de las ceremonias, o la hermosura del recogimiento, sin percibir, sin agarrar, sin captar la nuez, la médula, el centro del Evangelio.

Pidamos al Señor que nuestra vida, que está tan cerca de Él por la Eucaristía, por la Palabra, esté completamente sometida a su poder.

Todo es gracia, pero de nuestra parte, lo que podemos hacer, movidos por la misma gracia, es decirle al Señor con frecuencia y con toda la sinceridad y la profundidad de nuestra vida: "Dios mío, te entrego las raíces de mi ser; te entrego el centro de mi corazón; te entrego mi vida. Quiero exponer toda mi voluntad ante ti".

Porque efectivamente, son estas mismas palabras, estos mismos Evangelios, esta misma Eucaristía, la que ha constituido en santos a muchos hombres y mujeres. Por lo tanto, será esa misma oferta, la que un día nos juzgará a nosotros.

Puesto que están aquí a nuestra disposición estos torrentes de amor y de gracia, pues está también para nosotros la responsabilidad de acoger esa gracia, de recibirla con amor, con gratitud; y también de que esa gracia no permanezca infecunda en nosotros. Decía San Pablo en algún lugar: "La gracia de Dios no fue infecunda en mí" 1 Corintios 15,10.

Que esa gracia dé abundante fruto en cada uno de nosotros, para gloria del Padre, del Hijo, y del Espíritu.