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De Wiki de FrayNelson
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El tema principal del Evangelio de hoy, tomado del capítulo sexto de San Lucas es el “sábado” cosa que es interesante porque este Evangelio precisamente se proclama en día sábado en nuestra Iglesia Católica. En esta oportunidad reflexionemos sobre el paralelo que propone Nuestro Señor Jesucristo entre el rey David y su propia persona. Lo que sucedió es que Cristo iba avanzando con sus discípulos por un campo de espigas y entonces los discípulos tomaron las espigas, las frotaban entre las manos para separar el grano y luego se lo comían (cf. Lc 6,1; Cristo hace un paralelo bastante cercano con lo que le sucedió en alguna oportunidad a David y sus compañeros, quienes se acercaron para comer los panes que estaban propuestos en el altar del Señor, panes que se supone solo debían comer los sacerdotes (cf. Lc 6,3-4). Aquí hay una analogía bastante grande: Jesús por un lado, David por otro lado; los apóstoles de Cristo por un lado, los compañeros de David por otro lado; las espigas que comen los apóstoles por un lado, los panes de trigo que comen los compañeros de David por otro lado. Es decir hay un paralelo bastante completo entre esas dos situaciones, y Cristo utiliza ese paralelo no solamente por algo tan trivial como unas espigas o como unos panes, aquí hay algo más profundo y conviene que lo veamos; es decir, reflexionemos un momento en ese paralelo entre Jesús y David, ¿por qué se parecen tanto? ó ¿en qué se parecen tanto? sobre todo teniendo en cuenta que varias veces en el Evangelio la gente entusiasmada le llamaba “Hijo de David” (cf. Mc 10,46-47); el Evangelio de Mateo comienza con una larga genealogía que tiene 42 nombres y las primeras 14 generaciones van de Abraham hasta David, luego se destaca desde David hasta el destierro y después desde el destierro hasta Jesús (cf. Mt 1,1-17); es decir que una de las grandes referencias es David.

¿Cuál es el paralelo que se da entre Jesús y David? resulta que son muchos los parecidos, porque efectivamente David fue despreciado por su propia familia y de Jesús, San Juan dice: “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (cf. Jn 1,5); David fue despreciado por su familia, al ir el profeta Samuel a la casa de Jesé, papá de David, él ni siquiera contaba entre sus hijos a David, lo tenía cuidando ovejas (cf. 1 Sam 16,10-12).

En segundo lugar, David creció y se hizo fuerte en la soledad; y en la soledad encontramos muchas veces a Cristo orando para vencer al demonio, orando para saber a quienes tiene que escoger como compañeros y sobre todo orando para darle la alabanza al Padre de los cielos. En la soledad de los campos David aprende a alabar a Dios y es ahí donde se vuelve poeta y salmista, en la soledad Jesucristo se fortalece en su misión y le da la gloria al Padre celestial.

David vence a ese gigante llamado Goliat y Jesús venció a un gigante mucho más poderoso que es el demonio. Multitud de veces, con la palabra llena de autoridad que sale de la boca de Jesús, el demonio tiene que huir, ahí también hay un paralelo.

Nos damos cuenta que David sufrió la envidia, particularmente de la gente de Saúl y de su familia; y Jesús también tuvo que sufrir envidia de su propio pueblo, especialmente de los fariseos y los herodianos, ahí también hay un paralelo.

El último paralelo es que el rey David era de muy hermosa presencia, por eso se le aplica a él el salmo que también la Iglesia Católica le aplica a Jesús: “Tú eres hermoso, el más hermoso de los hombres; la gracia se derramó sobre tus labios, porque Dios te ha bendecido para siempre” (Sal 45,3). La belleza de David no era solamente física, era la belleza de la gracia divina floreciendo en él y la belleza de Nuestro Señor Jesucristo por supuesto, que es el esplendor de gloria, especialmente se vivió en esa escena de la Transfiguración pero que por su misericordia nos aguarda a todos en el cielo.

Apreciemos este paralelo entre Jesús y David; y siguiendo a nuestro verdadero David, encontremos la gloria en donde podremos contemplar la hermosura infinita de su rostro.