O226001a
Fecha: 19960907
Título: El evangelizador lograra llevar el mensaje de la gracia solo si su vida ha sido rasgada por el Evangelio
Original en audio: 16 min. 8 seg.
Es una situación un poco difícil de entender la que describe San Pablo, ¿por qué el tesoro más grande? ¿Por qué el mensaje más importante? ¿Por qué la palabra más santa? ¿Por qué eso, que es el Evangelio, resulta tan atacado y resulta tan despreciado?
Ya aparece en la vida de Jesucristo: aquello que Cristo tuvo de admiración en la gente, lo rechazó, y aquello que tuvo de desprecio y de rechazo por parte de la gente, eso sí lo acogió y lo abrazó.
No quiso ser llamado Rey cuando esa realeza hubiera significado honor, potestad, fama; pero, cuando ya estaba atado y escarnecido, cuando ya se le pone la corona de espinas y en vez de alabanzas suenan las burlas, entonces sí acepta ser llamado Rey.
Parece que el Evangelio no puede tener otra riqueza que los oprobios, y que nunca se vuelve tan famoso y nunca se propaga tanto como cuando es despreciado, cuando se intenta aplastarlo.
Con la ayuda del Espíritu de Dios, tratemos de meditar este mistero, cómo es esa verdad del Evangelio, cómo es el Evangelio mismo, que sólo cuando es despreciado y pisoteado, da verdaderamente fruto.
¿Cuál es ese misterio del evangelio que llega a transformar la vida del evangelizador, hasta el punto de decir, con San Pablo: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia" Carta a los Filipenses 1,21.
¿Qué clase de obra es ésta de evangelizar? Muchos, o quizás todos nosotros, estamos de alguna forma implicados o comprometidos en la obra de evangelización. Supongamos que se nos puede llamar evangelizadores, supongamos que no da pena decirlo, que se le puede mirar y se le puede decir: "Usted es un evangelizador".
Si eso es cierto y si eso se puede aplicar a nosotros, se pueden aplicar también las palabras que Pablo dice de su apostolado y de su ministerio de evangelización, porque si no tendríamos otro misterio, quizá del mismo tamaño o mayor que el anterior.
¿Cómo es eso de que el Evangelio en tiempos de Pablo se difunde a través del sufrimiento, a través de la penitencia, del desprecio, a través de recibir maldición y dar bendición? ¿Cómo es que ese fue el origen de la propagación del Evangelio, y hoy el Evangelio se propaga, se difunde sin eso?
¿Es que nosotros como evangelizadores, pregunto, tenemos el derecho de ser tratados mejor que estos Apóstoles? ¿Es que nosotros somos tan inteligentes, o tan capaces, o tan pedagógicos? ¿Es que nosotros somos tan organizados, tan sistemáticos como para merecer un destino tan distinto del que tuvieron estos Apóstoles?
O será que más bien, tienen que caer sobre nosotros aquellas palabras del señor Jesucristo cuando dice, precisamente en el evangelio de Lucas, y pronto lo vamos a escuchar: "¡Ay de vosotros cuando todo el mundo hable bien de vosotros!" San Lucas 6,26. ¿Qué sucede, qué está sucediendo en la Iglesia cuando no se habla mal de los evangelizadores?
Pero valgan aquí también las palabras del Apóstol Pedro cuando nos explica, que lo que es valioso es sufrir haciendo el bien, porque evidentemente, si el evangelizador lleva una vida réproba, si el evangelizador lleva una vida inicua, incoherente, para su propio provecho, y la gente denigra de él, pues eso tampoco es gloria de Dios.
Pero entonces la pregunta se podría plantear de esta forma. A ver, ¿qué es lo que está sucediendo? ¿Es que cambió el estilo y hoy los verdaderos evangelizadores no son despreciados? O, ¿es que nosotros no somos tan evangelizadores como para ser despreciados? ¿Fue que cambió el estilo? ¿Estos sufrimientos, estos oprobios eran sólo para los Apóstoles?
¿O será que el estilo sigue siendo el mismo, que Dios sólo propaga de veras su Palabra cuando es crucificado el evangelizador, pero ya no hay nadie que quiera ser crucificado y entonces únicamente evangelizamos como por los laditos, como en aquellos lugares, en aquellas circunstancias, con aquellas palabras y a aquellas personas que no nos van a lastimar a nosotros?
¿A quién preocupan estas cosas?, ¿quién siente entre ustedes que se le revuelve el alma pensando: "¿Qué sucede, Señor, será que no estoy sirviendo de veras en tu Evangelio?"
Si usted no siente esa inquietud , si usted no siente que el corazón se le consume por dentro pensando estas cosas, valdría la pena que hiciera un serio examen de conciencia, y si su vocación es para el Evangelio, vale la pena que haga un serio examen de su vocación.
Yo repito mi pregunta: ¿fue que Dios cambió el estilo y los sufrimientos en el apostolado eran sólo para esta gente? O, ¿Dios no ha cambiado el estilo y lo que pasa es que nosotros no queremos gastarnos, o quemarnos, o rompernos el alma por el Evangelio de Jesús?
Esta pregunta pienso que nos puede ayudar a responderla si miramos por qué el sufrimiento acompañó, casi de continuo la vida un Apóstol como San Pablo.
Dice él, por ejemplo: "Vosotros estáis ricos y satisfechos y os sentís reyes sin nosotros. Me parece que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha colocado en el último lugar, como condenados a muerte, y hemos llegado a ser espectáculo para el mundo entero, tanto para los Ángeles como para los hombres" 1 Corintos 4,8-9.
"Dios nos ha colocado en el último lugar" 1 Corintos 4,9, y da como una especie de razón: "Para que seamos espectáculo de los Ángeles y de los hombres" 1 Corintos 4,9.
Jesucristo había dicho en el evangelio de Juan: "Cuando yo sea levantado, atraeré a todos hacia mí" San Juan 12,32. Así como una cartelera o una pancarta sólo se puede ver si está en un lugar elevado, así también el evangelizador tiene que levantarse sobre el pueblo de Dios, tiene que ser visible para los demás.
Y resulta que sólo hay dos lugares que son especialmente visibles en la silla del peregrinar por esta tierra, sólo hay dos lugares visibles, el primero y el último. En este mundo sólo se le presta verdadera atención a quien tiene el primer lugar o al que tiene el último lugar.
Resulta que el que tiene el primer lugar en los poderes de este mundo y en las cosas de este mundo, pues son los gobiernos de este mundo.
De modo que sólo parece haber dos modos de ser mensaje, no de tener un mensaje, sino de ser mensaje: o nos aliamos enteramente con el poder, de manera que sea nuestra cara la que salga en primera péginana de los periódicos y se hable continuamente de nosotros, o nos unimos a ese primer lugar, o buscamos con San Pablo el último lugar.
Pero resulta que esa escogencia no es indiferente, porque ese primer lugar, ese lugar de honor de precedencia, ese lugar lleno de fama y de artículos en los periódicos y reportajes en las revistas, ese primer lugar de alguna formas está ya ocupado por quienes lo codician, por quienes lo buscan, por quienes se abren campo a cualquier precio con tal de ser los primeros.
Porque es que hay esta diferencia: los dos lugares visibles son el primer lugar, es decir, el que manda manda, manda; y el último lugar. Pero pasa que el primer lugar todo el mundo lo busca a codazos, todo el mundo pretende ser el primero.
Y por eso Jesús cambió en el Evangelio, cambió en su predicación esa idea y dijo: "Mire, el que quiera ser el primero, que se haga el último" Mateo 20,27, porque resulta que para ser el primero, ya hay mucha gente abriéndose paso a codazos.
De manera que si nosotros como Iglesia, o si nosotros dentro de una comunidad, o si nosotros como personas humanas pretendemos hacernos visibles buscando el primer lugar, vamos a encontrarnos con una maraña, con una multitud de gente que también busca lo mismo, para decir cada uno su propio mensaje, su propia palabra.
Al que le interesa que su palabra sea oída, busca ese primer lugar, busca levantarse sobre los cráneos de los demás y subir la escalera hasta tener el primer puesto.
Entonces aquí vendría la pregunta: ¿será que en esta lógica de codicia, de envidia, de intriga, será que en esa lógica de egoísmo y de crueldad podrá caber la lógica del amor, de la ternura, de la reconciliación que Cristo trae? Es evidentemente que no.
De manera que antes hemos dicho que en la fila de los peregrinos por esta tierra únicamente se ve el que tiene el primer lugar o el que tiene el último lugar. O sea que para ser evangelizador uno tendría que buscar o el primero o el último.
Pero no se puede buscar el primero porque todo el mundo busca el primero, y porque precisamente ya que todos buscan ese sitio de preferencia, a fuerza de pecado, a fuerza de intrigas, a fuerza de envidia y de malas artes, el cristiano sólo tiene como opción para hacerse visible y para hacer visible el Evangelio, sólo tiene como opción el último lugar, sólo tiene como opción unirse a Cristo crucificado y en ese lugar, el legado que es la Cruz, predicar su palabra.
Esto quiere decir que Dios no ha cambiado de técnica, esto quiere decir que también hoy la única palabra que llegará a los corazones de las personas es la que esté regada por nuestras lágrimas, es la que esté sazonada con nuestros sudores, con nuestro cansancio.
Sólo allí donde una vida se rompe y rasga enteramente por algo, sólo allí logra también quebrarse, abrirse una grieta en el corazón del mundo, para que pueda entrar un poquito del aire de Dios.
Por consiguiente, entrar a una vocación de evangelización, a una vocación de evangelizadores no es entrar a una escuela de técnicas de evangelización. Créanme, por favor, la única técnica eficaz para que el Evangelio empape la vida de los demás es tu vida rompiéndose por amor.
Creéme que es tu vida rasgándose, sólo tu vida rompiéndose en la infinita necesidad de comunicar gracia, sólo una vida así logra llevar el Evangelio.
Los demás, con sus técnicas, con sus teorías, informan, pero ¿cuándo vas a tener tú unas filminas que sean tan interesantes como un programa de televisión? Eso no existe. jamás vas a tener una cartelera que sea más interesante que la revista que saca el último periódico de Colombia.
jamás nuestras técnicas pedagógicas y nuestras estrategias van a darle la talla a las técnicas y a los medios con los que cuenta el mundo para difundir sus pecados.
Por favor, no entremos en la carrera de los medios, sepamos que sólo una vida gastada por Dios, sinceramente quemada por Él, logrará infundir verdaderos rayos de gracia, de claridad en las vidas de nuestros hermanos y contemporáneos.
Recibamos entonces a Cristo nuestro Salvador, al comulgar con este Pan hecho de granos de trigo rotos, pensemos que ése es el destino del evangelizador. El destino del evangelizador es volverse Hostia, es también él romperse.
No obremos como aquellos que simplemente con una sonrisa y un éxito ante los ojos del mundo pueden reportar sieple victoria. Para nosotros sólo hay victoria, el día en que estemos totalmente consumidos por Él.
Cuando ya no quede nada de nosotros, salvo el amor que haya hecho estallar nuestras vidas, cuando ya no quede nada de nosotros sino eso, ahí se podrá decir que hemos sidos evangelizadores.
Lo demás y los demás seguramente habremos sido sólo una especie de payasos de distintos colores que han dicho palabras más o menos interesantes, pronto olvidadas cuando llegó la nueva propaganda, el nuevo producto, la nueva campaña política.
Señor Dios, transforma entonces nuestro corazón a tu imagen; dígnate configurarnos con tu Hijo y Evangelio, Jesucristo, de modo que nuestra vida no se pierda para tu gloria, sino que sea de provecho para tu Iglesia y para tu mundo.
Amén.