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Fecha:19980904

Título: "Senor, haz que sienta fastidio por el pecado y que pueda rechazarlo con libertad"

Original en audio: 28 min. 14 seg.


Amigos Míos:

Hay un refrán que puede servir para aplicarlo a las palabras de Jesucristo: "Lo mejor es enemigo de lo bueno". Una medio solución a veces impide que llegue la verdadera solución, y esto se aplica a una cantidad de cosas. Cuando uno es casi bueno, tiene buena disculpa para ser malo; cuando uno no es tan malo, tiene buena disculpa para no ser bueno.

Lo mediocre, lo acostumbrado, es uno de los grandes obstáculos para que llegue lo excelente, lo precioso, lo perfecto.

Los fariseos tenían una solucíón a medias, ellos sabían que pertenecían al pueblo elegido, al pueblo de Dios; ningún fariseo podía cumplir la Ley de Moisés, pero como no podían cumplirla, le habían añadido más leyes. Bien se ha dicho que donde abundan las leyes, abundan los infractores, y las naciones más corruptas son las naciones que tienen más leyes.

Pues así también los fariseos, como no podían cumplir la Ley de Moisés, habían añadido muchas otras leyes. Algo así como cuando uno crea una confusión, que es una cortina de humo para que no se vea quién es uno.

O sea que los fariseos tenían una solución a medias: bueno, porque se sabían miembros del pueblo de Dios; pero malo, porque no cumplían la alianza que Dios les había propuesto por medio de Moisés; pero más o menos quedó una palabra ideal para no moverse uno, más o menos.

Si nosotros leemos los Evangelios, nos encontramos con que la gente que estaba muy mal, se acercaba a Jesús, incluso pasando por encima de su orgullo, de su fama. Recordamos el caso, por ejemplo, de la vez que un fariseo lo invitó a comer, y una pecadora pública, delante de todos, se acerca donde Jesús, llora a sus pies, le besa los pies y seca las lágrimas con sus cabellos.

Una escena tierna para el corazón de Cristo, ridícula para el corazón del fariseo: "¡Cómo se le ocurre a esta mujerzuela venir aquí!" Y luego: "Si éste hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que le está tocando" San Lucas 7,39.

Sabe Dios si ese fariseo había pecado con esa mujer, que era pecadora pública. Pero ahí estaba el supuesto profeta. Y entonces el fariseo dice:"Si éste fuera en verdad un profeta, sabría qué clase de mujer lo está tocando" San Lucas 7,39.

Comparemos esos dos adjetivos: el fariseo no tiene una solución para su vida. Si nosotros miramos la vida de ése fariseo, nos encontramos con que él no puede cumplir con sus propios principios, él no vive su propia religión, no la cumple, él está en conflicto consigo mismo, es un mediocre. Pero a veces es mejor estar mal que estar a medias.

Esta pecadora sintió que había tocado piso. En las piscinas que no son demasiado profundas, a veces dan este consejo a los que están aprendiendo a nadar: "Si la situación se le volvió insoluble, y usted siente que se está hundiendo, déjese llegar al fondo y ahí pisa fuerte y sale".

Eso si la piscina no es muy profunda, si es una piscina de clavados, de ocho metros de hondo, la persona llega y pisa el fondo y se queda en el fondo. De manera que el fondo tiene también su gracia, porque el fondo sirve para que uno se apoye y salga.

Entonces la pecadora aquella sintió que había tocado fondo y dijo: "Yo tengo que salir", y estaba tan convencida y cogió tanto impulso en ese fondo, que se acercó y tocó a Jesucristo: "¿Qué van a pensar de mí? ¡Pues qué van a pensar! ¡Ya qué más van a decir de mi! Todo el mundo sabe lo que yo soy, ¡ya qué más van a decir!"

Ya no le importó lo que dijera la gente, porque se había impulsado en el fondo, y en el fondo sacó fuerzas para subir y para salir. En cambio el fariseo se estaba ahogando a cuotas, ahí en medio del agua, bajaba un poquito. ¡Qué angustia ver a una persona ahogarse! Esa era la vida del fariseo. No terminaba de hundirse ni terminaba de sobreaguar; un poquito de aire y mucho ahogo.

Metido entre dos aguas, no se sentía tan mal; pero yo creo que a veces es bueno que uno se sienta mal y que uno toque fondo.

Yo le decía una vez a una persona sobre la vida que llevaba esta persona, no estaba llevando una vida recta ni una vida según Dios, una vida mala, una vida desagradable a Dios, y hablamos y hablamos, y luego seguimos hablando y volvimos a hablar, finalmente yo llegué a una conclusión: "Se necesita un golpe muy fuerte para que esta persona caiga en la cuenta de que su sistema no sirve".

Hay veces que se necesitan hechos. Y si nos vamos a la Sagrada Escritura nos encontramos con que Dios a aveces trae esos "hechos" concretos, porque si no, uno no toca fondo. Un ejemplo muy típico lo encontramos en el Primer libro de los Reyes.

Resulta que la gente del pueblo de Israel estaba entre dos aguas: un ratico para Baal que era el Dios de la fecundidad, además el culto a Baal era chévere porque los que ofrecían los holocaustos eran hombre y el culto a Baal era con sacerdotizas, existía la prostitución sagrada. Un ratico de culto a Baal y otro ratico de culto a Yavhé.

Pero cuando Yavhé se ponía así como muy antipático, muy exigente, muy intransigente, entonces: "No, dejamos a Yavhé y nos volvemos a Baal".

Elías, un profeta, estaba aburrido con ese jueguito, ¿y qué hizo Elías? Resulta que Elías estaba revestido del poder de la Palabra de Dios, Elías le dijo a Ajab, el rey: "Vive Dios, no va a caer lluvia sobre esta tierra hasta que yo lo diga" 1 Reyes 17,1. Y Ajab dijo: "Ah, ya, ya, le voy a tener miedo, pues".

Y se fue Ajab para su palacio real, y se fue Elías ¿a dónde? A esconderse porque la esposa de Ajab era una vieja arpía, no tenía nada que envidiarle a las actrices de "Dinastía", a esta gente, una vieja arpía, lo más pavoroso de esta tierra, una bruja tenebrosa: Jezabel buscaba a Elías para matarlo.

Entonces Elías dijo: "Vive Dios, que no va a caer lluvia hasta que yo lo diga" 1 Reyes 17,1, pero corrió, corrió, porque él sabía cómo era Jezabel, Jezabel no se andaba con medias tintas.

Entonces, Elías fue por allá, y Ajab dijo: "Ay, pues, porque usted lo dijo va a llover", y no llovía. Cuando el verano llevaba año y medio, Ajab empezó a pensar que no era un verano largo, sino que de veras la cosa era seria, y Ajab entonces empezó a tener miedo, porque vio que la cosa con Dios era seria.

Pero Dios no empezó así, Dios no quiere tratarlo a uno así, es uno el que lleva a Dios a que lo trate así. Dios quisiera tratarlo a uno por las buenas y convencerlo, pero uno no, y entonces Dios dice: "Quiere decir que pasamos al plan B", y el plan B es el golpe fuerte.

Cuando ya llevaban años de sequía, cuando ya la cosa era seria, entonces se encuentra Ajab con Elías, y le dice Ajab a Elías: "¿Otra vez te encuentro, enemigo mío?" 1 Reyes 21,20, y le dice Elías: "Yo no soy el enemigo, tú eres el enemigo, porque has prostituido la fe de este pueblo y les enseñas que un ratico con Yavhé y otro ratico con Baal".

Esto muestra que Dios a veces tiene que ponerse serio con nosotros, y ya cuando uno ve que sí es verdad, usualmente cambia. Porque hay personas que tienen dos cachetes, y cuando les dan un golpe por un lado, entonces dicen: "Verdad que hay que poner la otra mejilla", entonces esperan el otro golpe; y hay gente deforme que tiene más de dos cachetes.

Job se puso a alegar con Dios: "¡Que se me presente Dios aquí, que me hable, que explique las cosas, por qué me trata así, qué es lo que pretende, que venga y que me hable!" Y llegó Dios y le habló, ese diálogo está en el capítulo 38 de Job.

Entonces empezó a hablar y le dijo: "Bueno, cuando yo estaba haciendo la tierra, ¿usted dónde estaba?" Entonces a Job le entró una carraspera, una carraspera que luego se ha regado por todo el pueblo, hay mucha gente que tiene esa carraspera: "Humm, este, humm, o sea..."

Entonces Dios le muestra un poco quién es él, ¿y las palabras de Job cuáles son? Las palabras de Job son: "Yo te conocía sólo de oídas; ahora sí me doy cuenta de que era verdad, he hablado como un tonto" Job 42,5, ¿qué le dijo Dios?: "Me ha hablado como un tonto"? Dios no le dijo eso, Dios no echa en cara, si hay algo que tiene Dios es que Dios no echa en cara.

Cuando esta mujer meretriz, digamos, se acercó para llorar sobre los pies de Cristo, Jesús no dijo: "Ahora sí, ¿no? Ahora sí". No, Él la recibió. Él no echa en cara.

Y en esto hay que tener cuidado porque a veces hay conversiones entre los amigos o los parientes de uno, y a veces uno sí corre el peligro o cae en la tentación de echarle un poco en cara a las otras personas su pasado. No. Dios no echa en cara.

Bueno, pero digamos una palabra sobre qué puede hacer uno para no tener que tocar fondo, además de que el fondo es distinto para las personas.

Uno en la confesión oye muchas cosas. Hay personas que cuando llegaron a un aborto dijeron: "No, no más, no más, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué es esto? No, no, no, hasta ahí"; otras personas llegaron al segundo aborto y dijeron: "No, no, ¿cómo así? Hasta ahí, hasta ahí". Hay personas que siguen. ¿Cuál es el fondo para cada una? ¿Qué tiene que pasarle a uno?

Esta es una pregunta difícil de responder, no hay una respuesta absoluta para esta pregunta. Nosotros lo que podemos decirle a Dios es: "Señor, queremos rendirnos ante ti. Señor, ayúdanos a descubrir nuestro fondo, ayúdanos a descubrir que de veras ya estuvo bien. Señor, ayúdanos a sentir fastidio del pecado".

Porque lo que he dicho de los abortos vale para muchas otras cosas, por ejemplo vale para la droga. Yo he visto gente llorar de arrepentimiento, ¿por qué? "Porque me dejé convencer y estuve fumando marihuana". Pero otras personas pasaron por ahí y siguieron derecho y llegaron más y llegaron más.

¿Cuál es el fondo último? Eso no tiene fondo, esto es muy importante comprenderlo: la vida no tiene fondo. Cuando uno se hunde sin fondo, eso se llama el infierno. La vida no tiene fondo.

Entonces lo que uno tiene que pedirle a Dios ¿qué es?: "Señor, que yo le coja fastidio al pecado, ¿hasta dónde voy a llegar? Señor, que no me guste el pecado, que yo pueda arrepentirme del pecado.

Y aquí viene algo maravilloso. Que a uno no le guste lo que antes le gustaba, esa es una obra del Espíritu Santo. Mi papá cuenta una conversión muy linda, con un milagro muy simpático. Un hombre que era adicto al cigarrillo, este hombre dependía prácticamente del cigarrillo.

Yo no voy a decir que todas las personas se curan de sus vicios como este hombre se curó, pero es un hecho que sí le pasó lo que les voy a decir.

Ël estuvo en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, en el pueblo de Chiquinquirá. Él estuvo allá y le pidió mucho a Dios, por la intercesión de la Virgen, una cosa simpatiquísima, mejor dicho, fue una petición doble, le dijo: "Señor, te pido dos cosas. Primero, líbrame de este vicio, me estoy pudriendo los pulmones, líbrame".

Pero le dijo: "Segundo, pero como yo sé que soy débil y que me encanta fumar, Señor, ayúdame, mamita de Chiquinquirá, ayúdame, yo quiero pedirte que me sepa mal el cigarrillo", mira qué ternura, "que me sepa mal el cigarrillo, porque yo sé que mientras me siga sabiendo bien, yo volveré a caer".

Bueno, él dijo eso y salió de la iglesia a fumar un rato, porque había estado mucho rato sin fumar, y encendió el cigarrillo distraídamente, y cuando se llevó a la boca el cigarrillo, -y acababa de pedirle a Dios-, se llevó a la boca el cigarrillo, él sintió que se intoxicaba, sintió que ese era un basurero, entonces dijo: "Este cigarrillo salió malo, me tumbaron".

Entonces cogió otra cajetilla, y encendió, para pensar si había hecho bien su oración, mientras fumaba; encendió el otro cigarrillo, y le supo peor, y ése fue el último cigarrillos de su vida. Nunca más volvió a fumar.

Esta es una obra del Espíritu Santo, el Espíritu Santo que es el Vino Nuevo del que nos habla Jesucristo, el Espíritu Santo hace que el bien le guste a uno, y hace que el mal no le guste a uno.

Cuando uno piensa en ser virtuoso a la fuerza, a las patadas o a los golpes, eso no se logra. Lograr, por ejemplo, la sinceridad; lograr, por ejemplo, la mesura en las plalabras. Me acuerdo mucho una señora que se confesaba y decía: "¡Pero yo qué hago con eso de los chismes! Mire, a mí me dicen algo y me entra una rasquiña y no hallo qué hacer, y me entra una tembladera, pero es en esta mano".

Y yo dije: "¿Qué será?" Yo pensé que era posesión, de pronto. "-¡Me entra una tembladera en esta mano!" "-¿Y cómo se le pasa la tembladera?" "-Cuando llamo a alguna amiga". Ahí se le pasaba la tembladera, ahí se le acababa la rasquiña.

Mientras el pecado siga teniendo ese gusto en nosotros: "¡Ay, es que es tan rico, es tan delicioso, qué sabroso se siente uno!" Mientras uno esté en esa tónica, difícilmente podrá dejarlo.

Entonces uno tiene que hacer las dos peticiones del amigo de mi papá, uno tiene que decirle a Dios: "Señor, yo quiero que me quites este vicio, pero quiero que me deje de gustar también. Porque si me quitas el vicio, pero me sigue gustando", ¿entonces qué pasa? Ahí es cuando la gente se vuelve neurótica, ahí es cuando la gente se vuelve irascible, se vuelve imposible.

Hay un señor que publicó un libro, sacando cuanto escándalo sexual puede conseguir de sacerdotes, sobre todo, y todas las incoherencias y todos los problemas que tenemos los sacerdotes, e investigó y sacó cuanta llaga y podredumbre pudo encontrar, imprimió esos en unas páginas y está llenándose de dinero con eso. Esa es su manera de hacer dinero.

Ese señor dice en unas declaraciones en una entrevista: "Es que por eso hay tanta neurosis, esa gente reprimida, claro, esos son neurótico, todos esos sacerdotes son neuróticos".

Yo estoy de acuerdo, ¿sabe que sí tiene razón? Si la persona va estar en una tónica de represión: "Y si yo pudiera, y si me dejaran, y si se pudiera", claro, una persona así tiene que volverse neurótica, va cogiendo cara de camión, es una cara de: "¡Métanse conmigo!"

Es una situación terrible a la que se llega cuando uno intenta ser bueno a la fuerza, en cambio Cristo dice en el Evangelio: "Al vino nuevo, odres nuevos" San Mateo 9,17, que es la expresión bíblica de lo mismo que estamos comentando.

El vino nuevo es la gracia de Dios, pero eso tiene que llegar a un odre nuevo, a una humanidad renovada. Si usted dice: "Bueno, a partir de mañana, cero mentiras, ni una mentira más, no volveré a mentir, nunca más le mentiré a mi mamá". "-Mijito, ¿vas a salir" "-Sí, mamá". "-¿A dónde vas?" "-A drogarme, mamá". ¡No puede, no puede!

Mientras el odre siga viejo, el vino nuevo no le sirve; tiene que ser cambiado por dentro, para que el vino nuevo de la gracia no se desperdicie.

Yo voy a aprovechar para sacar de aquí una enseñanza con respecto al sacramento de la Confesión. Algunas personas se sienten, se duelen terriblemente: "¡Ay, el padre no me dio la absolución!, ahh! Por eso la Iglesia echa a la gente, por eso uno no vuelve a confesarse, por eso..."

Mire, la absolución es la comunicación de la gracia de la Cruz de Cristo que renueva el don del bautismo, es el vino nuevo, y cuando materialmente no hay posibilidad de odres nuevos, el sacerdote no debe dar la absolución, no debe darla, es que yo no soy el dueño de eso, yo soy un "administrador" 1 Corintios 4,1, como dice Pablo en la Primera Carta a los Corintios.

Los sacerdotes no somos dueños de un poder mágico que sale de nuestras manos para decir: "Quedó perdonado. Vaya comulgue". Nosotros somos servidores de la gracia, somos servidores de la Iglesia, no somos dueños de este cuento.

Y por eso algunas veces no hay que dar la absolución, aunque uno intenta ser cortés, ser delicado, pero se gana sus insultadas y a veces uno tien que decir: "Señor, tú sabes quién es mi mamá y cómo ha vivido ella. Bendícela, guárdala, cuídala". Porque hay gente que se pone iracunda con uno.

Personas de vida desordenada que vienen no a confesarse sino a contar, y son dos cosas distintas, y es lo que yo quiero explicar en esta parte final de la predicación. Una cosa es contar lo que uno ha hecho, y otra cosa es estar arrepentido de lo que uno ha hecho.

Si la persona no da ninguna señal de arrepentimiento, y uno procura preguntarle: "¿Y usted como qué propósito de enmienda tiene? ¿Y usted qué va a hacer para evita eso?" A ver si hay odre nuevo o no hay odre nuevo.

Además, la mayor parte de las veces no es que uno niegue la absolución, sino que propiamente lo que uno hace es aplazar la absolución, decirle a la persona: "Mire, mientras esté en esa situación de vida, así no podemos, tiene que ser de otro modo, tiene que ser de otra manera". "-Ah, por eso es que la Iglesia..., me voy mejor a la Oración Fuerte al Espíritu Santo".

Claro, la Oración Fuerte al Espíritu Santo no tiene ningún problema, usted va a allá, ¿cierto? Se parecen a cuando aquí animamos y decimos: "Alabaré, vamos a bendecir al Señor, gloria a Dios", y ahí no tiene uno que meterse con nada, ¿quién tiene que ver con uno? "Nada, nada, hermano, tranquilo, suave, suave"; es la cuestión suave, muy suave, nadie tiene que ver con nada".

Vino nuevo en odres nuevos, y una conclusión: "Señor, mi conversión va a ser una gracia tuya. Dame la gracia de que no me guste el pecado".

Y entonces, ¿quién era Jesús? Para los psicoanalistas, o por lo menos para algunos psicoanalistas, tenía que ser ua persona de unas represiones terribles, imagínese, tenía que estar reprimido. ¡Cómo desconocemos la gracia del Espíritu! ¡Cuánto desconocemos la gracia del Espíritu!

Es que la gracia del Espíritu hace que la persona, siendo libre, y más libre que cualquiera de nosotros, busque el bien y evite el mal con libertad.

Señor, danos ese Espíritu; Señor, danos esa gracia. Envía ese vino nuevo, pero transforma también nuestros odres. Haz, Señor, que nos guste ese vino nuevo. Señor, haz que paladeemos, que degustemos, que saboreemos el bien, que nos guste el bien, Señor.

Pero a eso hay que añadirle otra petición: "Señor, que el mal me sepa feo. Señor, mantén despierta mi conciencia, pero transforma también mi propio gusto, que el mal me sepa a feo. Que yo, Señor, no encuentre gusto en esas cosas, sino que mi corazón recobre la salud.

Esto es lo mismo que con los enfermos, amigos. Cuando una persona está enferma, no quiere ni comer, si acaso pastillas, no quiere ni comer. No. Es necesario recobrar la salud. "Señor, que el bien me sepa a bueno, que el paladar se me sane, que me guste comer, no mucho, pero que me guste comer, que yo pueda asimilar el bien, aprovechar el bien, saborear el bien.

Señor, que yo pueda rechazar con libertad el mal, ¡qué bello eso! Que yo pueda rechazar el mal con libertad, sin represiones, sin tensiones. Y nos es porque otros me miren, no es porque está mandado, es porque tú me has hecho libre".

¡Qué bella libertad nos vas a dar, Señor! ¡Bendito seas!

Amén.