O216001a
Fecha: 19960831
Título: Ante la Eucaristia todos nos debemos presentar como mendigos
Original en audio: 8 min. 54 seg.
Parece haber una pequeña contradicción entre las dos lecturas que hemos escuchado. La primera, de la Carta a los Corintios, deja mejor parados a los que recibieron poco. Y entonces nos dice, por ejemplo: "Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a lo fuerte" 1 Corintios 1,27.
Ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, ¿para qué? "De modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor" 1 Corintios 1,29.
En la primera lectura salen ganado los que han recibido poco, lo bajo y lo despreciable, y en cambio, los que creían que habían recibido mucho, es decir, los sabios y los entendidos, pues esa gente se queda sin nada.
Porque aquí dice el Señor: "Fijáos en vuestra asamblea; no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas" 1 Corintios 1,26.
Entonces, a los importantes y a los sabios, les va mal; a los que recibieron más, les va mal; y en cambio a los despreciables y despreciados les va bien. Eso en la primera lectura. Pero luego pasa uno al evangelio y resulta que el que recibió cinco talentos, le fue muy bien; él recibió cinco y completó diez. Y luego, con el talento del otro que no hizo nada, completó once talentos.
El talento era una medida de peso y una medida monetaria muy alta. La suma de once talentos, es una suma fantástica, que equivaldría a cientos, o, tal vez, miles de millones de pesos de hoy.
Entonces, en el evangelio le fue bien, al que recibió mucho; y en el evangelio, al que recibió poco, se quedó sin nada. Jesús como que resume su evangelio diciendo: "Al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene" San Mateo 25,29.
Entonces, uno puede entrar como en duda. Bueno, ¿y ¿si le aplicáramos ese principio a la primera lectura? Entonces, al que tiene se le dará y le sobrará.
Que tiene sabiduría, se le dará más sabiduría hasta que le sobre; al que tiene poder, se le dará más poder hasta que le sobre; o al que tiene influencias, si es un aristócrata, se le dará más hasta que le sobre.
Y luego dice Jesús: "Y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene" San Mateo 25,29; al que no tiene, pues ése es el pobre y ése es el despreciable.
En fin, uno se puede volver un lío con estas dos lecturas. ¿Al fin qué, es bueno tener talentos y ser de la gente despreciable? O ¿es bueno tenerlos y trabajarlos y conseguir más? Ese es el problema al que tenemos que enfrentarnos. Con la ayuda de Dios, tratemos de dar alguna razón.
Nótese cuál es la diferencia entre la gente de la primera lectura y la gente de la segunda lectura. La gente de la primera lectura es aquella que acepta o que no acepta el Evangelio. Los que han recibido mucho, y tienen gran sabiduría o gran poder, se sienten seguros de su sabiduría o en su poder y no aceptan el Evangelio.
Y así viene a resultar, que el que tenía mucho, no queda con nada; y así viene a resultar que en la asamblea cristiana no hay muchos sabios ni muchos aristócratas, por la sencilla razón de que los que son sabios, o aristócratas, o poderosos, o ricos, fácilmente se apoyan en estas cualidades y en ellas se sienten fuertes.
Entonces, parece que la clave está en que la primera lectura se refiere a la situación antes de recibir el Evangelio, antes de decirle sí o no al Evangelio.
Entonces, antes de recibir el Evangelio, antes de ese sí o ese no, viene a resultar, que la gente poderosa y la gente que tiene muchos bienes, la gente que tiene muchos dones, es la gente que más difícilmente acepta el Evangelio, porque suele endurecerse en sus cualidades. Esa es la situación en la primera lectura.
Antes de recibir el Evangelio, gana más, el que tiene menos. Pero, después de que se le ha dicho sí al Evangelio, y esa es la situación precisamente de la lectura que hemos escuchado del Santo Evangelio según San Mateo.
Después de que se ha aceptado, por fe y en fe, lo que nos muestra Jesucristo, despúes de que se le ha dicho sí, gana más, el que pone a trabajar más lo que tiene.
De modo que la enseñanza es bien hermosa. Antes del Evangelio, están como mejor dispuestos o menos indispuestos, los pobres, los despreciables, los indigentes, los desechables, antes de recibirlo; pero una vez que ya hemos dicho sí al Evangelio, gana más, el que trabaja más, el que pone a trabajar más aquello que Dios le ha dado.
Esto se puede comparar con el esquema de las generaciones, que hemos comentado en tantas ocasiones. Para Primera Generación, para entrar en la gracia, y bueno, de alguna manera siempre que renovemos esa entrada en la gracia, hemos de sentirnos y reconocernos como pobres; pero, para trabajar con la gracia, debemos aprovechar las riquezas que Dios nos ha dado.
Para aceptar la salvación debemos reconocernos como indigentes, menesterosos, mendigos; para aceptar la salvación. Pero una vez que Dios nos va diciendo sí a la salvación, es cobardía, es indolencia y es pereza no poner a trabajar lo que Dios nos ha venido dando.
Entonces, en Primera Generación hay que tener esa actitud del pobre y del que todo lo recibe de regalo. Pero en Segunda Generación hay que tener la actitud, yo no digo del rico, tampoco del capitalista, pero sí de aquel que es diligente en cultivar el campo, cultivar la viña que el Señor le ha regalado.
Nosotros en la Eucaristía recibimos alimento para ambos momentos de la vida cristiana. Porque la Eucaristía es al mismo tiempo absoluto regalo, y por eso ante la Eucaristía somos radicalmente pobres.
Ninguno de nosotros podría hacer nada por merecer la Eucaristía como tal. No tenemos dinero, ni tenemos teologías, ni tenemos argumentos, ni virtudes que hagan posible el milagro de la Eucaristía en nuestra vida.
Ante la Eucaristía somos radicalmente mendigos, y por eso, especialmente en la asamblea, hay que deponer toda fe y sentimiento de superioridad, o de orgullo, o de apoyarse en las propias cualidades. Ante la Eucaristía hemos de entrar como mendigos; pero una vez que comulgamos, no podemos perder ese tesoro, no podemos tomar esa luz, no podemos recibir ese amor y simplemente enterrarlo en un hoyo.
Recibida la Sagrada Comunión, de alguna manera esa gracia hay que dejarla correr por todo nuestro ser, hay que dejarla transformar toda nuestra vida y hay que convertirnos, en ella y con ella, transformadores e irradiadores de esa misma gracia, a lo largo y a lo ancho de nuestra tierra.
Señor Jesús, tu Palabra nos ha alimentado, tu Eucaristía nos ilumina. Permite que te recibamos siempre como pobres, pero permite también que la gracia que nos otorgas en este Sacramento, cultivada con diligencia, dé frutos para la eternidad.
Amén.