O212001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19960827

Título: “Cristo dara remedio a nuestras necesidades, a veces con balsamo, a veces con fuego”

Original en audio: 15 min. 32 seg.


Como se puede notar, las palabras de los evangelios de esta semana son de las más duras que pronunció Nuestro Señor. Uno debe preguntarse por qué tanta dureza. Éste que nos acaba de hablar, es el mismo que pide decir: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” San Mateo 11,29.

No parece que haya demasiada mansedumbre en este torrente de palabras, y uno puede preguntarse si hay humildad en esas recriminaciones a quienes eran autoridade religiosa y moral dentro del pueblo.

¿A qué se deberá tanta fuerza en las palabras? ¿Era que Él venía como acumulando, como ciertos personajes que van acumulando y dicen: “Bueno llegará el día en que se las voy a decir todas juntas”? ¿Fue Cristo el patrono de ésos y ésas que van acumulando, acumulando para cuando llegue el día de decirlas todas juntas? Esa es una posible explicación.

Otra posible explicación: Jesús decide jugarse el todo por el todo; estamos ya en el capítulo veinticuatro del evangelio según San Mateo, finales del veintitrés; se está acabando no sólo el relato evangélico, sino también el ministerio público del Señor.

Y Él, por decirlo así, está ya como resuelto a jugarse el todo por el todo, y entonces, habla abierta y claramente y cáigale al que sea: "¡Y si me van a matar, mátenme!"

¿Son sus palabras entonces como una especie de reto, casi como una provocación ante aquellos que finalmente iban a tener tanto que ver con su muerte? Esta es otra posible explicación.

Entonces, primera explicación: Jesús iba acumulando y decía: “Bueno, por ahora sigamos con la mansedumbre, porque apenas han pasado dos semanas desde el sermón aquel, entonces uno no puede dar mal ejemplo”. Pero iba guardando, guardando.

Segunda teoría: Jesús siente que ya está a las puertas de los acontecimientos decisivos y se juega el todo por el todo.

Tercera explicación: probablemente, aquí se han reunido palabras que Jesús pronunció en distintos momentos.

De acuerdo con lo que estudian los exégetas, pues los textos tienen también una historia, uno no puede decir que el Sermón de la Montaña fue grabado, por ahí había una grabadorcita. Y si uno compara el texto de Mateo y el texto de Lucas, uno ve que, efectivamente, cosas que aparecen ordenadas en el Sermón de la Montaña, Lucas las trae en otros sitios de su evangelio.

Entonces lo más razonable es afirmar que la tarea de los Evangelistas, en parte, fue reunir palabras de Jesús; se da por ejemplo, el Sermón de la Montaña, que se presenta como si fuera dicho así en una secuencia. Porque al final dice Mateo: “Y cuando acabó de decirles todas estas palabras, la gente se admiraba de su autoridad” San Mateo 7,28.

Pero, seguramente, se trata de una recopilación; quizá, aquí tendríamos toda una recopilación de palabras que Jesús dijo, que podemos suponer que Jesús siempre anduvo en malos términos con los fariseos y con los letrados, y entonces iba soltándoles estas perlitas a lo largo de su ministerio.

Y luego, ya pasados los años, como que al hacer la recolección de textos, pues la gente más o menos recordaba una cosa con la otra; eso se podría decir.

Pero esa última reflexión tampoco explica lo suficiente, porque cualquiera de estos textos es suficientemente violento como para dejar intactas nuestras preguntas; bueno, ¿por qué tanta dureza? ¿Por qué tanta violencia? Diríamos en las palabras: “Fariseo ciego, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpio también por fuera” San Mateo 23,26. Estas críticas de Jesús a los fariseos, a los letrados y a los escribas, ¿a qué se deben?

Lo hemos escuchado en el Evangelio de ayer: “Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren” San Mateo 23,13; en castellano popular hay ese refrán: “Ni raja, ni presta el hacha”. Algo parecido dice Jesúsaquí: "No entran al Reino de los Cielos, ni dejan que los demás entren” San Mateo 23,13.

Lo que hay en esta explosión de ira del Señor es, por una parte, la denuncia de la resistencia a su predicación, a su vida, a su unción.

Pero más allá de eso, la resistencia a la voluntad salvadora de Dios; Cristo anuncia y trae una voluntad de salvación para el mundo, y esa voluntad se estrella contra la hipocresía y el legalismo y la insinceridad de estos fariseos.

Pero como ellos eran además maestros y autoridad moral y religiosa para el pueblo, podemos suponer que detrás de Cristo predicando, iban ellos deshaciendo; iba Cristo tejiendo, y detrás iban ellos destejiendo.

La ira de Cristo, entonces, es una denuncia de este mal, está así de contrariado, así de iracundo, está así, porque lo que se está frenando ahí es el Plan de Dios, puesto que Cristo sólo tiene un amor que es que el Nombre de Dios sea santificado. Que su Reino venga, que su voluntad se cumpla.

Lo que decimos en el Padrenuestro; ése es el único amor que hay en el Corazón de Jesús; puesto que, el Corazón de Jesús tiene solamente ese amor y en ese amor están como condensadas todas sus fuerzas, y en ese está toda su vida. Por eso lo que opone a ese amor, recibe la denuncia de Jesucristo; y, fíjate que lo que se opone a esa voluntad salvadora de Dios, no es el pecado.

No habíamos visto a Cristo así de bravo cuando se encontró con los publicanos, o cuando tuvo cerca a las prostitutas, o cuando conoció usureros. No es el pecado lo que despierta la ira de Cristo, o mejor, no es cualquier pecado el que despierta la ira de Cristo, sino ese pecado del que cierra la puerta a la salvación.

Hay, entonces, un pecado que despierta la ira del Señor y es sentirse uno seguro y no necesitado de salvación; de modo que lo que hace la denuncia de Cristo es decirle a ése que se siente seguro que no esté tan seguro. La fuerza de sus palabras y el tamaño de su denuncia son para eso, para destruir la seguridad del fariseo, para sacarlo de su falsa confianza, de su ilusoria confianza y para ponerle en situación de merecer la salvación.

Ya no por el mérito de las obras, sino por el único mérito de la fe; así llegamos a la sorprendente conclusión de que cuando Cristo está denunciando con esta ira, está amando a esos fariseos.

¿Dónde está la mansedumbre? ¿Dónde está la ternura de Cristo? Pues, ahí está enterita. Cristo con el látigo de sus palabras está desmontando, está arrancando a pedazos la suficiencia, la falsa confianza del fariseo para ponerle en situación de que él reconozca su verdad y busque la salvación.

Esta es la diferencia entre el simple pecador y el fariseo: que normalmente el pecador reconoce su falta; el fariseo cree que con el cumplimiento de ciertas normas, o con ciertas justificaciones que se da como las que veíamos ayer. No, es que una cosa es jurar por el templo y otra cosa por el oro del templo; una cosa es jurar por el altar; otra por el mantel, otra por…

Son cosas distintas. Con base en juegos, con base en malabarismos mentales, con base en engaños, y con base en rigorismos con los demás y de hipocresía, la persona oculta su herida.

Pues Cristo lo que hace es levantar la tela que cubre la herida y decirle: “Mira que tú también necesitas de mí"; por eso digo, llegamos a la sorprendente conclusión de que Cristo, cuando denuncia estos pecados a los fariseos, los está amando”. Porque los está poniendo en situación de conocerse a sí mismos, y de saber que necesitan salvación; no podemos entonces decir que estas palabras del Señor sean la acumulación de iras.

No es que a Cristo le hicieron una y dijo: “Bueno, ésta me la voy aguantar, pero ya vendrá la oportunidad; déjeme que yo lo tengo que coger solo y en descampado; y en ese momento le diré hasta de qué se va a morir”.

Cristo, que infundió el Espíritu Santo en San Pablo, para que Pablo pudiera decir: “El amor no lleva cuentas” 1 Corintios 13,4-7, capítulo trece, Primera Corintios. Cristo, que es el Ungido por ese mismo Espíritu de amor, no es un vengador implacable y oportunista que va acumulando para luego soltar la retacada.

Simplemente, Cristo ama a todas las personas; entonces, al leproso lo ama y lo sana; a Mateo lo ama y lo llama al apostolado; a la adúltera la ama y la perdona; al fariseo lo ama y lo regaña; a la viuda la ama y le resucita el hijo.

O sea, que lo que hay que cambiar es nuestra definición del amor; lo que hay que cambiar es nuestra idea de que el amor supone solamente echar bálsamo sobre las heridas. Catalina de Siena dirá: “Hay veces que es necesario aplicar fuego”. Pues bien, tanto el fuego que nos hace gritar y quejarnos, como el bálsamo que trae descanso al corazón, vienen de un mismo amor; y Cristo sabe cuándo una persona necesita rejo y cuando necesita bálsamo.

Porque este Cristo es el Hijo del Altísimo; y ese Altísimo es aquel que hiere y venda la herida; es el que da la muerte y la vida; es el que no tiene problema en llevarse a un fulano para el desierto hasta que se muera, o sacarlo del desierto para que viva.

Todo lo hará Dios, todo lo hará en nuestras vidas con tal de conducirnos a su salvación; pero muy bueno que estén estas palabras aquí, porque ellas nos enseñan que si uno se entra por ese caminito de que, "yo no necesito, yo no necesito", un día oirá la voz de Cristo en gritos quizá, destemplados que te muestren: “¡Tú sí necesitas!"

Por consiguiente, este evangelio nos invita y nos anima a reconocer nuestras propias necesidades, lo cual nos economiza muchos regaños, y lo cual facilita que conozcamos mejor la piedad, la misericordia de Dios.

Debemos dejar como explicación de nuestra pregunta estas palabras, son duras porque ese es el tratamiento, el mejor tratamiento que el amor más grande pudo encontrar para esas personas. Y, por consiguiente, debemos reconocer que el amor es distinto de los que muchas veces imaginamos.

En cambio, sí debe quedar en firme que Dios nos ama, que ha manifestado todo su amor en Cristo, y que en este Cristo dará remedio a nuestras necesidades, a veces con bálsamo, a veces con fuego.