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Fecha: 19960826
Título: Entendemos cuanto vale el Evangelio cuando salimos cada dia a enfrentarnos con situaciones nuevas
Original en audio: 6 min. 22 seg.
El panorama de las lecturas, que nos ofrece a santa Madre Iglesia para la Eucaristía, cambia en esta semana vigésimo primera.
Hasta ahora venimos escuchando en la primera lectura a los Profetas. Llevamos ya varias semanas escuchando, desde Amós y Oseas y algún texto de Sofonías, pasando por Isaías, por jeremías, por Ezequiel.
Después viene un buen número de pasajes, sin embargo muy débil todavía para la extensión de estos libros de la Biblia; después de escuchar un buen número de pasajes, en esta semana dejamos al Antiguo Testamento y dirigimos nuestra atención al Nuevo Testamento.
Hemos escuchado hoy el comienzo de la Segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. Estas cartas de Pablo, escritas siempre con motivo de algún problema particular,o alguna situación peculiar, tienen, y la gracia les viene del Espíritu, tienen la sabiduría de responder, no sólo a esa situación o cosa particular, sino de ofrecer enseñanzas más generales, más profundas.
Así pasa por decir un ejemplo, en la Primera Carta a los Corintios. Hay una serie de problemas concretos: el caso del incestuoso, el caso de la carne ofrecida a los ídolos, el orden en las asambleas. Eran problemas reales, de comunidades reales del tiempo del Apóstol.
Pero lo admirable en la ciencia divina, que ha recibido de los alto este Predicador y este Apóstol, lo admirable es que en su respuesta no sólo quiere resolver a ése problema concreto, sino que, en sus palabras, da una enseñanza más profunda.
Realmente, el mensaje del evangelio es muy breve, tan breve como una frase: El Crucificado ha sido resucitado por Dios. "Aquel que murió en la Cruz, ha resucitado de entre los muertos" 1 Tesalonicenses 1,10.
Ahí está todo, pero para saber qué es todo lo que está ahí, necesitamos el encuentro con la vida cotidiana, necesitamos el encuentro con las circunstancias cambiantes; necesita la Iglesia el encuentro con las nuevas culturas, necesita el encuentro con todos los siglos.
Mire, voy a hacer una comparación un poco infantil. Resulta que hubo en una época un programa, una serie de televisión en la que aparece un hombre, una especie de súper detective llamado Mc. Giver. Mc Giver es el súper detective, que tiene la capacidad de salir de las situaciones más desesperadas con el mínimo de recursos.
Y así, por ejemplo, son famosas las escapadas de Mc. Giver con un cortauñas o con una de estas navajas que tienen distintos destornilladores, cuchillos y cosas parecidas.
Bueno, Mc. Giver entonces tiene una navaja suiza, o parecida a esas navajas suizas que tienen varias utilidades: que una cuchilla, que un destornillador, que un no sé qué. ¿Cuánto vale esa navaja? Se puede responder diciendo tantos pesos o tantos dólares, pero cuánto vale esa navaja sólo se conoce cuando un hombre, como Mc Giver, logra, con esa navaja, salir airoso de los trances más apurados.
Entonces yo tomo ese acontecimiento tan infantil, para decir que el Evangelio es como la navaja de Mc Giver, y el cristiano es como Mc Giver.
¿Que es el Evangelio y cuánto vale el Evangelio? Lo sabemos entero entrando en el Cáliz y en la Sangre del Señor. ¿Cuánto vale en Evangelio? Lo mismo que vale la Sangre de Cristo que se consagra en esta Eucaristía. Así podemos responder al valor del Evangelio. Pero cuánto vale el Evangelio también lo podemos responder cuando, armados del Evangelio, salimos cada día a enfrentarnos con circunstancias nuevas.
Y Mc Giver, después e que logra salir de su apuro, mira su navaja, quizá le da un beso, y dice: "¡Otra vez me ha salvado!" Algo parecido tendría que hacer el cristiano. El cristiano toma su navaja, toma su evangelio, se enfrenta con las circunstancias más difíciles, y le descubre más y más utilidades, más y más cosas.
Esto significa que nunca terminamos de entender el Evangelio; esto significa que sólo poniéndolo en práctica, que sólo, -esto suena rústico-, utilizándolo, logramos saber lo que es. Y esto significa también que la Iglesia no ha terminado de saber cuál es el Evangelio; lo termina de saber cuando el último de los justos sea evangelizado, cuando llegue a la patria del Cielo el último de los Bienaventurados.
Ahí, sólo ahí sabremos cuánto sucedió en la Pascua de Nuestro Salvador Jesucristo.