O195001a

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Fecha: 19960812

Título: La diferencia entre el amor humano y el amor divino

Original en audio: 3 min. 28 seg.


El mismo pueblo terco de corazón, que había logrado de Moisés autorización para el divorcio, ese mismo pueblo, terco y obstinado en su pecado, obtuvo sin embargo de Dios misericordia.

Hasta el punto de que Dios no quiso divorciarse de su pueblo, sino que a pesar de que el pueblo se portó como una esposa desagradecida e infiel, Dios anuncia, por el profeta Ezequiel, que no sólo no se va a divorciar, sino que va a celebrar una especie de nueva alianza, como un matrimonio más alto, una unión más perfecta que va a servir para sonrojo de este pueblo, de este esposo, y va a servir, sobre todo, para gloria de Dios.

Así lo afirma el profeta Ezequiel cuando dice en otros pasajes: "No lo hago por vosotros, sino por mi santo nombre que ha sido profanado por vosotros a las naciones a donde habéis ido" Ezequiel 36,22.

Ese contraste entre el amor humano, que se cansa y que busca pretextos para separarse, y el amor de Dios, que se sostiene y busca pretextos para perdonar, es como el contraste que nos ofrece la Iglesia el día de hoy.

Uno, como ser humano, no tiene la fortaleza para permanecer en el vigor de sus compromisos; es lo que dice el Señor en el Evangelio: "El espíritu está pronto, pero la carne es débil" San Mateo 26,41.

Nuestra mente alcanza a comprender la belleza de un compromiso firme y fiel, pero el cansancio de cada día hace que decaigamos y que fácilmente, perdido el fervor del principio, busquemos otros consuelos, busquemos otras ayudas, busquemos otros ídolos.

Y por eso, uno empieza a buscar pretextos para decaer, pretextos para justificar una vida que ya no responde a lo que fue al principio.

Pues bien, si nosotros buscamos pretextos para decaer, y para separarnos, y para divorciarnos, pues Dios sabe encontrar, incluso en medio de esos pretextos nuestros, sus propios pretextos para perdonarnos, para sostenernos, para afianzarnos en su alianza y en su amor.

Y en medio de las iniquidades del mundo, logró encontrar lo que parecía imposible, logró encontrar las razones de su amor, para ofrecernos en su Hijo una Alianza nueva y eterna.

Esta es la Alianza que celebramos en la Eucaristía, como expresamente se dice en las palabras de consagración del vino: "Este es el cáliz de la Alianza nueva y eterna"; esa es la Alianza que Ezequiel entrevió en sus profecías; esa es la Alianza sellada por una Sangre que no muere; esa es la Sangre y esa es la Alianza que permanece para siempre.

Y unidos a esa Alianza, lo que resultaba imposible para nuestras fuerzas, resulta posible: la fidelidad, la alegría en el compromiso con el Señor, una vida para su gloria y para su amor.