O193001a
Fecha: 19980812
Título: No comulgar con el mal
Original en audio: 6 min. 5 seg.
El Profeta Ezequiel nos muestra el comienzo de la salvación en algo muy sencillo: no comulgar con el mal.
Las personas que escapan de la destrucción, o las masas, son aquellos que se lamentan por la situación de la ciudad. El principio de la salvación está en eso: en no dejarse arrastrar por el mal que parece inevitable, sino saber dolerse en el corazón.
Una vez pasó Catalina de Siena por una terrible tribulación espiritual. Junto a las tentaciones había verdaderamente un ataque infernal que le hizo sufrir mucho.
Terminada la batalla, le preguntaba ella al Señor que dónde estaba, y le respondió el Señor: "Estaba dentro de ti"; le dice Catalina: "-¿Pero cómo ibas a estar en mí si sucedían todos esos ataques y tentaciones y toda esa sensación, toda esa opresión tenebrosa, infernal?"
Le dijo Dios: "-Bueno, ¿y tú qué sentías? ¿Sentías gusto? "-No", responde ella, "sentía gran disgusto", y le dice Dios: "¿Y quién te producía ese disgusto del mal sino yo? Estaba en tu corazón".
De manera que el disgusto del mal, el dolor de corazón por el mal no es poca cosa. A veces uno cree que para ser salvados necesitamos hacer muchas cosas buenas, pero antes de todas las cosas buenas que hagamos, es necesario que provengan de un corazón que se duela por el mal.
Porque hay momentos, y llegarán momentos y de pronto están llegando ya, en que el bien que hagamos casi no se va a poder notar. Porque efectivamente, lograr hacer un bien visible, requiere indudablemente la colaboración de otras personas.
Pero cuando el mal realmente causa, como pasó en esa Jerusalén adúltera-; cuando el mal realmente parece reinar, -como sucedió en aquellas ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra; cuando el mal se adueña así de la sociedad, los esfuerzos de los buenos no van a servir. Y en ese momento lo que va a contar es con qué corazón se hizo cada cosa, mejor todavía, con qué corazón se sufrió el mal.
Hay una bendición hermosa que a veces le dicen a uno los confesores después de darle la absolución: "Los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, de la Santísima Virgen María; el bien que hagas y el mal que padezcas, sirvan para remisión de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna".
Estas o semejantes palabras algunas veces se dicen como una bendición adicional en la confesión. Y siempre me llamó la atención que se dijera: "El bien que hagas o el mal que padezcas".
Hoy la lectura de Ezequiel nos presenta la eficacia de esa bendición. A veces el bien de uno no se ve, pero el mal que uno padece, no en el sentido, obviamente, de creerse uno víctima, sino en el sentido de tener el corazón en los intereses de Dios y dolerse de que Dios no sea glorificado.
No para castigar a nadie, no para juzgar a nadie, no para destruir a nadie, no para creernos mejores que nadie, sino solamente porque Dios no es servido, no es amado como lo debiera ser.
Ese dolor, aunque quede oculto allá en el santuario de nuestro corazón, será visto por un escriba de los cielos, como dice Ezequiel. Y ese escriba de los cielos sabrá reconocer a esas personas, sabrá señalarlas; esos son el pueblo de Dios.
¿En dónde están? Pues no sabemos, no sabemos porque precisamente, su dolor y su lamentación, es lo que no le interesa al mundo. Al mundo le interesa lo que produce resultados visibles. Muchas veces la lamentación por el dolor, la compasión ante la miseria, la intercesión por los pecadores, eso no va a ser visto nunca.
Pero hay un escriba de los cielos que lo sabe reconocer y que lo sabe señalar. Y esos, pocos o muchos, esos señalados, esos son el pueblo de Dios.