O192001a
Fecha: 19960813
Título: La Palabra de Dios nos iguala y a la vez nos hace distintos a los demas
Original en audio: 3 min. 14 seg
"Hijo de hombre" Ezequiel 2,1, o literalmente, "hijo de Adán" Ezequiel 2,1, le dice Dios al Profeta Ezequiel.
Cuando le dice: "Hijo de Adán" Ezequiel 2,1, lo reconoce como hermano de los demás israelitas; pero cuando le manda: "No seas rebelde" Ezequiel 2,8, quiere que sea distinto de la casa de Israel, a quien el mismo Ezequiel llama continuamente "la casa rebede".
En cuanto hijo de Adán, igual que todos; en cuanto obediente al mandato de Dios, distinto de todos. Igual pero distinto, esa es como la esencia de la profecía. Sólo porque es igual a sus hermanos les puede hablar al corazón, pero una vez que les habla al corazón tiene que darles alegrías, lamentos y ayes.
Y por eso, la misma palabra que a veces sabe dulce al decirla y parece bien construída o elocuente o retórica, esa misma palabra cuando llega al estómago, genera es amargura o descontento. Y así le pasó efectivamente a Ezequiel: envió su palabra, y, aunque sus visiones fueran grandiosas y su palabra fuera fácil y elocuente, el mensaje revestía dureza.
En su existencia concreta y humana se quedó sin tierra y sin cielo porque, al igual que nosotros, padece nuestros dolores; distinto de nosotros, anuncia una esperanza nueva.
Acojamos la Palabra de Dios. Esta Palabra nos devuelve al plan original del Señor. Esta Palabra nos hace profundamente iguales a los demás seres humanos. No somos nosotros los que tenemos que igualarnos con la gente, es la Palabra la que nos iguala a ellos. Porque en cuanto a oidores de la Palabra, somos lo mismo que los demás, dependientes del Señor.
Oigamos esta Palabra que nos puede y que nos iguala a todos, pero oigamos también esa Palabra que nos hará distintos, para ser servidores de ellos; pero también, más de una vez, para ser incomprendidos o rechazados por ellos.
Venga su Palabra y habite en nosotros; y abramos nosotros nuestro corazón para ser como Ezequiel, iguales pero distintos.