O185001a
Fecha: 19960809
Título: Nunca se peca en vano
Original en audio: 9 min 27 seg.
Las lecturas que nos ofrece la Iglesia en este día son ambas muy fuertes, su lenguaje es vigoroso, casi escandaloso.
El breve libro del profeta Naún, en la Sagrada Escritura, casi lo único que hace es contar la derrota de Nínive ante la gran ciudad adversaria.
Y lo que hemos escuchado en este día es precisamente la descripción terriblemente gráfica de la derrota de eta gran ciudad. En esa derrota se acumulan contra Nínive las mismas estrategias y la misma violencia que ella, como capital del Imperio, utilizó contra otros pueblos.
Esos látigos, ese estrépito, esos carros que rebotan, esos jinetes al asalto que se vuelven contra Nínive, no son sino la repetición magnificada de los que esta misma ciudad imperial le había hecho a otros pueblos.
Y Naún se alegra de ver que ha llegado el tiempo de la justicia de Dios y se alegra de ver que, el mismo Dios que castigó a su pueblo por la mano de Nínive, ahora castiga a la misma Nínive.
Estas expresiones de castigo y de dureza, estas expresiones como de alegría en la venganza pueden causarnos extrañeza; poedemos sentirlas lejanas de la ternura y de la mansedumbre de Jesús Nuestro Señor.
Pero por una parte hay que reconocer que este profeta habla en el momento especial de la revelación, en el momento especial de la historia de la revelación que se va dando en la Escritura.
Dicho de otro modo, conviene recordar que la revelación de Dios que nos ofrece la Sagrada Escritura, es siempre revelación de Dios, pero va como progresivamente.
Y así, en este momento, aunque no podamos compartir del todo los sentimientos de Naún, que se alegra de ver caer a la ciudad enemiga, aunque no los compartamos totalmente ahora, sí debemos entender que esos sentimientos, así fuertes y bruscos, le sirvieron a Dios para expresar algo del amor con el que quiere llevar a término su Alianza.
Por otra parte, en un nivel más profundo, esta ca´pida de Nínive revela que Dios una verdad que es esencial y es que el pecado trae como su forma de castigo con él mismo.Sobre la cabeza de Nínive recaen las mismas faltas que le había hecho a otros pueblos. Así sucede siempre con el pecado.
Nínive, en cuanto a imagen del pecado, nos ayuda a comprender eso. Podemos decir que la enseñanza es que nunca se peca impunemente, que nunca se peca en vano, y que el pecado trae su propia consecuencia y esa consecuencia recae sobre el pecador. Esto significa que cada pecador es en realidad un culpable, pero además de culpable y casi por encima de ser culpable, es una víctima de su propio pecado.
Y de esta manera, esa lectura que nos parece tan cruel y tan drástica, tan violenta, ya trae una semilla de compasión, porque en la medida que nos enseña que el pecador es la primera víctima de su propio pecado, nos está invitando también a que tengamos un sentimiento distinto con respecto a aquel que se equivoca, aquel que es violento, aquel que es víctima de su pecado.
En el Evangelio encontramos otro género de dureza. Ha pasado el tiempo y la revelación de Dios, que como he dicho es progresiva, ha dado nuevas y nuevas luces hasta alcanzar el sol definitivo en Cristo Nuestro señor.
Cristo quiere que cada uno de nosotros ya no busque, ya deje de buscar una Nínive que sea como la imagen de los pecados. Ya ahora no hay que buscar a alguien fuera de nosotros para alegrarnos de su ruina, ya no hay que reconcentrar toda nuestra antipatía contra el pecado de una persona y decir: "Este es el culpable", "esta es la culpable".
Ahora Cristo quiere que entendamos, dando un paso más, que en realidad el gran drama de la humanidad se vive en cada uno de nosotros y en cada corazón. Y que la victoria no hay que lograrla sobre otras personas, sino la victoria hay que lograrla sobre esa superación del corazón sobre sí mismos.
La gran lucha, y, por consiguiente, la gran victoria es la lucha consigo mismo, y la gran victoria es la victoria sobre sí mismo. Claro que alguien podría decir: "Bueno, pero si yo venzo sobre mí mismo quiere decir que yo también perdí". Pues sí, eso es cierto. Y por eso la gran victoria es también la gran pérdida.
Y Jesús no oculta este aspecto de su enseñanza: "El que quiera salvar la vida, -dice-, la perderá" San Mateo 10,39; el que no quiera perder nada, termina perdiéndolo todo. Porque el que no quiere perder nada, no se da cuenta de que en sí mismo lleva mala semilla, y como no quiere ser limpiado, como no quiere que le quiten nada, pues tampoco le quitan su semilla de pecado, y por eso vive las consecuencias de su desgracia y termina por arruinarse enteramente.
Al contrario, "el que pierda su vida" San Mateo 10,39, dice Cristo. Esto no indica que efectivamente tenemos que perder algo. Pero este perder algo no es por amor a la pérdida y al fracaso, no es por odio a nosotros mismos, ni por una mal entendida humildad, sino es por la conciencia de que el pecado ha hundido sus raíces profundamente en nuestro corazón, ha infectado todas las cosas.
Y en cierto modo, necesitamos como renunciar a todas las cosas, no olvidándolas, sino como dejándolas, como superándolas; tenemos que dejar todas las cosas para buscar al que es Hacedor y Restaurador de todas las cosas. De este modo, Jesús completa la enseñanza de los Profetas, o mejor, la lleva a plenitud.
El Profeta nos ha enseñado que el pecador es víctima de su pecado; Cristo nos enseña que con su gracia, ya no tenemos que buscar enemigos ni competidores afuera de nosotros, sino que el gran drama se vivirá dentro de nosotros.
Por supuesto que Nínive logra redimirse a sí mismo. Las palabras de Cristo son una invitación a acoger la gracia de Dios, una invitación a sabernos, también nosotros, víctimas de nuestros propios pecados. Orgullo sería y de mala ley, orgullo sería extrañarnos de que hayamos pecado; lo rarísimo sería que no lo hubiéramos hecho.
Cristo no nos da este lenguaje para que nos extrañemos de nuestro pasado, sino para que con su gracia nos abramos a un futuro, en el cual, en cierto modo, lo dejamos todo, pero en el cual, ciertamente, ganamos todo con Él. Bendito sea su Santísimo Nombre, bendita sea la gracia de su Espíritu.
Que Él que nos da esta enseñanza, la imprima, la escriba en nuestro corazón. Que sepamos nosotros también, que si un día logramos vencer sobre nosotros mismos, la victoria fue de Él, el triunfo fue suyo y la gloria es de su Nombre.
Amén.