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Cuando se celebra un matrimonio el momento culminante en nuestra Iglesia Católica, en la celebración de una boda es cuando los esposos dan su mutuo consentimiento, la esencia del sacramento del matrimonio está en ese momento. Este consentimiento se puede dar de varios modos, en alguna ocasión es el sacerdote, en cuanto a testigo cualificado de parte de la Iglesia quien hace preguntas, entonces le pregunta al esposo: “aceptas a fulanita de tal como tu esposa para amarla y respetarla todos los días de tu vida”, y el hombre, si está de acuerdo dice que si; luego le pregunta a ella: “aceptas a sutanito como tu esposo” y entonces ella dirá que si; y ese es el matrimonio. Todavía es más bello cuando estas palabras en lugar de ser un interrogatorio las dice cada uno de ellos; más o menos la fórmula es algo así como: “yo, sutanito me entrego a tí fulanita y prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida, en la salud, en la enfermedad, en la pobreza y en la prosperidad”; eso lo promete y lo hace hasta la muerte y lo mismo dice ella.
Esta es la fórmula del matrimonio que tenemos en el sacramento que celebra nuestra Iglesia Católica y ésta se parece mucho a la fórmula de la alianza que conoció el pueblo elegido, la cual es: “yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (cf. Jer 31,1). Al decir: “yo seré su Dios” está entregándose, está de alguna manera asegurando su presencia para ese pueblo; y lo mismo reclama del pueblo, que éste no tenga otros dioses. Hay un gran parecido con el matrimonio, porque al celebrar el matrimonio, ese hombre no espera que su mujer tenga otros hombres, que serían amantes y que sería infidelidad; y lo mismo ella, ella no espera que su esposo empiece a tener otras mujeres. Esa exclusividad es parte de la belleza, puede ser también parte de la lucha, de la dificultad; pero es parte de la belleza del matrimonio; y esa es la exclusividad que también Dios celebra con su pueblo, esa exclusividad quiere decir: “tu no vas a tener otros dioses”, eso significa: “tu vas a ser para mí”.
Por otro lado, podríamos preguntar: ¿y Dios va a tener otros pueblos? y la verdadera respuesta es que ¡no! porque en el fondo lo que va hacer Dios es integrar, es decir llamar a través del pueblo de Israel, y llamando e integrando en Israel tener así a todos los pueblos; por eso nosotros que no somos judíos de nacimiento, si somos Israel, somos el nuevo Israel, nos hemos integrado en Israel. El apóstol San Pablo dice que nosotros hemos sido injertados en el antiguo olivo (cf. Rom 11,17); el antiguo olivo es el pueblo de Israel según la carne y la sangre y nosotros, los que hemos llegado por la fe a la alianza con Dios, nos hemos integrado, de manera que también se cumple que Dios solamente tiene un pueblo, Dios es fiel a su pueblo y quiere que éste sea fiel a Él.
Estas consideraciones tienen una especial belleza cuando nos vamos a la primera lectura del día de hoy, tomada del profeta Jeremías porque ahí encontramos cómo el Señor le anuncia a ese pueblo, el pueblo maltratado, humillado, sufrido, al pueblo que ha ido al destierro, le dice: “tu serás mi pueblo, yo seré tu Dios” (cf. Jer 31,1); es decir, vuelve a utilizar la fórmula, la fórmula bendita de alianza; la fórmula bendita que es como matrimonio, vuelve a utilizar esa fórmula como diciéndole: “mira, hemos pasado una crisis espantosa” como cuando las parejas tienen esas peleas y esas dificultades, “mira hemos pasado una crisis espantosa, pero sabes, yo te sigo amando, tu sigues siendo mi amada y yo quiero ser tu amado”; eso nos dice el Señor, así nos invita a que volvamos a Él y a que caminemos en el camino de su alianza. A Él la gloria por los siglos. Amen.