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La primera lectura de hoy está tomada del capítulo 26 del Profeta Jeremías. Destacamos un detalle que llama nuestra atención, los adversarios de Jeremías hablan en contra de él ante el rey y lo presentan de la peor manera posible, como a un enemigo, los falsos profetas dijeron a los príncipes y al pueblo, le dicen: “Sentencia de muerte para éste hombre, por haber profetizado contra esta ciudad, como ustedes han oído, con sus propios oídos” (Jer 26,11), es decir como Jeremías estaba anunciando que venía el destierro, anunciando que venía el castigo y corrección de Dios para el pueblo, pues es el enemigo, ha hablado contra la ciudad. Observemos que en realidad lo que estaba haciendo Jeremías era denunciar, estaba denunciando el pecado del pueblo y ¿Cómo fue tratado? como enemigo del pueblo, Jeremías estaba contando la perversión, la corrupción del pueblo y las consecuencias que eso iba a tener, pero ven que el resultado es que Jeremías es tratado como enemigo. Ahí hay una lección que es permanente y que debemos aprender y es que la gente no quiere que la despierten, la gente prefiere seguir dormida, engañada y distraída, prefiere seguir en sus ídolos, fantasías y engaños y aquel que quiere despertarlos y el despertar siempre implica el reconocimiento de los pecados, pues recibe como Jeremías, esta clase de ataque, tu eres un enemigo nuestro.
Bien dice en el Evangelio de Juan: “La palabra vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). No se quiere recibir la luz, porque el que está en las tinieblas no quiere recibir la luz que le denuncia que está en el pecado, denuncia quien es, que le muestra la verdad, esa verdad le resulta detestable. Desde el primer pecado de nuestros padres nos damos cuenta como el pecado acobarda y la gente busca esconderse, buscamos escondernos porque no queremos descubrir quiénes somos desde la verdad y la realidad de nuestras culpas y eso es lo que le sucede al pueblo de Judá, en tiempo de Jeremías, no quieren descubrir quiénes son.
Dice Santa Catalina, el comienzo de toda vida espiritual está en el conocimiento de sí mismo, porque solo a partir del reconocimiento de quienes somos porque eso duele, solo a partir del reconocimiento de nuestra condición de pecadores aunque eso como que nos hunde, solamente así desde esa verdad podemos empezar a descubrir desde la otra verdad, como diría San Agustín, pasamos de la verdad de nuestra miseria a la verdad de la misericordia divina y ahora que estamos en el Año de la Misericordia pues que no se nos olvide que éste es el año para descubrir nuestra miseria.
Hablar de misericordia si no se reconoce nuestra propia miseria es engañarse a sí mismo, hablar de misericordia sin reconocer uno de que tiene que convertirse es una manera de seguir diciéndose mentiras y seguir dormido, que el ejemplo valiente de Jeremías, nos mueva para reconocer quienes somos y para descubrir en el dolor de ese reconocimiento el comienzo de nuestra propia sanación. Amen.