O174001a
Fecha: 2000803
Título: ¿Como estamos acogiendo la misericordia de Dios?
Original en audio: 19 min. 32 seg.
Hermanos:
Hemos escuchado un texto del profeta Jeremías, profeta que tiene fama de triste. En España, en el español de España, se utiliza la expresión "jeremíada" para hablar de una larga serie de quejas y de lamentos y de amargura del alma.
Jeremías tiene fama de profeta amargo y triste. Realmente, el tiempo que tuvo que vivir Jeremías fue de los más triste del Antiguo Testamento; creo que podemos decir, lo más bajo del pueblo de Dios, antes de Cristo, lo tuvo que vivir Jeremías.
Y por eso, hay unos episodios de la vida de Jeremías que se parecen a las humillaciones, al dolor, al absurdo que luego padeció Jesucristo en el momento de la Cruz. Hay unos parecidos notables entre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y la Pasión dolorosa, humillante terrible que padeció todo el pueblo con motivo del destierro.
La palabra que está más relacionada con la vida de Jeremías es la palabra "destierro". El pueblo de Dios fue deterrado en tiempos de Jeremías, es decir, en el siglo VI antes de Jesucristo.
Fue desterrado de manera ignominiosa, y esto le dolió a todos, pero sobre todo le dolió a este profeta, porque él tenía los ojos especialmente abiertos para ver el mal que se venía encima, para anunciar ese mal y, en cierto sentido, para resultar impotente para concientizar al pueblo de lo que estaba sucediendo. Fue una vida realmente atravesada por el dolor.
Es muy importante recordar esto, porque el texto que hoy nos habla de una esperanza, viene de este profeta que tiene fama, bien ganada fama, de amargo. Este profeta, que tal vez sería de lo más triste en la Biblia, tiene hoy para nosotros una palabra de esperanza, una palabra bella sacada de una imagen pueblerina, de una situación sencilla de cada día: el taller del alfarero.
Esa palabra que le dice Dios a Jeremías, está llena de esperanza, tiene una carga de esperanza, es como una bomba de profundidad que se entra al corazón, y que si la dejamos estallar, nos repleta, nos colma, nos alimenta con esperanza.
"¿No podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero?" Jeremías 3,6. "Yo puedo ser alfarero si tú aceptas ser barro. Si tú aceptas que tu barro adquiera una forma nueva, yo puedo ser, yo sé ser, yo quiero ser tu alfarero".
Es muy hermosa la imagen del alfarero, porque es distinta la obra de un alfarero a la obra de un escultor. Ambos hacen cosas tridimensionales, ambos hacen cosas a partir de la arcilla a veces, hay esculturas que se hacen también con arcilla.
Pero lo interesante es aquí la imagen del alfarero, porque el escultor, si se equivoca, tiene que desechar la idea que tenía del bloque de piedra en el que estaba trabajando. Si se equivocó, se perdió ese bloque y toca buscar otro.
En cambio el alfarero, si se equivocó, puede tomar el mismo barro y darle una forma nueva; el mismo barro y una obra nueva. Y eso es precisamente lo que significa la obra de Dios en nosotros.
La persona que llega al colmo de la desesperación dice: "Pues yo voy a acabar con mi vida", es decir, desecha su barro. Pero Dios dice: "Yo no quiero que tú deseches tu barro, quiero que lo dejes en mis manos; quiero que tú pongas tu barro en mis manos, y quiero darte una forma nueva".
Claro, cuando uno ve el cacharro del alfarero, lo ve deforme, lo ve mal hecho, uno dice: "Toca botarlo", pero Dios dice: "Este mismo barro todavía tiene otra oportunidad, yo le puedo dar una forma nueva". Y esta, repito, es una palabra de profunda esperanza para nosotros. Dios no ha desechado, Dios no desecha mi barro: lo toma y le da una forma nueva.
Además, la imagen del alfarero y del barro nos trae otras enseñanzas, hay otras aplicaciones posibles. Por ejemplo, el barro no se da la forma a sí mismo, el barro necesita ser modelado. Así le pasa también al ser humano.
El ser humano puede darse cuenta de su feura, puede darse cuenta de su pecado, de su incoherencia, puede darse cuenta de su mal genio, de su incapacidad de perdón, de su tristeza; precisamente lo que suele entristecer más a los deprimidos es que saben de su propia tristeza, y así el proceso se retroalimenta y la persona se hunde más.
La persona puede ver su tristeza, puede ver su incoherencia, puede sentir fastidio de sí misma; pero la forma fundamental: necesitamos ser ayudados, y la palabra que le dirige Dios a Jeremías nos dice que esa ayuda es posible: "No podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero?" Jeremías 3,6.
En el evangelio nos encontramos una situación diferente, pero que tiene su analogía también.
Durante esta semana el Señor Jesús nos ha estado ofreciendo parábolas. Jesucristo no se predicó a sí mismo, Jesucristo tampoco se puso a hacer tratados sobre qué es Dios, o quién es Dios.
¿Qué era lo que predicaba Jesucristo? Si a nosotros nos detuvieran por la calle un día y nos dijeran: "Usted es cristiano, cuéntenos qué predica Jesucristo", tal vez nos costaría trabajo dar una repuesta breve, concisa, precisa. Pero, a la luz de estos textos y de muchos otros, podemos dar una respuesta concisa y precisa.
Jesucristo predicó fundamentalmente el reinado de Dios; mostró, con sus palabras, con su amor, con sus sufrimientos, con su manera de orar, con su manera de perdonar, con su generosidad sin límites, mostró qué significa que Dios reine, mostró el reinado de Dios.
¿Qué fue lo que predico Cristo fundamentalmente? El reinado de Dios, es decir, ¿qué significa que Dios reine? Nosotros conocemos otros reinados, conocemos el reinado de la crueldad, el reinado del dinero, el reinado del más fuerte, pero ¿qué pasa si de pronto llega Dios a reinar? Eso es lo que Cristo predica y eso es lo que Cristo realiza, lo reliza mientras lo predica, y lo predica mientras lo realiza.
Ese es el ministerio, esa es la misión de Jesucristo: predicar e instaurar el Reino de Dios, que tiene su expresión más privilegiada, podríamos decir, en el cuerpo mismo de Jesucristo, en su existencia, en su corazón, en su intimidad, hasta el punto de que es posible decir: Jesucristo es el Reino de Dios, porque donde está Él, donde Él entra, donde Él obra, cuando Él habla, cuando Él ora acontece el Reino de Dios.
Hay como una identifcación entre lo predicado y el predicador; Jesucristo mismo es como Dios reinando; esto explica, entre otras cosas, por qué si en los Evangelios Jesús estaba predicando el Reino de Dios,luego en el resto del Nuevo Testamento el tema del Reino de Dios ocupa comparativamente muy poco espacio.
No debemos preocuparnos por este desnivel, sino más bien debemos decir que la predicación de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, victorioso sobre el pecado, sobre Satanás y sobre la muerte, la predicación de que Cristo está vivo y ha vencido sobre esas fuerzas del mal, no es otra cosa sino la prolongación del anuncio del Reino de Dios, esta vez con una localización muy precisa en la gloria de Cristo resucitado.
Con esta introducción, entendemos la máxima importancia que tienen las parábolas. Las parábolas de Jesucristo son como ventanas, son como rendijas para el que quiera asomarse. La parábola tiene una estructura, podríamos decir como paradójica, tiene una estructura como extraña.
La parábola es un tipo de discurso que hace, que el que no quiere convertirse, no ve nada; y el que quiere encontrar a Dios, ve todo. Es decir, es una palabra que juzga a quien la escucha, porque en la actitud del corazón de quien la escucha, está la posiblidad de que el discurso se haga claro, o se haga totalmente enigmático y confuso.
Jesucristo predicó mucho en parábolas, cuando iba a hablar directamente del Reino de Dios, su estilo de predicación fue fundamentalmente la parábola, y hoy hemos oído una parábola, la parábola de la red echada al mar, la red que recoge peces, peces malos y peces buenos.
Esto se parece más o menos a la labor del alfarero: al alfarero a veces le salen bien las cosas, y a veces le salen mal las cosas. Mientras la red está en el mar, todavía hay peces buenos que se puden salir, y hay peces malos que pueden entrar; peces buenos que pueden llegar, peces malos que se pueden ir.
Mientras todavía la red está en el mar, todavía no se sabe qué va a pasar con esos peces, es un destino todavía incierto cuando la red está en el mar. Se parece a lo del alfarero: mientras el barro está todavía húmedo, y está todavía en el torno, se puede cambiar.
Pero todos sabemos que cuando se termina de hacer el tiestecito, la tacita, el florero, cuando se termina de hacer, hay que pasar al barro por el fuego, y pasado por el fuego, ya no se sigue amasando, ya adquirió una forma definitiva.
Lo mismo sucede con las redes: ya cuando la red se saca del agua, quedaron cerradas las opciones, ya no entran más peces, ni salen más peces, quedó cerrado el conjunto.
Es decir que entre estas dos lectura hay como una analogía escondida muy bella, porque se nos habla de un tiempo, que es el tiempo cuando el barro está húmedo, o que es el tiempo cuando la red está en el agua; ese es el tiempo de entrar y de salir, ese es el tiempo de cambiar.
Y esta es una palabra de misericordia para nosotros, es una palabra gozosa, es una palabra que, incluso en los labios tantas veces amargos de Jeremías, tiene sabor dulce, pero atención, ese tiempo de las oportunidades, ese tiempo tiene también un límite.
Si hay algo que nos impresiona de la muerte, es precisamente eso: se han terminado las oportunidades, se ha acabado el tiempo de las oportunidades.
Por eso yo quiero hacer mía aquella exhortación del samo 95, que la Iglesia nos invita a rezarlo con frecuencia en la Liturgia de las Horas. Dice allá el Salmo 95: "Ojalá escuchéis hoy su voz: "No endurezcáis el corazón"" Salmo 95,7-8.
Porque uno puede endurecerse, porque ese barro puede resistirse, yo mismo me he resistido muchas veces a Dios, lo digo, desde luego, con vergüenza. Yo debía estar mucho mejor, mucho más adelante, en fin, me avergüenza mi pecado.
Uno puede resistirse, para desgracia de uno, uno se resiste a veces, pero hay tiempo, y durante ese tiempo está la Palabra, que nos invita una y otra vez: "Déjate modelar"; pero uno pude seguirse resistiendo.
Si alguna persona se resiste hasta el final, si alguna persona no soporta el tacto de las manos divinas para cambiarle la forma y para adquirir la belleza del plan original, será para siempre un monumento a lo que no pudo ser, como si se hace ese cacharro y queda deforme, o como si ese pez, dañado, enfermo, no se deja curar, no se deja sanar, no se deja salvar.
El tiempo finalmente termina, y por eso el lenguaje de la misericordia no debemos estirarlo como si diera lo mismo ser bueno o ser malo, aceptar a Dios o rechazarlo.
Alegrémonos en la misericordia, pero miremos con sensatez el tiempo que termina, la muerte que se avecina, mirémoslo con sensatez, que no sabemos el tiempo que queda; y desesperarnos, no ayuda; maldecir, no ayuda; criticar a todos o juzgar a todos, no ayuda; hay finalmente una tarea tuya contigo, y es de esa tarea concreta, de la que tú puedes ser juzgado.
La tarea que tú tienes con respecto a ti y a tu vida, como nos decía algún predicador en un retiro, "recuerda que la única persona a la que realmente puedes cambiar eres tú mismo"; fácil para nosotros juzgar de los sacerdotes, y de la Iglesia, y del prójimo y del vecino, y del esposo, y de la esposa, y de los hijos, y los hermanos, y juzgue y juzgue de todo el mundo.
Sólo hay una vida, una, de la que realmente se te puede pedir cuenta, y esa vida es la tuya, qué hiciste tú con tu vida. Como lo he dicho otras tantas veces, no qué te pasó a ti, sino qué hiciste con lo que te pasó a ti. Esa es la pregunta fundamental.
Y para esa pregunta fundamental, sabemos que existe este tiempo de misericordia, en que el barro puede ser reformado, pero sabemos también que existe un límite, y en ese límite los Ángeles, fieles siervos de Dios, cumpliran también con su propia tarea en orden a la justicia, es decir, lo que aparece en estas lecturas, es el lenguaje de la justicia y de la misericordia, el lenguaje de la misericordia y de la justicia.
Que Dios nos permita acoger, con amor, con verdadera generosidad, ya dejar la bobada, dejar la tontería, dejar la pérdida de tiempo; ya, ya, quitarnos la venda de los ojos y recibir ya, ya, hoy el tiempo de la misericordia, para no tener temor alguno ante la justicia, es decir, ante el hecho inevitable, quieras o no, de la muerte.
Acoger ya la misericordia, realizar ya en nosotros esas transformaciones, esos cambios ya, ya, hoy; admitir hoy ser modelados, y no tener temor alguno.
La vida cristiana puede parecer una vida de temor, pero sólo para aquel que no acepta reformarse, que no acepta el mensaje de la gracia, de la misericordia; puede parecer cruel, puede parecer un mensaje de miedo para esa persona; pero para el que acepta la misericordia, no existe realmente una palabra de temor sobre el juicio. En esto nos habla la Biblia muchas veces, sobre todo en la Primera Carta a los Tesalonocenses.
Sigamos esta celebración. ¿Cómo voy a acoger la misericordia de Dios? Acogiendo los regalos de Dios, recibiéndole los regalos a Dios; los regalos de Dios, ese amor con que quiere cambiarnos, son los dedos que modelan mi barro.
Quiero recibirle ese regalo. Y hoy, ahora, llega a nosotros un regalo sin igual: la presencia misma de Cristo, que llega a reinar en nosotros, con esta comunión eucarística que vamos a realizar.